lunes, 23 de mayo de 2016

22-05-2016 - El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (C)


Las grandes religiones monoteístas se remiten a Abrahán, a quien consideran «padre de los creyentes». Un breve episodio recogido en el libro del Génesis justifica esta reivindicación de paternidad común. Melquisedec, «sacerdote del Dios altísimo», del que se ignora el culto y el santuario a los que estaba vinculado, se presenta un día ante Abrahán. Le presenta una ofrenda de pan y de vino y lo bendice en nombre del «creador de cielo y tierra». Una vez realizado este rito, desaparece y no se vuelve a hablar de él. Sin embargo, su recuerdo nunca se perdió del todo.
Un salmo sugiere que el Mesías será «sacerdote según el rito de Melquisedec» (Sal 109,4). Retomando este oráculo, el autor de la carta a los Hebreos se extiende en la consideración de este personaje enigmático. Ve en él una figura de Cristo, ofrecido personalmente en sacrificio para liberar del pecado a todos los hombres. Habiendo entrado en el santuario del cielo, intercede por ellos, abriéndoles el acceso a la presencia del Altísimo. La carta a los Hebreos es el único escrito del Nuevo Testamento que atribuye a Cristo el título de sacerdote. Pero, «en la noche en que iban a entregarlo», antes de entrar en el santuario del cielo, Jesús hace del rito tradicional de la ofrenda del pan y el vino el «signo», el sacramento, de su cuerpo entregado y de su sangre derramada para sellar «la nueva alianza». «Por eso —dice san Pablo—, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva».
Jesús multiplicó en el desierto cinco panes y dos peces para alimentar a la muchedumbre, después de haber estado hablándole del reino de Dios, hasta la caída de la tarde. Todo ocurre como en una asamblea cristiana, donde a la liturgia de la palabra le sigue la comunión con el pan partido.
Verdaderamente la eucaristía, el santo sacramento que celebramos, hunde sus raíces en el terreno de unos ritos ancestrales que el Señor ha llevado a plenitud dándoles un significado y una eficacia totalmente nuevos.

PRIMERA LECTURA

Un misterioso «sacerdote del Dios altísimo» bendice a Abrahán, «el padre de los creyentes», que le ofrece el décimo de su botín. La tradición cristiana ha visto desde siempre en este «rey de Salén» una figura de Cristo.

Sacó pan y vino.

Lectura del libro del Génesis 14,18-20

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abran, diciendo:

- Bendito sea Abrahán por el Dios altísimo,
creador de cielo y tierra;
bendito sea el Dios altísimo,
que te ha entregado tus enemigos.

Y Abran le dio un décimo de cada cosa.

Palabra de Dios.

SALMO

Alabanza a Cristo. En él, sacerdote perfecto que intercede por nosotros, se cumplen todas las promesas.

Salmo 109, 1. 2. 3. 4

R
Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies». R

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos. R

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora». R

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec». R

SEGUNDA LECTURA

El testimonio más antiguo sobre el origen, el contenido y el sentido de lo que hacen los cristianos cuando celebran la «cena del Señor», «misterio de la fe», llamada eucaristía.

Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11,23-26

Hermanos:
Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:
- Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.
Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:
- Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.
Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 6,51

Aleluya. Aleluya.
Tú nos hablas del reino de Dios,
Señor Jesús, tú curas nuestras heridas,
y sacias nuestra hambre. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo
—dice el Señor—;
el que coma de este pan vivirá para siempre. Aleluya.

EVANGELIO

En el contexto litúrgico de la fiesta de hoy, hay varios detalles de este relato que resultan especialmente significativos. Jesús acaba de hablar con calma del reino de Dios; el día toca a su fin, es decir se acerca la hora de la última cena y la hora en que la Iglesia antigua celebraba «la cena del Señor»; el gentío se organiza como asamblea litúrgica bien ordenada; Jesús bendice el pan y lo parte, como «el primer día de la semana» en Emaús; los doce distribuyen la comida entre la gente, pero Jesús sigue siendo el anfitrión. Leído hoy, en el marco litúrgico de esta fiesta, el relato tiene un evidente sabor eucarístico.

Comieron todos y se saciaron.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:
- Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.
Él les contestó:
- Dadles vosotros de comer.
Ellos replicaron:
- No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.
Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos:
- Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.
Lo hicieron así, y todos se echaron.
Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Palabra de Dios.



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lunes, 16 de mayo de 2016

22-05-2016 - Santísima Trinidad (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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Santísima Trinidad (C)


En vano se buscaría en las Escrituras una demostración racional de la existencia de Dios o una justificación intelectual de sus atributos. La Biblia no demuestra nada; simplemente muestra el modo como Dios se ha revelado. El ha creado el universo, los seres vivos, al hombre y a la mujer «a su imagen», Dirige la historia humana: una serie ininterrumpida de creyentes, todo un pueblo, lo han experimentado a lo largo de siglos sembrados de dichas y desdichas sin cuento. Ha dado a conocer su plan de salvación y el modo de participar de él. En todo ello ha manifestado su infinita sabiduría.
Jesús se sitúa en esta tradición. Habla del «Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob», pero llamándolo «Padre mío y Padre vuestro». De este modo se considera igual a él. Sus oyentes así lo entienden, juzgando, algunos, inadmisibles y blasfemas estas palabras. También declara: «Todo lo que tiene el Padre es mío». Y, por último, llegado el momento de abandonar visiblemente este mundo, promete a sus discípulos enviar «el Espíritu de la verdad» para recordarles su enseñanza y guiarlos «hasta la verdad plena», dándoles a conocer «muchas cosas» que explicitarán la revelación ya recibida.
Así pues, el Dios de Jesucristo, el Dios de los cristianos, es como el Dios de los padres del que habla la Biblia, no es en absoluto una abstracción, una idea, un sueño, sino un Dios que actúa. Su acción se despliega sin cesar en favor de los hombres. Podría decirse, incluso, que es cada vez más intensa y más eficaz. «Hemos recibido la justificación por nuestro Señor Jesucristo», cuya obra prolonga incesantemente el Espíritu. «Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos». Tenemos la firme esperanza de «alcanzar la gloria de Dios», en la que ha entrado el Señor, como testimonia la presencia del Espíritu derramado en los corazones de los creyentes. Todo viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu, especialmente la gracia de la justificación. Y todo asciende de nuevo al Padre, por el Hijo, en el Espíritu.
Este es el Dios revelado por la dinámica de la salvación, su «economía», como decían los antiguos. La solemnidad de la Santísima Trinidad nos lo recuerda y nos invita a entrar con decisión en este vasto intercambio instaurado entre Dios y los hombres.

PRIMERA LECTURA

Para evocar la inefable trascendencia de la sabiduría divina, el autor del libro de los Proverbios personifico este atributo, sin atenuar por ello el rígido monoteísmo bíblico. Como otros textos del mismo género, que se encuentran en todas las literaturas, este es susceptible de diversas interpretaciones y puede aplicarse con la mayor legitimidad a una persona determinada y muy concreta, a la que conviene perfectamente. Por eso encajo muy bien en la liturgia de este domingo.

Antes de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada.

Lectura del libro de los Proverbios 8,22-31

Así dice la sabiduría de Dios:
- El Señor me estableció al principio de sus tareas,
al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remotísimo fui formada,
antes de comenzar la tierra.
Antes de los abismos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Todavía no estaban aplomados los montes,
antes de las montañas fui engendrada.
No había hecho aún la tierra y la hierba,
ni los primeros terrones del orbe.
Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;
cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;
cuando sujetaba el cielo en la altura,
y fijaba las fuentes abismales.
Cuando ponía un límite al mar,
cuyas aguas no traspasan su mandato;
cuando asentaba los cimientos de la tierra,
yo estaba junto a él, como aprendiz,
yo era su encanto cotidiano,
todo el tiempo jugaba en su presencia:
jugaba con la bola de la tierra,
gozaba con los hijos de los hombres.

Palabra de Dios.

SALMO

En el corazón de la nueva creación, el hombre, por medio de Cristo, redescubre su grandeza divina.

Salmo 8, 4-5. 6-7a. 7b-9

R
Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder? R

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos. R

Todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. R

SEGUNDA LECTURA

La salvación es un don de Dios, obtenido no por las obras, sino por la fe en Cristo y gracias a la presencia del Espíritu en nosotros. La intervención de las personas divinas en lo que se llama la «economía de la salvación» aparece aquí afirmada de manera explícita: todo don viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu, prenda del amor de Dios en el corazón de los creyentes.

Nos gloriamos en las tribulaciones.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5,1-5

Hermanos:
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.
Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia; la constancia, virtud probada; la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Palabra de Dios.

ALELUYA Ap 1,8

Aleluya. Aleluya.
El Espíritu que el Padre ha enviado
glorifica al Hijo
y nos guía hasta la verdad plena. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,
al Dios que es, que era y que viene. Aleluya.

EVANGELIO

Jesús ha dado a conocer al Padre. Pero el misterio de Dios es insondable: el Hijo de Dios hecho hombre no lo ha revelado completamente. Por otra parte, esta revelación no sólo se conoce por medio de escritos que es necesario indagar incesantemente, sino también por medio de la tradición viva. Es función del Espíritu guiar hacia el conocimiento y la profundización de «la verdad plena», aprehendida con el corazón, que va mucho más allá de lo que puede captar la inteligencia.

Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 16,12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.

Palabra de Dios.



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lunes, 9 de mayo de 2016

15-05-2016 - Domingo de Pentecostés (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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Domingo de Pentecostés (C)


Pentecostés, lo mismo que la Epifanía al final de las celebraciones de la manifestación del Hijo de Dios en nuestra carne, clausura la cincuentena durante la cual la Iglesia celebra anualmente la Pascua de Cristo. La encarnación del Hijo de Dios y su resurrección, etapas decisivas de la historia de la salvación que culminará con el retorno del Señor al final de los tiempos, están en estrecha relación.
Anunciado por las antiguas Escrituras, prometido por el Señor en diversas ocasiones, y más explícitamente cuando llegó «la hora de pasar de este mundo al Padre», el envío del Espíritu imprime, en cierto modo, su sello a toda la obra redentora del Hijo de Dios, que «nació de santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos».
La fiesta de Pentecostés celebra el misterio de Dios, que ha rescatado al mundo por medio de su Hijo, y el misterio de la Iglesia, cuerpo de Cristo. Por eso el evangelio de las dos misas está tomado de los últimos encuentros de Jesús con sus discípulos. En el momento de dejar visiblemente la tierra, Jesús habla a los suyos de su nueva situación en el mundo tras su partida. El no los abandona. Va a enviarles al Espíritu, el Defensor, para guiarlos por el camino que conduce a la resurrección junto a él y junto al Padre.
El Espíritu que recibieron los apóstoles se da también a todos los creyentes. San Pablo insiste en su acción en cada uno y en la Iglesia en su conjunto: estructura y unifica el ser del cristiano; da a la comunidad unidad y cohesión gracias a los diferentes carismas, concedidos abundantemente para el bien de todos y el desarrollo armónico del cuerpo entero. Al mismo tiempo, el Apóstol recuerda insistentemente a los creyentes las exigencias de este don maravilloso.
Pentecostés no es, entonces, un acontecimiento del pasado, por decisivo que sea. Celebra a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiesta día tras día en la tierra y que se revelará a plena luz cuando vuelva el Hijo del hombre. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo.

Misa vespertina de la vigilia

De la larga vigilia de Pentecostés, comparable a la de Pascua, la reforma de la Semana santa decretada por Pío XII el 27 de noviembre de 1955 había mantenido sólo la misa. El Misal romano promulgado por Pablo VI el 3 de abril de 1969 ofrece un formulario enriquecido. En la mayoría de las iglesias, el sábado por la tarde se celebra, como de costumbre, la misa del día siguiente. Pero vale la pena leer y meditar los textos propuestos para esta eucaristía de la vigilia de Pentecostés.
Cuatro páginas del Antiguo Testamento. Cada una de ellas recuerda una etapa memorable de la historia de la salvación, cuya confrontación con el acontecimiento que tuvo lugar «al llegar el día de Pentecostés» resulta particularmente sugerente. Juntas revelan cómo, en su novedad, la irrupción del Espíritu, el día de Pentecostés, se inscribe de manera decisiva en la dinámica del plan de Dios. Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió al mundo a su Hijo, muerto y resucitado para la salvación de todos los hombres. Ahora que Cristo ha vuelto a la gloria del Padre, el Espíritu continúa en todas partes su obra hasta el final de los tiempos.
Cuando sueñan con construir un mundo y un futuro sin Dios, los hombres están abocados al fracaso: es Babel (Gn 11,1-9). El Espíritu ha sido enviado para permitir al mundo encontrar de nuevo, por la comunión con Dios, la unidad perdida, y a los hombres de toda la tierra la posibilidad de dialogar y comprenderse a pesar de sus diferencias de lengua, cultura, etc. La manifestación de Dios en el Sinaí y la promulgación de la Ley se narran con un lenguaje y en un escenario tradicionales, que se retoman en el relato de Pentecostés. Con profetas como Ezequiel y Joel se concreta el anuncio de la efusión del Espíritu. Por medio de él, el Dios vivo vuelve a poner en pie a los que yacían como huesos secos, dispersos, sin esperanza de vida, por la superficie de la tierra y en las tumbas (Ez 37,1-14). A los que invocan el nombre del Señor les permite esperar confiados el día del juicio (Jl 3,1-Sa).
El Espíritu, fuente inagotable de agua viva y vivificadora que brota en el corazón del creyente (Jn 7,37-39), es prenda de la adopción divina el día, esperado confiadamente, del nacimiento al nuevo mundo. Este parto se realiza a través de los dolores de la creación entera (Rm 8,22-27).

PRIMERA LECTURA

Con el relato de Babel concluye, en el mismo género literario lleno de imágenes, la reflexión sobre los orígenes de la humanidad, el pecado y sus consecuencias. Los hombres no pueden construir su unidad al margen de su Creador. Dios los congregará a todos, sin distinción de lenguas, razas ni culturas, no en una construcción humana, sino por su Espíritu, que llevará a cabo su unidad en la diversidad.

Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra.

Lectura del libro del Génesis 11,1-9

Toda la tierra hablaba la misma lengua con las mismas palabras. Al emigrar (el hombre) de oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar y se establecieron allí.
Y se dijeron unos a otros: «Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos». Emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de cemento. Y dijeron: «Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos, y para no dispersarnos por la superficie de la tierra».
El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres; y se dijo: «Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Voy a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo».
El Señor los dispersó por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra.

Palabra de Dios.

O bien:

Truenos, relámpagos, nubes, sonido de trompetas: signos todos ellos anunciadores de la manifestación de Dios todopoderoso. Temblor de los testigos, que se reúnen, aunque manteniéndose a una distancia respetuosa. Este es en la Biblia el marco literario tradicional y casi litúrgico de las teofanías. Esta manifestación divina trae a la memoria lo que Dios ha hecho en el pasado; que es promesa y prenda de bienes aún más grandes y maravillosos. La atención debe centrarse en la palabra, en la orden confiada al mensajero elegido por Dios para que la transmitiera al pueblo, al que se exhorta a la obediencia y a la conversión. Todos estos rasgos invitan a comparar la teofanía del Sinaí, «tres meses después de salir de Egipto», con la que tuvo lugar «al llegar el día de Pentecostés», cincuenta días después de la Pascua» (Hch 2,1-Ii).

El Señor descendió al monte Sinaí a la vista del pueblo.

Lectura del libro del Éxodo 19,3-8a.16-20b

En aquellos días, Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los israelitas: “Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mf un reino de sacerdotes y una nación anta”. Estas son las palabras que has de decir a los israelitas».
Moisés convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que el Señor le había mandado. Todo el pueblo, a una, respondió: «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor».
Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios y se detuvieron al pie del monte.
Todo el Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en forma de fuego. Subía humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno.
El Señor bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte, y llamó a Moisés a la cima de la montaña.

Palabra de Dios.

O bien:

Semejante a un cúmulo de huesos secos encerrados en tumbas o diseminados por la llanura: así es el pueblo en el que la muerte ha llevado a cabo su obra destructora. Pero, contra toda esperanza, el soplo creador del Dios vivo va a devolverle la vida y a congregarlo como «multitud innumerable». Esta grandiosa visión del profeta, dirigida en el siglo VI a. C. a los deportados de Babilonia, y que tiene bastante parentesco con la que describe el vidente de Patmos en el capítulo 7 del libro del Apocalipsis, da la medida de lo que el Espíritu del Señor ha hecho congregando a «la muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua».

Huesos secos, infundirá espíritu sobre vosotros, y viviréis.

Lectura de la profecía de Ezequiel 37,1-14

En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí y, con su Espíritu, el Señor me sacó y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran innumerables sobre la superficie del valle y estaban completamente secos.
Me preguntó: «Hijo de Adán, ¿podrán revivir estos huesos?». Yo respondí: «Señor, tú lo sabes». El me dijo: «Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! Así dice el Señor a estos huesos: Yo mismo traeré sobre vosotros espíritu, y viviréis. Pondré sobre vosotros tendones, haré crecer sobre vosotros carne, extenderé sobre vosotros piel, os infundiré espíritu, y viviréis. Y sabréis que yo soy el Señor”».
Y profeticé como me había ordenado y, a la voz de mi oráculo, hubo un estrépito, y los huesos se juntaron hueso con hueso. Me fijé en ellos: tenían encima tendones, la carne había crecido, y la piel los recubría; pero no tenían espíritu. Entonces me dijo: «Conjura al espíritu, conjura, hijo de Adán, y di al espíritu: “Así dice el Señor: De los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».
Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable. Y me dijo: «Hijo de Adán, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados”. Por eso, profetiza y diles: “Así dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago”». Oráculo del Señor.

Palabra de Dios.

O bien:

« ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!» (Nm 11,29). El deseo de Moisés va a realizarse y con creces, mucho más de lo que él podía imaginar. El Espíritu se derramará en abundancia y sin discriminaciones. Entonces comenzarán los últimos tiempos, al término de los cuales vendrá el juicio, día de liberación para los que hayan invocado el nombre del Señor.

Sobre mis siervos y siervas derramará mi Espíritu.

Lectura de la profecía de Joel 3,1-5a

Así dice el Señor: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. También sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu aquel día.
Haré prodigios en cielo y tierra: sangre, fuego, columnas de humo. El sol se entenebrecerá, la luna se pondrá como sangre, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán. Porque en el monte de Sión y en Jerusalén quedará un resto; como lo ha prometido el Señor a los supervivientes que él llamó».

Palabra de Dios.

SALMO

Oración y acción de gracias por el don del Espíritu, que es sabiduría, aliento de vida y fuerza renovadora.

Salmo 103, 1-2a.24.27-28.29b-30 R 30

R
Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas. R

Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo;
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes. R

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R

SEGUNDA LECTURA

Los cristianos viven en estado de tensión: están salvados, pero sólo en esperanza; tienen la promesa de la liberación de las limitaciones de su condición mortal, pero viven todavía en un mundo marcado por el pecado. Se trata de un verdadero parto, doloroso sin duda, pero cuyo feliz desenlace es cierto. El Espíritu está presente. Comparte nuestra impaciencia por ver el fin de los dolores, e inspira la oración que pide a Dios que adelante el día.

El Espíritu intercede con gemidos inefables.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,22-27

Hermanos: Sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.
Pero además el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Palabra de Dios.

ALELUYA

Aleluya. Aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
sacia con torrentes de agua viva
la sed de los que creen en Cristo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO

Son palabras de Jesús cuyo hondo sentido sólo se ha podido comprender después. El, que es la única fuente de la vida, hace que los que creen en él sacien en ella su sed, como anunció a la samaritana que había ido a buscar agua al pozo de Jacob (Jn 4,14).

Manarán ríos de agua viva.

+Lectura del santo evangelio según san Juan 7,37-39

El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva».
Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.

Palabra de Dios.

Misa del día.

El Espíritu, anunciado por Jesús al llegar «la hora de pasar de este mundo al Padre», recibido por los apóstoles «al llegar el día de Pentecostés», anima y guía la vida de los cristianos y de la Iglesia. Hace del corazón de cada uno morada del Padre y del Hijo. Promesa y prenda de participación en la resurrección de Cristo, abre a todos los hombres las puertas de la misericordia divina y reúne a los creyentes en una comunidad de pecadores perdonados que pueden llamar a Dios «Padre». Impulsa a la Iglesia a salir de los muros del miedo, para ir, con valentía, a anunciar al mundo entero la paz y la alegría de Dios. Le recuerda constantemente las enseñanzas del Señor; abre el corazón y el espíritu al sentido inagotable de las Escrituras inspiradas, cuya luz permite orientarse en las situaciones más dispares, y hasta inéditas. Fuente inagotable de juventud, el Espíritu renueva incesantemente la vida de los creyentes, de la Iglesia y del mundo. Difunde profusamente sus múltiples carismas para bien y beneficio del cuerpo entero, que crece al ritmo de los «días ordinarios» de la existencia humana.
En la cruz de Cristo han muerto el pecado y el mal. Pero la lucha entre la luz y las tinieblas continúa en la tierra y en el corazón de cada uno de nosotros, donde los «deseos de la carne» y «los deseos del espíritu» no han acabado de enfrentarse. La lucha es sin cuartel, pero combatimos como hombres libres y bien armados, porque el Defensor nos protege de la seducción de los deseos que conducen a la muerte.
La Iglesia, cuerpo de Cristo, respondiendo a su misión, se construye de ese modo en la unidad e, impulsada por el Espíritu, puede anunciar el Evangelio a toda la tierra por la fuerza de su predicación y de su testimonio.
Tal es la amplitud del misterio celebrado en la solemnidad de Pentecostés. Prometido por Dios desde mucho antes, el fuego del Espíritu, que consumió y transformó repentinamente el corazón de los apóstoles, no deja de difundirse, de manera generalmente discreta, a veces espectacular, entre los fieles, a los que convierte en testigos del Evangelio, y en el mundo, para que todos los hombres, sin distinción, puedan participar de la salvación. Pero su acción se percibe a posteriori. Nadie puede presumir anticipadamente de estar animado por el Espíritu.

PRIMERA LECTURA

De la multitud desorganizada que huía de Egipto, la Ley promulgada en el Sinaí logró hacer un pueblo dotado de una constitución. Gracias al Espíritu enviado el día de la fiesta que conmemoraba ese acontecimiento fundante, los hombres del mundo entero pueden beneficiarse de la elección divina y de las maravillas realizadas por Dios. Más aún, desde entonces cada uno puede oír la Buena Noticia en su propio idioma. Pentecostés restaura la unidad rota Por Babel.

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2,1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
- ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

Palabra de Dios.

SALMO

Oración y acción de gracias por el don del Espíritu, que es sabiduría, aliento de vida y fuerza renovadora.

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34

R
Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R

SEGUNDA LECTURA

La efusión universal del Espíritu reúne en la unidad a todos los que confiesan que Jesús es el Señor resucitado. Esta unidad es la de un cuerpo vivo con diferentes miembros, cuyo buen funcionamiento garantiza la cohesión y la armonía entre todos ellos.

Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12,3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Palabra de Dios.

O bien

Muertos al pecado, «coherederos» con Cristo, a la espera de una resurrección semejante a la suya: esa es la nueva condición de los creyentes de la que da testimonio el Espíritu. El es quien pronuncia en nuestro corazón las palabras (le la oración recibida del Señor Viene en ayuda de nuestra debilidad para que seamos capaces de superar las tentaciones de la «carne», y nos concede vivir en la libertad de los hijos de Dios.

Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,8-17

Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Así pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «jAbba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

Palabra de Dios.

SECUENCIA

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

ALELUYA

Aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO

San Juan evoca aquí sin situarlas en ninguna perspectiva, las diversas fases del misterio pascual de Cristo, cuyo cumplimiento es el envío del Espíritu. «El día primero de la semana» es «el día del Señor», el domingo, en el que la asamblea cristiana se reúne para la celebración semanal de la Pascua. Estamos ante una de las numerosas páginas del cuarto evangelio con connotaciones litúrgicas, discretas pero claras. El Espíritu, al difundirse, permite a todos tener acceso a la salvación alcanzada por medio de la Pascua de Cristo, obtener «el perdón de los pecados».

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Palabra de Dios.

O bien

Fidelidad a la palabra de Cristo y al amor fraterno, que es «el mandamiento» del Señor; presencia del Padre y del Hijo que establecen su «morada» en el corazón de los fieles; recuerdo incesante de la enseñanza de Jesús y entendimiento cada vez más profundo de la misma: esta es la obra del Espíritu, del Defensor enviado por Jesús.

El Espíritu Santo será quien os lo enseñe.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14,15-16.23b-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros.
El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».

Palabra de Dios.




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lunes, 2 de mayo de 2016

08-05-2016 - 7º Domingo de Pascua. - La Ascensión del Señor (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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7º Domingo de Pascua. - La Ascensión del Señor (C)


La Ascensión, misterio de Cristo, concierne a la persona y la misión del Hijo de Dios. El vino a habitar por un tiempo entre los hombres, asumiendo su naturaleza; y, llegada la hora que el Padre había fijado, volvió a él, pasando por la muerte y la resurrección. Pero este misterio concierne también a toda la humanidad, al mundo entero y a cada hombre en particular. Por eso hay que considerarlo siempre en esta doble dimensión, y no como un episodio aislado de la gesta de Cristo.
Para evocar la Ascensión del Señor, se recurre a imágenes: Jesús «subió», «fue elevado», «al cielo», «a lo alto». Tomar al pie de la letra esta manera de hablar, imaginándose la partida de Jesús como una especie de desplazamiento de aquí abajo a no se sabe dónde, allá arriba, sería cometer un burdo error. El Señor está ahora en la gloria, con el Padre: esto es lo que dice la fe al ofrecer a nuestra meditación los inmensos beneficios que esta exaltación ha traído al mundo. Estos bienes inestimables proceden del envío del Espíritu Santo por Cristo «ascendido al cielo».
Como todos los años, la Liturgia de la Palabra tiene como/fondo el relato más elaborado del Nuevo Testamento: el del libro de los Hechos de los apóstoles. Paralelamente se lee la noticia del acontecimiento que pone fin al evangelio según san Lucas. El autor del libro de los Hechos centra ya la atención en la promesa del envío del Espíritu, que será quien dé a los apóstoles la fuerza para ser en el mundo testigos de la resurrección del Señor. Pero se hacen aquí algunas precisiones significativas. Antes de dejarlos, Jesús dice a los apóstoles que su muerte, su resurrección y la llamada de todas las naciones a la conversión dan cumplimiento a las Escrituras. Jesús se separa de los suyos bendiciéndolos con un gesto litúrgico. San Lucas añade finalmente que los apóstoles, llenos de alegría, volvieron a Jerusalén, donde «estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios».
Por su parte, la carta a los Hebreos presenta la ascensión de Cristo como su entrada en el santuario del cielo, donde está intercediendo por nosotros, y desde donde volverá a aparecer un día «a los que lo esperan, para salvarlos». La Ascensión del Señor es, pues, un misterio de esperanza que invita a la acción: «Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? En el nombre del Señor, podéis ir en paz».

PRIMERA LECTURA

La ascensión del Señor al cielo es el acontecimiento que hace de gozne entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia, cuyos comienzos se relatan en la segunda parte de la obra de san Lucas. Inaugurado con el bautismo «en el Espíritu Santo» recibido por los apóstoles, es el tiempo de la misión «hasta los confines del mundo». Acabará con el retorno del Señor el día que el Padre «ha establecido con su autoridad”. La Ascensión del Señor vuelve la mirada hacia esta tierra en la que la Iglesia y los cristianos han de dar testimonio del Señor resucitado y de su esperanza.

A la vista de ellos, fue llevado al cielo.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1,1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo."
Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

Palabra de Dios.

SALMO

«Son de trompetas», «gritos de júbilo»: la buena noticia resuena en el mundo hasta la vuelta de Cristo.

Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9

R
Dios asciende entre aclamaciones; el Señor,
al son de trompetas.

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad. R

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R

SEGUNDA LECTURA

El autor de ¡a carta a los Hebreos evoca la ascensión del Señor refiriéndola a la liturgia judía del «Día del perdón» (Yóm Kippur). Una vez al año, después de haberse purificado, el sumo sacerdote entraba en el santuario del templo y procedía a la purificación del pueblo con sangre de animales. Después de haber derramado su propia sangre por el pecado del mundo entero, Jesús ha entrado en el santuario del cielo de una vez para siempre. Todos los hombres, por los que él se ha ofrecido, tienen la seguridad de ser admitidos con él ante Dios para toda la eternidad.

Cristo ha entrado en el mismo cielo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Hebreos 9,24-28; 10,19-23

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres -imagen del auténtico-, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces -como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio.
De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos.
Hermanos, teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura.
Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa.

Palabra de Dios.

O bien:

Dios ha desplegado en Cristo un poder del que ya podemos beneficiarnos. Las palabras se acumulan en la pluma de San Pablo cuando trata de decir lo que representan para Cristo su resurrección y su glorificación a la derecha de Dios, y los innumerables e inconmensurables beneficios que de ellas se derivan para nosotros. La oración del Apóstol se convierte entonces en acción de gracias, en «eucaristía», dirigida al «Dios de nuestro Señor Jesucristo», el Padre que «todo lo puso bajo los pies» de su Hijo y «lo dio a la Iglesia, que es su cuerpo, como cabeza, sobre todo».

Lo sentó a su derecha en el cielo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,17-23

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Palabra de Dios.

ALELUYA Mt 28,19.20

Aleluya. Aleluya.
Tenía que padecer y resucitar de entre los muertos,
para el perdón de los pecados
la conversión de todos los pueblos. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Id y haced discípulos de todos los pueblos
—dice el Señor—;
yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo. Aleluya.

EVANGELIO

Al igual que la Pascua de Cristo, muerto y resucitado al tercer día, la misión universal de la Iglesia da cumplimiento a las Escrituras, porque Jesús padeció y resucitó de entre los muertos para que, en su nombre, todos obtengan el perdón de los pecados. Esta es la buena noticia que han de anunciar al mando entero los que reconocen en Jesús al Señor, ante el cual se postran en gesto de adoración.

Mientras los bendecía, fue llevado hacia el cielo.

+ Conclusión del santo evangelio según san Lucas 24,46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto."
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Palabra de Dios.



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lunes, 25 de abril de 2016

01-05-2016 - 6º domingo de Pascua (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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6º domingo de Pascua (C)


Cuando la Ascensión del Señor se celebra el domingo siguiente, en este sexto domingo de Pascua pueden leerse la segunda lectura y el evangelio asignados al séptimo domingo.

Con su vuelta al Padre, el Señor resucitado no abandona a sus discípulos. Permanece con todos y con cada uno de ellos de un modo nuevo que antes no le permitía su condición humana. Viene con el Padre y hace morada en los que lo aman y guardan sus palabras. Y les da el Espíritu Santo, el Defensor, memoria viva y maestro interior de la Iglesia.
Él ha transformado a hombres débiles y cobardes en predicadores decididos del Evangelio y en testigos del Señor, valientes hasta el martirio. Les ha hecho recordar palabras de la Escritura o de Jesús oídas distraídamente, o no comprendidas al principio. Con mucha frecuencia los evangelistas y los escritos apostólicos citan textos escriturísticos y palabras de Jesús que el Espíritu Santo les ha traído a la memoria o cuyo significado les ha revelado posteriormente. Más tarde, los padres de la Iglesia, los exégetas, los místicos, los simples fieles, han seguido profundizando en el sentido y el alcance de las Escrituras inspiradas, que el magisterio y los predicadores actualizan. Así es como se ha ido desarrollando y sigue desarrollándose aún la tradición viva de la Iglesia.
Muy pronto, después de Pentecostés y bajo el impulso del Espíritu Santo, los primeros discípulos, tras vivos debates, admiten que los paganos convertidos no tienen por qué guardar normas añadidas. A medida que se va extendiendo la misión, la Iglesia, con mayor o menor valentía o, a veces, por el contrario, reticencia, se va abriendo progresivamente a nuevas culturas. Por ejemplo, los autores del Nuevo Testamento tradujeron al griego las enseñanzas que Jesús había impartido en arameo, mientras que fueron necesarios siglos para que la liturgia pudiera celebrarse en todas las lenguas. Casi en nuestros días, el Vaticano II (1962-1965) ha afirmado solemnemente que la Iglesia tiene el deber de abrirse ampliamente a todas las culturas, dando prueba de discernimiento, ciertamente, pero sin miedos. El papa y el colegio de los obispos han «decidido» con el Espíritu Santo no imponer a los fieles de nuestro tiempo cargas seculares, pero que ya no eran necesarias.
A los que aguardan llenos de esperanza la manifestación de la Jerusalén del cielo, el Espíritu les anuncia: «Vivid con alegría y en acción de gracias. Salud».

PRIMERA LECTURA

¿Es necesario, o legítimo, imponer a otros prácticas ancestrales de valor indiscutible, que han jalonado el camino de muchos hacia el evangelio? Es la cuestión que plantean, sin duda con buena intención, gentes venidas de Judea a Antioquía. Después de una seria discusión, la asamblea, llamada a veces «concilio de Jerusalén», consciente de la asistencia del Espíritu Santo, toma una decisión inspirada por el deseo de mantener la unidad y la caridad en las comunidades formadas por cristianos procedentes del judaísmo y del paganismo.

Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2. 22-29

En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia.
Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta:
«Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo.
Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.»

Palabra de Dios.

SALMO

Un solo Señor Jesucristo, conduce a la multitud de los pueblos hacia el Padre de todos.

Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8

R
Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros:
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R

Que canten de alegría las naciones,
porque riges la tierra con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra. R

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga;
que le teman hasta los confines del orbe. R

SEGUNDA LECTURA

La ciudad futura garantizará una protección total a sus habitantes (»una muralla grande y alta»); el Antiguo Testamento (los nombres de las doce tribus grabados en las puertas) y el Nuevo (los nombres de los doce apóstoles en los basamentos de la muralla) le dan cohesión; participará de la eternidad y la gloria de Dios (no necesita sol ni luna que la alumbre); y se habrá superado el tiempo de las mediaciones sacramentales (no habrá ya santuario).

Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.

Lectura del libro del Apocalipsis 21,10-14. 22-23

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios.
Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido.
Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel.
A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas.
La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.
Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.
La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

Palabra de Dios.

O bien.

El Apocalipsis, último libro de la Biblia, concluye con una advertencia seria y solemne: no se debe quitar ni añadir nada a las Sagradas Escrituras. La última revelación del libro se refiere a la certeza del retorno del Señor. Que los creyentes no bajen la guardia y no se replieguen en sí mismos. El tiempo apremia; es urgente dar testimonio de la resurrección del Señor Jesús. La vida, como la liturgia, debe apresurar el día del reencuentro, en el que se consumará, en el amor; el misterio de la unidad entre Dios, la humanidad y el universo entero: «Amén. Ven, Señor Jesús. Marana tha».

Ven, Señor Jesús.

Lectura del libro del Apocalipsis 22,12-14.16-1 7.20

Yo, Juan, escuché una voz que me decía: «Mira, llego enseguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin. Dichosos los que lavan su ropa, para tener derecho al árbol de la vida y poder entrar por las puertas de la ciudad. Yo, Jesús, os envío mi ángel con este testimonio para las Iglesias. Yo soy el retoño y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana». El Espíritu y la novia dicen:
«Ven!». El que lo oiga, que repita: «Ven!». El que tenga sed, y quiera, que venga a beber de balde el agua viva. El que se hace testigo de estas cosas dice: «Sí, voy a llegar enseguida». Amén. Ven, Señor Jesús.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 14,23

Aleluya. Aleluya.
No estéis tristes ni tengáis miedo:
Jesús se ha ido al Padre,
pero vuelve de nuevo
por el don del Espíritu, el Defensor Aleluya.

Aleluya, aleluya.
El que me ama guardará mi palabra
—dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. Aleluya.

EVANGELIO

La partida de Jesús ¿condenará a los que no lo han conocido personalmente a vivir como en un destierro, en la soledad árida de la fe, a la espera del retorno glorioso del Señor? No; si aman y guardan fielmente sus palabras, tendrán siempre con ellos al Padre y al Hijo, con el Espíritu Santo, memoria viva del Evangelio.

El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14,23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.

Palabra de Dios.

O bien.

Jesús ha sido enviado para reconciliar al mundo con Dios, para reconciliar a los hombres entre sí y para con gregarios en la unidad, que tiene su fuente, su modelo y plenitud en la unidad del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. En unas pocas frases de extrema densidad, la conclusión de la sublime oración de Jesús, al llegar «la hora de pasar de este mundo al Padre», expresa el núcleo del misterio en el que todos están llamados a participar, y que los cristianos, con su comportamiento diario, deben anunciar al mundo.

Que sean completamente uno.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 17,20-26

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo:
«Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos».

Palabra de Dios.



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