lunes, 21 de marzo de 2011

27/03/2011 - 3º domingo de Cuaresma (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

27 de marzo de 2011

3º domingo de Cuaresma (A)

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PRIMERA LECTURA

Danos agua de beber

Lectura del libro del Éxodo 17, 3-7

En el desierto árido del éxodo Dios hace brotar de la peña el agua viva sin la cual el pueblo moriría de sed. Este signo del poder del Señor y de su presencia en medio de los suyos se nos recuerda para ponernos en guardia frente a la falta de fe y confianza en el único que puede apagar nuestra sed.

SALMO

Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9(R.: 8)

R.
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»


Él es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo. La fe se pone a prueba en el desierto, donde parece qu el Señor está ausente.

SEGUNDA LECTURA

El amor ha sido derramado en nosotros con el Espíritu que se nos ha dado.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8

Justificados ya por la fe, apoyados en la esperanza que da el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado, estamos embarcados, bajo la guía del Señor muerto y resucitado, en un éxodo definitivo, que va del mundo de la gracia a la gloria de Dios.

EVANGELIO

Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42

Jesús es de verdad el Salvador del mundo, el Mesías prometido; no tenemos que esperar a otro. A este descubrimiento, que a veces ni siquiera uno mismo espera, y menos los demás, con frecuencia sólo se llega al final de un largo y trabajoso itinerario. El evangelio de la samaritana lo muestra de forma conmovedora. Sería una equivocación leerlo simplemente como un relato edificante de lo que le pasó un día a una mujer a la que nada parecía disponerla al encuentro con el Señor. Por el contrario, hay que meditarlo sin cesar, en todas las edades de la vida y de la fe. Cada uno, tal como es, con sus interrogantes, sus dudas, su pecado, se ve empujado progresivamente a entrar dentro de sí mismo y desear el agua que salta hasta la vida eterna. Un vez que ha encontrado al Señor, que es el único que puede darla, uno no podrá dejar de ir a compartir con los suyos, abandonando el cántaro ya inútil, el maravilloso descubrimiento, para que también ellos, a su vez, vayan personalmente a encontrarse con el Señor que se encuentra sentado junto al manantial.

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