lunes, 26 de diciembre de 2011

30/12/2011 - La Sagrada Familia Jesús María y José (B)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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30 de diciembre de 2011

La Sagrada Familia Jesús María y José (B)


 
Desde el siglo XVII se habían venido constituyendo en diversos países de Occidente «asociaciones de la Sagrada Familia». En 1893, al darles un estatuto común, León XIII les concedió la celebración de una fiesta de la Sagrada Familia, fijada el tercer domingo después de Epifanía. En 1914, Benedicto XV la trasladó al 19 de enero, y más tarde, en 1921, al extenderla a toda la Iglesia de rito latino, la pasó al primer domingo después de la Epifanía. Finalmente, en 1969, el calendario romano publicado por Pablo VI, conforme a los decretos del Vaticano II, le confirió el emplazamiento actual.
Aunque en el origen de su institución influyeran razones pastorales y de espiritualidad familiar, la fiesta de la Sagrada Familia es ante todo una celebración del misterio de la Encarnación, del que destaca un aspecto bien concreto.
El Hijo de Dios ha nacido como los demás, después de haber estado en el seno de una mujer y haberse formado en él como los demás niños. Durante los años de lo que se conoce como su «vida oculta», los más largos de su existencia terrena, Jesús fue creciendo al ritmo de los otros niños y en condiciones similares a las suyas, en una familia que aparentemente en nada se distinguía de las demás. Recibió de sus padres y de su entorno una educación comparable, en todos los aspectos y terrenos, a la del resto de los jóvenes de Nazaret. Con ellos aprendió, a partir de sus primeros balbuceos, las palabras de la lengua en la que más tarde habría de anunciar la Buena Noticia y revelar los secretos del Padre. Como los otros niños, fue aprendiendo progresivamente y por propia experiencia las dificultades y alegrías de la vida cotidiana, de las que dan testimonio de manera especial los ejemplos y comparaciones recogidos en las parábolas. A la escuela de sus padres y observando su entorno, fue ponderando el valor humano y el peso de eternidad de las cosas más simples, aparentemente insignificantes o triviales. Y las fue santificando antes de enseñar que la fidelidad con que se asumen tendrá su recompensa más allá de todo mérito.

PRIMERA LECTURA

«Honrar» al padre y a la madre debería ser algo espontáneo. Sin embargo Dios lo ha convertido en un deber religioso inscrito en el decálogo. La «honra» que se les da remonta hasta Dios, que ha sido quien les ha dado el poder y la responsabilidad de transmitir la vida, de la que él es fuente.

El que teme al Señor honra a sus padres

Lectura del libro del Eclesiástico Si 3,2-6.12-14

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha.
Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.
Palabra de Dios.

O bien.

Envejecer sin haber visto cumplida la alegría legítima de dar a luz un hijo; ver como se acerca el día de la partida sin haber dejado descendencia: dura prueba la esterilidad para una pareja que ha contado siempre con la bendición de Dios. Por haber creído contra toda esperanza. Abrahán se convirtió en padre de la descendencia innumerable de los que, emprendiendo la aventura de la fe, han caminado al encuentro de Cristo.

Te heredará uno salido de tus entrañas

Lectura del libro del Génesis 15,1-6; 21,1-3

En aquellos días, Abrán recibió la palabra del Señor:
- No temas, Abrán, yo soy tu escudo, y tu paga será abundante.
Abrán contestó:
- Señor, ¿de qué me sirven tus dones, si soy estéril, y Eliezer de Damasco será el amo de mi casa?
Y añadió:
- No me has dado hijos, y un criado de casa me heredará.
La palabra del Señor le respondió:
- No te heredará ése, sino uno salido de tus entrañas.
Y el Señor lo sacó afuera y le dijo:
- Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.
Y añadió:
- Así será tu descendencia.
Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber.
El Señor se fijó en Sara, como lo había dicho; el Señor cumplió a Sara lo que le había prometido. Ella concibió y dio a luz un hijo a Abrán, ya viejo, en el tiempo que había dicho. Abrán llamó al hijo que le había nacido, que le había dado Sara, Isaac.
Palabra de Dios.


SALMO

La felicidad sencilla en el seno de la familia, que es santuario de Dios y célula de la Iglesia.

Salmo 127, 1-2. 3. 4-5

R
Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R

Ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R

O bien.

Pueblo de la Alianza eterna, heredera de las promesas; familia del Padre que renueva sin cesar sus maravillas: Iglesia del Señor, alegrate.

Salmo 104, 1b-2. 3-4. 5-6. 8-9

R
El Señor es nuestro Dios, se acuerda de su alianza eternamente.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R

Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido! R

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R

SEGUNDA LECTURA

El ideal de la familia cristiana: vivir en unidad y en amor compartido. Como hijos del mismo Padre que os ha perdonado, «haced vosotros lo mismo».

La vida de familia vivida en el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.
Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.
Palabra de Dios.

O bien.

Puesto a prueba en tres situaciones decisivas, Abrahán caminó en la noche de la fe hacia la tierra de los vivos, «como si viera lo invisible». Y tuvo una descendencia más numerosa que las estrellas del cielo: la inmensa familia de los creyentes de todas las épocas.

Fe de Abrahán, de Sara y de Isaac.

Lectura de la carta a los Hebreos 11,8. 11-12. 17-19

Hermanos:
Por fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba.
Por fe, también Sara, cuando ya le había pasado la edad, obtuvo fuerza para fundar un linaje, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía. Y así, de uno solo y, en este aspecto, ya extinguido, nacieron hijos numerosos como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.
Por fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac; y era su hijo único lo que ofrecía, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia».
Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos. Y así, recobró a Isaac como figura del futuro.
Palabra de Dios.

ALELUYA Hb 1,1-2

Aleluya, aleluya.
Hijo de Dios nacido entre los hombres, Jesucristo,
de los pueblos, bendito seas. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
En distintas ocasiones habló Dios antiguamente
a nuestros padres por los profetas.
Ahora, en esta etapa final,
nos ha hablado por el Hijo. Aleluya.

EVANGELIO

Los padres de Jesús lo llevan al templo y lo ofrecen al Señor, de acuerdo con las prescripciones de la ley: el Niño-Dios está ya en condiciones de entregarse al cumplimiento de la voluntad de su Padre. Dos ancianos, satisfechos en sus esperanzas de salvación, profetizan. María y José, en el claroscuro de su fe, van de sorpresa en sorpresa.

El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
- «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:
- «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
Palabra de Dios.

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