lunes, 7 de febrero de 2011

13/02/2011 - 6º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

13 de febrero de 2011

6º domingo Tiempo ordinario (A)

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PRIMERA LECTURA

No mandó pecar al hombre.

Lectura del libro del Eclesiástico 15, 16-21

A causa de los límites de su inteligencia y de su capacidad de discernimiento, a menudo el hombre se encuentra perplejo a la hora de decidir, sintiéndose incapaz de distinguir, de manera inmediata y con toda certeza, entre el bien y el mal. Pero la Ley de Dios viene en su ayuda. Así, iluminado por la sabiduría divina, el hombre está en condiciones de tomar libremente una buena opción.

SALMO

Salmo 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 (R.: lb)

R.
Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Alegría de poder cumplir los mandamientos de todo corazón y con plena libertad para expresar nuestro amor a Dios.

SEGUNDA LECTURA

Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10

Sin comparación con la de los hombres, la sabiduría que da el Espíritu abre a la comprensión de los misterios de Dios y permite ver al Señor de la gloria en aquel a quien los hombres crucificaron.

Aleluya Cf. Mt 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has revelado los secretos del reino
a la gente sencilla.


Aleluya. Aleluya.
Cristo es el “Amen” perfecto a la voluntad del Padre,
él ha dado plenitud a la Ley. Aleluya.

EVANGELIO

Se dijo a los antiguos, pero yo os digo.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-37

Jesús con la soberana autoridad que tiene por su intimidad con el Padre, enseña una lectura y una práctica de los mandamientos acordes con la intención profunda de Dios: “Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…“. En las antípodas de cualquier tipo de moralismo, tanto de laxismo como de rigorismo, la moral evangélica brota de un corazón que se convierte sin cesar al Señor.

COLECTA DE LA CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE EN EL MUNDO

NIÑOS HAMBRIENTOS

Cada hora se nos mueren en el mundo mil niños y niñas por desnutrición, enfermedad y miseria. Al año, más de once millones, todos menores de cinco años. Son niños que sólo nacen para pasar hambre, sufrir una enfermedad y morir. ¿Cómo lo podemos soportar?
Muchos de ellos nacen heridos por el sida. A otros la falta de higiene los deja marcados para toda su corta vida. La mayoría muere por desnutrición, falta de agua potable o enfermedades que se podrían evitar fácilmente, como diarrea, tuberculosis, varicela o malaria. Su muerte, indigna y triste, es una vergüenza para todos nosotros. ¿Cómo nos podemos sentir humanos?
Es inútil que nos escondamos detrás de nuestra crisis económica. Estamos invirtiendo cantidades exorbitadas en rescates financieros, ¿cuánto invertiremos para rescatar a estos niños del hambre y la muerte prematura? A veces bastaría que contaran con vacunas, antibióticos o algún suplemento nutricional. No está en crisis sólo nuestra economía. Desde hace mucho tiempo, está en crisis nuestra dignidad.
¿Cómo es posible que todo esto ocurra mientras nosotros seguimos viviendo ajenos a todo lo que no sea nuestros intereses económicos y nuestro bienestar? ¿Cómo podemos soportar que el mundo siga «funcionando» de manera tan absurda y cruel? ¿Cómo podemos vivir en la Iglesia de Jesús tan centrados en nuestros problemas y tan olvidados de los que sufren? ¿Cómo hemos llegado a perder de manera tan increíble su sensibilidad ante el sufrimiento?
Es la hora de recordar un gesto profético de Jesús, que ha sido olvidado casi por completo en su Iglesia. La escena es conmovedora. Sus discípulos andan, como casi siempre, pensando en puestos de honor y de poder. Jesús se sienta y llama a los Doce. Luego, toma a un niño y lo pone en medio de ellos; lo estrecha entre sus brazos y les dice: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, me está recibiendo a mí» (Marcos 9, 33-37).
En el centro del colegio apostólico no ha colocado Jesús a Pedro sino a un niño. Su intención es clara: los más débiles e indefensos han de ocupar el centro de su Iglesia. Sus seguidores se olvidarán de sí mismos y se pondrán a atender a los más desvalidos. ¿Cómo pretendemos acoger a Jesús entre nosotros olvidando a los niños hambrientos del mundo?
Tal vez, sólo el recuerdo del sufrimiento de tantos niños y niñas inocentes nos puede todavía sensibilizar y humanizar. Por eso, no podemos permanecer indiferentes ante la Campaña de Manos Unidas que, este año, nos recuerda sus gemidos y nos llama a la responsabilidad. No se trata sólo de entregar un donativo. Para más de uno, puede significar empezar a recuperar la dignidad.

José Antonio Pagola


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