lunes, 4 de julio de 2011

10/07/2011 - 15º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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10 de julio de 2011

15º domingo Tiempo ordinario (A)


Comienza hoy la lectura íntegra del «discurso en parábolas», que se prolongará durante tres domingos consecutivos. Como introducción a esta unidad litúrgica, será difícil encontrar nada mejor que el texto de Isaías que se propone hoy.
Las palabras humanas son a menudo vanas e inconsistentes, no siempre comprometen a quien las pronuncia y, aun cuando sean veraces, pocas veces resisten la prueba del tiempo. En fin, entre el dicho y el hecho la distancia es grande, incluso infranqueable. No ocurre lo mismo con la palabra de Dios, que revela y actúa, es verdad y eficacia. Isaías insiste en esta última característica.
Esta es también la enseñanza fundamental de la parábola de la semilla, la primera de las que recoge san Mateo, y que sitúa a la Iglesia y a los cristianos frente a su responsabilidad ante la palabra de Dios, comparada con una semilla de calidad sin igual, sembrada generosamente en la tierra.
El crecimiento y la maduración de este grano maravilloso dependen del valor del terreno que lo recibe, es decir, del modo como cada uno acoge y pone en práctica la palabra sembrada en él. Esto exige un serio trabajo previo de desbroce y una vigilancia constante para que «el Maligno» no la robe ni la ahoguen las zarzas abundantes. Porque Dios, el divino Sembrador, respeta la libertad de sus criaturas y quiere asociarlas al fruto de la siembra. Siembra la buena semilla en abundancia, porque ninguna porción de su terreno debe quedar definitivamente abandonada como no apta para la siembra y dejada de lado como baldía. A todas les da su oportunidad o, mejor dicho, su gracia. Infinitamente paciente, da tiempo al tiempo. Confiado, espera hasta el último día para que las tierras más áridas, los corazones de piedra, acaben abriéndose a la Palabra. Todos los que, de un modo u otro, trabajan por el advenimiento del Reino han de actuar del mismo modo.
Como dice san Pablo, estamos viviendo algo así como el momento de un parto doloroso para el hombre y para la creación entera. Pero se acerca el día en que se manifestará su gloria junto con la de Cristo resucitado. Esta certeza hace apreciar en su justo valor «los sufrimientos de ahora».

PRIMERA LECTURA

La lluvia hace germinar la tierra.

Lectura del libro de Isaías 55, 10-11

Para bien y para mal, la palabra humana tiene inmensas posibilidades. Pero sólo la palabra de Dios tiene, por s misma, eficacia creadora.

SALMO

Salmo 64, 10. 11. 12-13. 14 (R.: Lc 8, 8)

R.
La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Fecundidad de la tierra, abundancia de frutos: ¡poder del Creador fuerza de la Palabra!

SEGUNDA LECTURA

La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23

Desde su bautismo, el cristiano lleva «la marca del Espíritu», que «habita» en él y lo hará pasar de la muerte corporal a la vida eterna con Cristo (lectura del domingo pasado). Como la de todo hombre, su existencia se desenvuelve hoy en un mundo marcado por el sufrimiento; es la fase dolorosa de la Pascua del Señor Pero también para él vendrá el día de la resurrección gloriosa. Y la misma creación, que ha participado del destino doloroso del hombre, participará también de la liberación de su condición mortal.

Aleluya

Aleluya. Aleluya.
Dichoso el que escucha la Palabra y la entiende:
Producirá el ciento por uno. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo;
quien lo encuentra vive para siempre. Aleluya.

EVANGELIO

Salió el sembrador a sembrar.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23 (lectura breve 13, 1-9)

La insistencia en la responsabilidad de los que oyen la palabra se basa en el hecho de que la semilla que el Sembrador divino siembra en la tierra posee una fecundidad incuestionable. La parábola propone, además, otras dos lecciones. Por una parte, lejos de dejarse paralizar por la perspectiva de trabajar en vano, hay que seguir sembrando siempre, a manos llenas, la buena semilla, ya que terrenos hoy estériles podrían mañana convertirse en buena tierra. Por otra parte, no hay proporción alguna entre las pérdidas, los malos resultados imputables a la malevolencia del «Maligno» o a la aridez del terreno, y la maravillosa abundancia de frutos que produce la palabra caída en tierra bueno. Una seria advertencia para los oyentes de la predicación evangélica y, al mismo tiempo, una vigorosa llamada al valor, a la confianza y al optimismo de los sembradores de la palabra. Todos deben tener presente que se trata de los «secretos del reino de los cielos».

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