lunes, 3 de octubre de 2011

09/10/2011 - 28º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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9 de octubre de 2011

28º domingo Tiempo ordinario (A)

A los profetas, y en particular a Isaías, les gusta comparar la felicidad de los elegidos a la de unos comensales reunidos por Dios para participar en un magnífico banquete. A primera vista, este modo de hablar podría resultar sorprendente: ¿acaso la felicidad celestial no es de un orden distinto al de las alegrías terrenas? Para entender esta comparación, basta remitirse al significado de la comida festiva tomada en su conjunto. La calidad de los alimentos y de los vinos tiene, sin duda, su importancia. Pero no se va a una comida ante todo, y menos aún exclusivamente, para saborear platos suculentos y degustar vinos de marca. La misma suntuosidad, aunque relativa, de un banquete expresa su carácter excepcional de fiesta y celebración. Se pretende honrar a los invitados, manifestarles la alegría de poder recibirlos. La comida de fiesta compartida es signo, casi se podría decir «sacramento», de la amistad compartida, de la comunión que une al anfitrión con sus invitados. Pues bien, dice Isaías, esto es lo que Dios nos tiene reservado: una intimidad infinitamente superior a todo lo que pueda imaginarse; una alegría sin igual e interminable. «Aquel día», en efecto, Dios «aniquilará la muerte para siempre» y tomaremos posesión de la anhelada salvación.
Retomando esta imagen bíblica tradicional, Jesús la amplía dándole dimensiones de historia de la salvación. El rey que invita evidentemente es Dios. En el hijo, cuyas bodas celebra, reconocemos a Jesús, el Señor, que ha «desposado» a la humanidad, asumiendo nuestra carne mortal, glorificada en su resurrección y su triunfo celestial. A este acontecimiento es al que estamos incesantemente invitados. Los servidores de Dios llevarán al universo entero la invitación que resuena desde los orígenes del mundo. Un día la sala del banquete se llenará de «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua» (Ap 7,9), que celebrará las bodas del Cordero (Ap 19), de las que la eucaristía es signo. Examinemos nuestra conciencia antes de entrar (cf iCo 11,28-29), para que cuando venga el Rey «a saludar a los comensales», nos encuentre vestidos con el «traje de fiesta».
Él, que, ya desde ahora, «provee a todas nuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús», nos colmará entonces más allá de toda esperanza. «A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos!».

PRIMERA LECTURA

Una mirada al día del cumplimiento de la obra de la salvación. El profeta lo evoca con imágenes tomadas de los fastos de una corte real: un banquete de inaudita suntuosidad, organizado y preparado por Dios «en su monte», lugar de su presencia, donde los justos de todos los pueblos estarán en el grupo de sus comensales, participarán de su vida.

El Señor preparará un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros.

Lectura del libro de Isaías 25, 6-10a

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones.
Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. -Lo ha dicho el Señor-.
Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»

Palabra de Dios.

SALMO

Variación sobre el tema del Dios-pastor en quien siempre se puede confiar: él guía, protege y coima de bienes a los suyos.

Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 6cd)

R Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R

Me gula por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R

SEGUNDA LECTURA

Los filipenses han aportado ayuda material a Pablo. Él la agradece, aunque sabe contentarse con poco. No lo dice por darse importancia, sino para invitar a los destinatarios de su carta a que confien también ellos en la magnificencia de Dios y le den gracias.

Todo lo puedo en aquel que me conforta.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 12-14. 19-20

Hermanos: Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación.
En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús.
A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

ALELUYA Cf. Ef. 1,17-18

Aleluya. Aleluya.
El Señor abre a todos
las puertas del banquete de su palabra. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
El Padre de nuestro Señor Jesucristo
ilumine los ojos de nuestro corazón,
para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. Aleluya.

EVANGELIO

Una parábola de la historia de la salvación, semejante a la de los viñadores homicidas. Desde el principio, Dios invita a todos los hombres a vivir en comunión con él. A pesar de la insistencia de sus enviados, algunos rechazan la invitación. Otros la aceptan y entran en la sala del banquete. Uno de ellos es expulsado, por haber entrado «sin vestirse de fiesta», sin revestirse de Cristo, «el hombre nuevo», como dice san Pablo (Rm 13,14; Ga 3,27; Ef 4,24). Para estar en el grupo de los elegidos, ¡hay que convertirse!

A todos los que encontréis, convidadlos a la boda.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
-«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran:
"Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.
"Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados:
"La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda."
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
"Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?"
El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros:
"Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes."
Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Palabra de Dios.

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