lunes, 1 de agosto de 2011

06/08/2011 - La Transfiguración del Señor (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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6 de agosto de 2011

La Transfiguración del Señor (A)

El origen de esta fiesta, celebrada desde el siglo IV por los monjes cristianos que vivían en el desierto, se sitúa en Oriente. El misterio de la Transfiguración ocupaba un lugar muy importante en su espiritualidad y en su mística. Efectivamente, se dedicaban a contemplar la gloria de Dios en el Señor transfigurado, llevando una vida unificada por la oración, en particular la invocación incesante del nombre de Jesús. La fiesta de la Transfiguración la celebraban desde el siglo X las Iglesias de la Península Ibérica, en particular la de Vich, en Cataluña, así como numerosas diócesis de Francia e Italia. Pedro el Venerable la instauró muy pronto en Cluny, de donde era abad (1122-1156), componiendo incluso todo un oficio para este día. El papa Calixto III (1455-1458), que había vivido mucho tiempo en la diócesis de Lérida, cercana a la de Vich, la introdujo en Roma, y en 1457 mandó que se celebrara en toda la Iglesia latina.
El segundo domingo de Cuaresma, la lectura del evangelio de la Transfiguración recuerda que la humillación y la Pasión de Cristo no deben considerarse ni celebrarse nunca olvidando que el Señor entró en la gloria a través de la muerte. La celebración del 6 de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (el 14 de septiembre), es totalmente una celebración pascual. Por otra parte, es desde la luz de la Pascua desde donde san Mateo, san Marcos y san Lucas contemplan el acontecimiento. El relato de cada uno de los evangelistas presenta acentos particulares por los que conviene no pasar de largo. Pero en todos ellos hay un fondo común. La Transfiguración del Señor se sitúa después de la confesión de Pedro en Cesarea y el primer anuncio de la Pasión. Y tiene por testigos a Pedro, a Santiago y a Juan, que son quienes presencian también el retorno a la vida de la hija de Jairo y se encuentran en Getsemaní en el momento de la agonía de Jesús.
En el bautismo somos recreados a imagen de Cristo (2Co 4,17). Después el hombre interior se renueva en nosotros día tras día, y las pruebas del tiempo presente preparan nuestra participación en la gloria del Señor transfigurado (2Co 4,17). La liturgia, y especialmente la eucaristía, sacramento pascual por excelencia, es su promesa y prenda que no cesa de ofrecérsenos.

PRIMERA LECTURA

Su vestido era blanco como nieve.

Lectura del libro de Daniel 7,9-10.13-14

En medio de la prueba, es necesario saber descubrir la cara oculta de los acontecimientos, o más bien volver la mirada hacia aquel a quien el autor del libro de Daniel describe «como un h0o de hombre». Este título misterioso evoca un personaje en quien y por quien todos los humillados y perseguidos tendrán parte en la gloria de Dios. El mismo Jesús se presentará a menudo como «el Hijo del hombre», que ha de sufrir mucho pero que será exaltado a la derecha de Dios, adonde conducirá a los que crean en él y lo sigan.

SALMO

Salmo 96, 1-2. 5-6 9 (R : cf. 9 ab)

R.
El Señor reina, altísimo sobre la tierra.

«Tiniebla y nube rodean» aún hoy la gloria del Señor Un día todos los pueblos lo verán en su pleno resplandor.

SEGUNDA LECTURA

Esta voz del cielo la oímos nosotros.

Lectura de la 2ª carta de Pedro 1,16-19

«Nosotros somos testigos oculares del Señor resucitado», dirán los apóstoles para acreditar su predicación. «Lo contemplamos en la montaña de la Transfiguración y oímos la voz traída del cielo», proclama el mismo Pedro. «Escuchad, pues, lo que os anunciamos. Nuestro mensaje viene de lo alto».

Aleluya Mt 17,5c

Aleluya. Aleluya.
¡Qué bien se está aquí!
Escuchemos la palabra del Hijo amado. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.
Escuchadlo. Aleluya.

EVANGELIO

Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9

Una serie de alusiones establece un notable paralelismo entre Jesús en la montaña de la Transfiguración y Moisés en el Sinaí. En ambos casos hay tres testigos (Ex 34,29; Mt 17,]). Al igual que el rostro de Moisés, el de Jesús irradia una luz resplandeciente (Ex 34,29; Mt 17,2). Aún más que a Moisés se ha de escuchar a Jesús (Dt 18,15; Mt 17,5). Porque él es el nuevo legislador; que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud (Mt 5,17). Moisés y los profetas, representados aquí por Elías, dan testimonio de él.

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