domingo, 4 de septiembre de 2011

11/09/2011 - 24º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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11 de septiembre de 2011


Confesión del pecado y de la misericordia de Dios, intercesión y acción de gracias, van siempre de la mano en la Biblia. Los salmos dan abundante testimonio de ello. Cuando se dirige a Dios para expresar su agradecimiento evocando los beneficios recibidos, para pedirle que los renueve, o para implorar su auxilio en la necesidad, el salmista se presenta siempre ante el Señor reconociéndose pecador. Pero no se presenta delante de él como un culpable abrumado por el peso de sus culpas, temblando ante la mirada acusadora de su señor irritado. El pecado es un acto de ingratitud hacia Alguien cuyo amor herido permanece intacto, pero siempre está dispuesto a perdonar a todo el que se acoge a su infinita ternura.
La experiencia renovada de esta conducta constante de Dios implica el deber de perdonar del mismo modo las ofensas que los otros nos infligen a nosotros.
Jesús recordó la equivalencia de los dos mandamientos del amor a Dios y el amor al prójimo. La llamada «ley del talión» tenía como finalidad impedir las represalias, las venganzas y los castigos desproporcionados al crimen cometido y al daño causado. Jesús va mucho más allá: manda amar incluso a los enemigos y orar por ellos. Los cristianos, deudores insolventes a los que Dios perdona sus deudas, deben perdonar constantemente y sin ningún tipo de cálculos: «setenta veces siete».
De ello depende la autenticidad de su pertenencia a Cristo, a la que se remiten, del culto que celebran, de su oración y, en fin, de su justicia ante Dios. Que el Espíritu, que hace de ellos una comunidad de hijos del Padre misericordioso, venga en ayuda de su debilidad. Entonces podrán decir con toda confianza, diariamente, y en el momento de recibir el cuerpo y la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, la oración que el mismo Señor nos enseñó: «Padre nuestro, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

PRIMERA LECTURA

Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.

Lectura del libro del Eclesiástico 27,33-28, 9

Es imposible apelar a Dios y a la alianza, obtener el perdón de los propios pecados, cuando uno mismo no es capaz de perdonar a los demás.

SALMO

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 (R.: 8)

R.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Dios no nos guarda nunca rencor por nuestras ofensas. Por su ternura, perdona siempre todas las culpas.

SEGUNDA LECTURA

En la vida y en la muerte somos del Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Valorar todo lo que nos ocurre, todo lo que tenemos que hacer en función de nuestra pertenencia a Cristo, es un principio que conlleva, sin duda, innumerables exigencias, pero que establece un clima de libertad que ninguna legislación moral puede crear.

Aleluya. Jn 13, 34

Aleluya. Aleluya.
Nuestro Padre del cielo
nos trata con paciencia y compasión.
Perdonemos como él: de corazón y sin rencor. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Os doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-:
que os améis unos a otros,
como yo os he amado. Aleluya.

EVANGELIO

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

Equivaliendo un denario a un jornal (Mt 20,2), y diez mil talentos a sesenta millones de denarios, queda claro el volumen de la deuda. La deuda que Dios perdona a los que invocan su misericordia es una deuda imposible de valorar y de saldar. Entonces ¿cómo es posible mostrarse duro y despiadado con los otros, que nos deben tan poco, y decir: «Perdona nuestras ofensas»?

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