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Lecturas y Evangelio del domingo
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19 de mayo de 2013
Domingo de Pentecostés (C)
Pentecostés, lo mismo que la Epifanía al final de las
celebraciones de la manifestación del Hijo de Dios en nuestra carne, clausura
la cincuentena durante la cual la Iglesia celebra anualmente la Pascua de
Cristo. La encarnación del Hijo de Dios y su resurrección, etapas decisivas de
la historia de la salvación que culminará con el retorno del Señor al final de
los tiempos, están en estrecha relación.
Anunciado por las antiguas Escrituras, prometido por el
Señor en diversas ocasiones, y más explícitamente cuando llegó «la hora de
pasar de este mundo al Padre», el envío del Espíritu imprime, en cierto modo,
su sello a toda la obra redentora del Hijo de Dios, que «nació de santa María
Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y
sepultado; descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los
muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre
todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos».
La fiesta de Pentecostés celebra el misterio de Dios, que
ha rescatado al mundo por medio de su Hijo, y el misterio de la Iglesia, cuerpo
de Cristo. Por eso el evangelio de las dos misas está tomado de los últimos
encuentros de Jesús con sus discípulos. En el momento de dejar visiblemente la
tierra, Jesús habla a los suyos de su nueva situación en el mundo tras su
partida. El no los abandona. Va a enviarles al Espíritu, el Defensor, para
guiarlos por el camino que conduce a la resurrección junto a él y junto al
Padre.
El Espíritu que recibieron los apóstoles se da también a
todos los creyentes. San Pablo insiste en su acción en cada uno y en la Iglesia
en su conjunto: estructura y unifica el ser del cristiano; da a la comunidad
unidad y cohesión gracias a los diferentes carismas, concedidos abundantemente
para el bien de todos y el desarrollo armónico del cuerpo entero. Al mismo
tiempo, el Apóstol recuerda insistentemente a los creyentes las exigencias de
este don maravilloso.
Pentecostés no es, entonces, un acontecimiento del
pasado, por decisivo que sea. Celebra a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que
se manifiesta día tras día en la tierra y que se revelará a plena luz cuando
vuelva el Hijo del hombre. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en
nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo.
Misa vespertina de la vigilia
De la larga vigilia de Pentecostés, comparable a la de
Pascua, la reforma de la Semana santa decretada por Pío XII el 27 de noviembre
de 1955 había mantenido sólo la misa. El Misal romano promulgado por Pablo VI
el 3 de abril de 1969 ofrece un formulario enriquecido. En la mayoría de las
iglesias, el sábado por la tarde se celebra, como de costumbre, la misa del día
siguiente. Pero vale la pena leer y meditar los textos propuestos para esta
eucaristía de la vigilia de Pentecostés.
Cuatro páginas del Antiguo Testamento. Cada una de ellas
recuerda una etapa memorable de la historia de la salvación, cuya confrontación
con el acontecimiento que tuvo lugar «al llegar el día de Pentecostés» resulta
particularmente sugerente. Juntas revelan cómo, en su novedad, la irrupción del
Espíritu, el día de Pentecostés, se inscribe de manera decisiva en la dinámica
del plan de Dios. Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió al mundo a su Hijo,
muerto y resucitado para la salvación de todos los hombres. Ahora que Cristo ha
vuelto a la gloria del Padre, el Espíritu continúa en todas partes su obra
hasta el final de los tiempos.
Cuando sueñan con construir un mundo y un futuro sin
Dios, los hombres están abocados al fracaso: es Babel (Gn 11,1-9). El Espíritu
ha sido enviado para permitir al mundo encontrar de nuevo, por la comunión con
Dios, la unidad perdida, y a los hombres de toda la tierra la posibilidad de
dialogar y comprenderse a pesar de sus diferencias de lengua, cultura, etc. La
manifestación de Dios en el Sinaí y la promulgación de la Ley se narran con un
lenguaje y en un escenario tradicionales, que se retoman en el relato de
Pentecostés. Con profetas como Ezequiel y Joel se concreta el anuncio de la
efusión del Espíritu. Por medio de él, el Dios vivo vuelve a poner en pie a los
que yacían como huesos secos, dispersos, sin esperanza de vida, por la
superficie de la tierra y en las tumbas (Ez 37,1-14). A los que invocan el
nombre del Señor les permite esperar confiados el día del juicio (Jl 3,1-Sa).
El Espíritu, fuente inagotable de agua viva y
vivificadora que brota en el corazón del creyente (Jn 7,37-39), es prenda de la
adopción divina el día, esperado confiadamente, del nacimiento al nuevo mundo.
Este parto se realiza a través de los dolores de la creación entera (Rm
8,22-27).
PRIMERA LECTURA
Con el relato de Babel concluye, en el mismo género
literario lleno de imágenes, la reflexión sobre los orígenes de la humanidad,
el pecado y sus consecuencias. Los hombres no pueden construir su unidad al
margen de su Creador. Dios los congregará a todos, sin distinción de lenguas,
razas ni culturas, no en una construcción humana, sino por su Espíritu, que
llevará a cabo su unidad en la diversidad.
Se llama Babel,
porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra.
Lectura del libro
del Génesis 11,1-9
Toda la tierra hablaba la misma
lengua con las mismas palabras. Al emigrar (el hombre) de oriente, encontraron
una llanura en el país de Senaar y se establecieron allí.
Y se dijeron unos a otros:
«Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos». Emplearon ladrillos en vez de
piedras, y alquitrán en vez de cemento. Y dijeron: «Vamos a construir una
ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos, y para no
dispersarnos por la superficie de la tierra».
El Señor bajó a ver la ciudad y
la torre que estaban construyendo los hombres; y se dijo: «Son un solo pueblo
con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de
lo que decidan hacer les resultará imposible. Voy a bajar y a confundir su
lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo».
El Señor los dispersó por la
superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad. Por eso se llama
Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí
los dispersó por la superficie de la tierra.
Palabra de Dios.
O bien:
Truenos, relámpagos, nubes, sonido de trompetas: signos
todos ellos anunciadores de la manifestación de Dios todopoderoso. Temblor de
los testigos, que se reúnen, aunque manteniéndose a una distancia respetuosa.
Este es en la Biblia el marco literario tradicional y casi litúrgico de las
teofanías. Esta manifestación divina trae a la memoria lo que Dios ha hecho en
el pasado; que es promesa y prenda de bienes aún más grandes y maravillosos. La
atención debe centrarse en la palabra, en la orden confiada al mensajero
elegido por Dios para que la transmitiera al pueblo, al que se exhorta a la
obediencia y a la conversión. Todos estos rasgos invitan a comparar la teofanía
del Sinaí, «tres meses después de salir de Egipto», con la que tuvo lugar «al
llegar el día de Pentecostés», cincuenta días después de la Pascua» (Hch
2,1-Ii).
El Señor descendió al
monte Sinaí a la vista del pueblo.
Lectura del libro
del Éxodo 19,3-8a.16-20b
En aquellos días, Moisés subió
hacia Dios. El Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Así dirás a la casa de
Jacob, y esto anunciarás a los israelitas: “Ya habéis visto lo que he hecho con
los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he
traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza,
vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es
toda la tierra; seréis para mf un reino de sacerdotes y una nación anta”. Estas
son las palabras que has de decir a los israelitas».
Moisés convocó a los ancianos
del pueblo y les expuso todo lo que el Señor le había mandado. Todo el pueblo,
a una, respondió: «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor».
Al tercer día, al rayar el alba,
hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar
de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar.
Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios y se
detuvieron al pie del monte.
Todo el Sinaí humeaba, porque el
Señor había descendido sobre él en forma de fuego. Subía humo como de un horno,
y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada
vez más fuerte; Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno.
El Señor bajó al monte Sinaí, a
la cumbre del monte, y llamó a Moisés a la cima de la montaña.
Palabra de Dios.
O bien:
Semejante a un cúmulo de huesos secos encerrados en tumbas
o diseminados por la llanura: así es el pueblo en el que la muerte ha llevado a
cabo su obra destructora. Pero, contra toda esperanza, el soplo creador del
Dios vivo va a devolverle la vida y a congregarlo como «multitud innumerable».
Esta grandiosa visión del profeta, dirigida en el siglo VI a. C. a los
deportados de Babilonia, y que tiene bastante parentesco con la que describe el
vidente de Patmos en el capítulo 7 del libro del Apocalipsis, da la medida de
lo que el Espíritu del Señor ha hecho congregando a «la muchedumbre inmensa, que
nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua».
Huesos secos,
infundirá espíritu sobre vosotros, y viviréis.
Lectura de la
profecía de Ezequiel 37,1-14
En aquellos días, la mano del
Señor se posó sobre mí y, con su Espíritu, el Señor me sacó y me colocó en
medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno
a ellos: eran innumerables sobre la superficie del valle y estaban
completamente secos.
Me preguntó: «Hijo de Adán, ¿podrán
revivir estos huesos?». Yo respondí: «Señor, tú lo sabes». El me dijo:
«Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchad la
palabra del Señor! Así dice el Señor a estos huesos: Yo mismo traeré sobre
vosotros espíritu, y viviréis. Pondré sobre vosotros tendones, haré crecer
sobre vosotros carne, extenderé sobre vosotros piel, os infundiré espíritu, y
viviréis. Y sabréis que yo soy el Señor”».
Y profeticé como me había
ordenado y, a la voz de mi oráculo, hubo un estrépito, y los huesos se juntaron
hueso con hueso. Me fijé en ellos: tenían encima tendones, la carne había
crecido, y la piel los recubría; pero no tenían espíritu. Entonces me dijo:
«Conjura al espíritu, conjura, hijo de Adán, y di al espíritu: “Así dice el
Señor: De los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla sobre estos muertos para
que vivan”».
Yo profeticé como me había
ordenado; vino sobre ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron en pie. Era
una multitud innumerable. Y me dijo: «Hijo de Adán, estos huesos son la entera
casa de Israel, que dice: “Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha
perecido, estamos destrozados”. Por eso, profetiza y diles: “Así dice el Señor:
Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros,
pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros
sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el
Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y
sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago”». Oráculo del Señor.
Palabra de Dios.
O bien:
«¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y
recibiera el Espíritu del Señor!» (Nm 11,29). El deseo de Moisés va a
realizarse y con creces, mucho más de lo que él podía imaginar. El Espíritu se
derramará en abundancia y sin discriminaciones. Entonces comenzarán los últimos
tiempos, al término de los cuales vendrá el juicio, día de liberación para los
que hayan invocado el nombre del Señor.
Sobre mis siervos y
siervas derramará mi Espíritu.
Lectura de la
profecía de Joel 3,1-5a
Así dice el Señor: «Derramaré mi
Espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros
ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. También sobre mis
siervos y siervas derramaré mi Espíritu aquel día.
Haré prodigios en cielo y
tierra: sangre, fuego, columnas de humo. El sol se entenebrecerá, la luna se
pondrá como sangre, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible.
Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán. Porque en el monte de Sión y
en Jerusalén quedará un resto; como lo ha prometido el Señor a los
supervivientes que él llamó».
Palabra de Dios.
SALMO
Oración y acción de gracias por el don del Espíritu, que
es sabiduría, aliento de vida y fuerza renovadora.
Salmo 103,
1-2a.24.27-28.29b-30 R 30
R
Envía tu Espíritu,
Señor,
y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas. R
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo;
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes. R
Les retiras el aliento, y
expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R
SEGUNDA LECTURA
Los cristianos viven en estado de tensión: están
salvados, pero sólo en esperanza; tienen la promesa de la liberación de las
limitaciones de su condición mortal, pero viven todavía en un mundo marcado por
el pecado. Se trata de un verdadero parto, doloroso sin duda, pero cuyo feliz
desenlace es cierto. El Espíritu está presente. Comparte nuestra impaciencia
por ver el fin de los dolores, e inspira la oración que pide a Dios que
adelante el día.
El Espíritu intercede
con gemidos inefables.
Lectura de la carta
del apóstol san Pablo a los Romanos 8,22-27
Hermanos: Sabemos que hasta hoy
la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso;
también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro
interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro
cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es
esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que
no vemos, aguardamos con perseverancia.
Pero además el Espíritu viene en
ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos
conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su
intercesión por los santos es según Dios.
Palabra de Dios.
ALELUYA
Aleluya. Aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
sacia con torrentes de agua viva
la sed de los que creen en Cristo.
Aleluya.
Aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.
EVANGELIO
Son palabras de Jesús cuyo hondo sentido sólo se ha
podido comprender después. El, que es la única fuente de la vida, hace que los
que creen en él sacien en ella su sed, como anunció a la samaritana que había
ido a buscar agua al pozo de Jacob (Jn 4,14).
Manarán ríos de agua
viva.
+Lectura del santo
evangelio según san Juan 7,37-39
El último día, el más solemne de
las fiestas, Jesús, en pie, gritaba: «El que tenga sed, que venga a mí; el que
cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes
de agua viva».
Decía esto refiriéndose al Espíritu
que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el
Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.
Palabra de Dios.
Misa del día.
El Espíritu, anunciado por Jesús al llegar «la hora de
pasar de este mundo al Padre», recibido por los apóstoles «al llegar el día de
Pentecostés», anima y guía la vida de los cristianos y de la Iglesia. Hace del
corazón de cada uno morada del Padre y del Hijo. Promesa y prenda de
participación en la resurrección de Cristo, abre a todos los hombres las
puertas de la misericordia divina y reúne a los creyentes en una comunidad de
pecadores perdonados que pueden llamar a Dios «Padre». Impulsa a la Iglesia a
salir de los muros del miedo, para ir, con valentía, a anunciar al mundo entero
la paz y la alegría de Dios. Le recuerda constantemente las enseñanzas del Señor;
abre el corazón y el espíritu al sentido inagotable de las Escrituras
inspiradas, cuya luz permite orientarse en las situaciones más dispares, y
hasta inéditas. Fuente inagotable de juventud, el Espíritu renueva
incesantemente la vida de los creyentes, de la Iglesia y del mundo. Difunde
profusamente sus múltiples carismas para bien y beneficio del cuerpo entero,
que crece al ritmo de los «días ordinarios» de la existencia humana.
En la cruz de Cristo han muerto el pecado y el mal. Pero
la lucha entre la luz y las tinieblas continúa en la tierra y en el corazón de
cada uno de nosotros, donde los «deseos de la carne» y «los deseos del
espíritu» no han acabado de enfrentarse. La lucha es sin cuartel, pero
combatimos como hombres libres y bien armados, porque el Defensor nos protege
de la seducción de los deseos que conducen a la muerte.
La Iglesia, cuerpo de Cristo, respondiendo a su misión,
se construye de ese modo en la unidad e, impulsada por el Espíritu, puede
anunciar el Evangelio a toda la tierra por la fuerza de su predicación y de su
testimonio.
Tal es la amplitud del misterio celebrado en la
solemnidad de Pentecostés. Prometido por Dios desde mucho antes, el fuego del
Espíritu, que consumió y transformó repentinamente el corazón de los apóstoles,
no deja de difundirse, de manera generalmente discreta, a veces espectacular,
entre los fieles, a los que convierte en testigos del Evangelio, y en el mundo,
para que todos los hombres, sin distinción, puedan participar de la salvación.
Pero su acción se percibe a posteriori. Nadie puede presumir anticipadamente de
estar animado por el Espíritu.
PRIMERA LECTURA
De la multitud desorganizada que huía de Egipto, la Ley
promulgada en el Sinaí logró hacer un pueblo dotado de una constitución.
Gracias al Espíritu enviado el día de la fiesta que conmemoraba ese
acontecimiento fundante, los hombres del mundo entero pueden beneficiarse de la
elección divina y de las maravillas realizadas por Dios. Más aún, desde
entonces cada uno puede oír la Buena Noticia en su propio idioma. Pentecostés
restaura la unidad rota Por Babel.
Se llenaron todos de
Espíritu Santo y empezaron a hablar.
Lectura del libro de
los Hechos de los apóstoles 2,1-11
Al llegar el día de Pentecostés,
estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como
de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron
aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada
uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas
extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en
Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido,
acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en
su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
- ¿No son galileos todos esos
que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra
lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos
y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en
Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con
Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también
hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios
en nuestra propia lengua.
Palabra de Dios.
SALMO
Oración y acción de gracias por el don del Espíritu, que
es sabiduría, aliento de vida y fuerza renovadora.
Salmo 103, 1ab y
24ac. 29bc-30. 31 y 34
R
Envía tu Espíritu,
Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R
Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R
SEGUNDA LECTURA
La efusión universal del Espíritu reúne en la unidad a
todos los que confiesan que Jesús es el Señor resucitado. Esta unidad es la de
un cuerpo vivo con diferentes miembros, cuyo buen funcionamiento garantiza la
cohesión y la armonía entre todos ellos.
Hemos sido bautizados
en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Lectura de la
primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12,3b-7. 12-13
Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es
Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.
Hay diversidad de dones, pero un
mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay
diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno
se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Porque, lo mismo que el cuerpo
es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser
muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Todos nosotros, judíos y
griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para
formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Palabra de Dios.
O bien
Muertos al pecado, «coherederos» con Cristo, a la espera
de una resurrección semejante a la suya: esa es la nueva condición de los
creyentes de la que da testimonio el Espíritu. El es quien pronuncia en nuestro
corazón las palabras (le la oración recibida del Señor Viene en ayuda de
nuestra debilidad para que seamos capaces de superar las tentaciones de la
«carne», y nos concede vivir en la libertad de los hijos de Dios.
Cuantos se dejan llevar
por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
Lectura de la carta
del apóstol san Pablo a los Romanos 8,8-17
Hermanos: Los que viven sujetos
a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la
carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que
no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en
vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la
justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los
muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús
vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita
en vosotros.
Así pues, hermanos, estamos en
deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la
carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del
cuerpo, viviréis. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son
hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el
temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «jAbba!»
(Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos
hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos
con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.
Palabra de Dios.
SECUENCIA
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
ALELUYA
Aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.
EVANGELIO
San Juan evoca aquí sin situarlas en ninguna perspectiva,
las diversas fases del misterio pascual de Cristo, cuyo cumplimiento es el
envío del Espíritu. «El día primero de la semana» es «el día del Señor», el
domingo, en el que la asamblea cristiana se reúne para la celebración semanal
de la Pascua. Estamos ante una de las numerosas páginas del cuarto evangelio
con connotaciones litúrgicas, discretas pero claras. El Espíritu, al
difundirse, permite a todos tener acceso a la salvación alcanzada por medio de
la Pascua de Cristo, obtener «el perdón de los pecados».
Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.
Lectura del santo
evangelio según san Juan 20,19-23
Al anochecer de aquel día, el
día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas
cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les
dijo:
- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las
manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre
me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento
sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos.
Palabra de Dios.
O bien
Fidelidad a la palabra de Cristo y al amor fraterno, que
es «el mandamiento» del Señor; presencia del Padre y del Hijo que establecen su
«morada» en el corazón de los fieles; recuerdo incesante de la enseñanza de
Jesús y entendimiento cada vez más profundo de la misma: esta es la obra del
Espíritu, del Defensor enviado por Jesús.
El Espíritu Santo será
quien os lo enseñe.
+ Lectura del santo
evangelio según san Juan 14,15-16.23b-26
En aquel tiempo, dijo Jesús a
sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al
Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros.
El que me ama guardará mi
palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que
no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía,
sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que
estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre
en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os
he dicho».
Palabra de Dios.