lunes, 29 de agosto de 2011

04/09/2011 - 23º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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4 de septiembre de 2011

23º domingo Tiempo ordinario (A)

Desde que el pecado se introdujo en el mundo, Dios intenta reunir un pueblo santo. Multiplica las iniciativas para incitar a los hombres a que lo busquen y lo encuentren, reanudando los vínculos de una amistad siempre ofrecida. Su ley indica el camino del encuentro.
En su gran misericordia, Dios viene en ayuda de todos los hombres: «por los profetas los fuiste llevando con la esperanza de salvación» (Plegaria eucarística IV). Pone como «atalayas» a estos enviados, encargados de poner en guardia a los que se adentran por caminos que conducen a la muerte y de urgir a los extraviados para que vuelvan al camino recto. ¡Difícil misión! Es cierto que cada cual es responsable de sus decisiones y sólo puede achacarse a sí mismo las consecuencias que se deriven de ellas. Pero si el profeta no advierte al «malvado» del peligro mortal que corre, Dios pedirá cuentas a este «atalaya» negligente o pusilánime. Ezequiel no encuentra palabras suficientemente duras para condenar a los profetas que «siguen su propio espíritu y no ven nada» (Ez 13,3), y que extravían al pueblo. Más tarde también Jesús denunciará, con igual vigor, a los «guías ciegos» (Mt 15,14).
Sin embargo, no hay que descargar sobre los profetas reconocidos o sobre los dirigentes oficiales toda la responsabilidad personal de los miembros de la comunidad. Todos han de trabajar para que los descarriados vuelvan al buen camino. Con tacto y humildad, remitiéndose a las reglas recogidas por san Mateo en lo que suele llamarse el «discurso eclesiástico» o «comunitario», por ser una especie de antología de los principios que deben regir la vida cotidiana de las comunidades cristianas. Este domingo se lee el pasaje que se refiere al modo de comportarse con los hermanos que notoriamente han cometido un pecado.
«Amar es cumplir la ley entera». Se trata de un deber que nunca se cumple del todo. Por eso no se puede abandonar a su suerte a los pecadores. La Iglesia llega a veces a la excomunión, cuando todos los demás medios han sido inútiles. La oración de la comunidad no sólo debe seguir arropando a los hermanos que se han visto afectados por esta medida extrema, sino que ha de hacerse aún más intensa. Que la misericordia de Dios, que se pide al comienzo de cada celebración eucarística, los haga volver al buen camino.

PRIMERA LECTURA

Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre.

Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9

El profeta es una atalaya (Ez 3,17) que debe transmitir fielmente y sin cansarse las advertencias de Dios, que exhorta a su pueblo a la conversión, so pena de ser castigado por no haber puesto en guardia al que estaba en peligro de muerte.

SALMO

Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9 (R.: 8)

R.
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»


¿Cómo no escuchar con alegría la palabra de Dios que nos llama a la conversión?

SEGUNDA LECTURA

Amar es cumplir la ley entera.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10

El legalismo religioso no tiene en cuenta que todos los mandamientos están orientados al amor criterio último de todo comportamiento conforme a la voluntad de Dios.

Aleluya. 2 Cor. 5, 19

Aleluya. Aleluya.
Estamos reunidos en el nombre del Señor
El está en medio de nosotros:
que abra nuestros corazones a su palabra
de amor y perdón. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo,
y a nosotros nos ha confiado
la palabra de la reconciliación. Aleluya.

EVANGELIO

Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

No se puede abandonar a su suerte a los hermanos que viven en pecado. La caridad exige que nos esforcemos en procurar que se enmienden; es lo que se llama el deber de «la corrección fraterna», que requiere tacto y humildad, pues no se trata de juzgar ni condenar a culpables. La misma exclusión de la comunidad está inspirada en la caridad, ya que va acompañada por la oración insistente de la comunidad al Señor Sólo Él puede convertir los corazones. Que Él atraiga de nuevo a sí a los que se han extraviado.

lunes, 22 de agosto de 2011

28/08/2011 - 22º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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28 de agosto de 2011

22º domingo Tiempo ordinario (A)


El profeta, como portavoz de Dios, transmite sus oráculos, sus juicios sobre la conducta de los hombres y sus llamadas a la conversión. Su visión de las cosas hace percibir su significado y su alcance. Presiente el futuro que Dios tiene proyectado, y lo prepara. Por eso se encuentra a menudo en la obligación de oponerse al orden establecido, cuyos fallos y deficiencias señala sin ambages. Se podría tolerar que dijera: «¡Lo que hacéis está mal!». Pero es que cuestiona continuamente la situación: «¡No penséis que podéis seguir así, que no hay nada mejor que hacer!». Unos no soportan que denuncie públicamente su mal comportamiento, y menos aún sus intenciones ocultas, más o menos perversas. Otros querrían que los dejara en paz, que se conformara, como todo el mundo, con su buena voluntad. El profeta molesta, pero él mismo se encuentra en una situación desgarradora, por encima de sus fuerzas, como testimonia Jeremías de forma patética. No imaginaba que su misión sería tan dolorosa. La tentación de eludirla es grande. Pero resulta imposible sustraerse a la «seducción» de Dios, al fuego animador del Espíritu.
Jesús, como profeta, también fue objeto de burlas y malévolas hostilidades. Se pusieron en duda su rectitud de intención y la autenticidad de su misión. Llegaron a acusarlo de ser un agente de Satanás (Mt 9,34) y lo mataron. Como Jeremías, pidió que, si era posible, se apartara de él el cáliz de sus sufrimientos (Mt 26,38), y en la cruz brotó de sus labios el grito del justo al borde de la desesperación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Sal 21,2). Sin embargo, nada pudo lograr que se desviara de su misión, porque estaba indefectiblemente unido a la voluntad de Dios, su Padre (Mc 14,36), y tomó decididamente el camino hacia Jerusalén, sabiendo lo que allí le esperaba. Por eso, cuando Pedro, de buena fe pero comportándose como verdadero tentador, quiso disuadirlo, Jesús rechazó enérgicamente al apóstol, que no comprendía que lo que estaba en juego era nada menos que la salvación del mundo. Por consiguiente, también para los discípulos perder la vida es el único modo de salvarla.
Los discípulos celebran verdadera y auténticamente la eucaristía, memorial de la Pascua de Cristo, muerto y resucitado, en la medida en que hacen de su persona y de toda su existencia un «sacrificio santo» agradable a Dios.

PRIMERA LECTURA

La palabra del Señor se volvió oprobio para mí.

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9

Nombrado portavoz de Dios sin que él se lo buscara, deseando verse libre de un ministerio que lo expone sin cesar a hostilidades y persecuciones, y, a pesar de todo, fiel a los difíciles compromisos de su misión: así fue el profeta Jeremías, que, por su obediencia a la voluntad divina, es una figura conmovedora de Cristo, el Siervo de Dios que «se sometió incluso a la muerte» (Flp 2,6-13).

SALMO

Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: 2b)

R.
Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Dios se manifiesta a quien lo busca. Sale al encuentro de quien clama a él, lo reconforta e. incluso en la prueba, pone la alegría en el fondo de su corazón. R.

SEGUNDA LECTURA

Presentad vuestros cuerpos como hostia viva.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12, 1-2

Si se da algún tipo de disonancia entre el culto y las formas concretas de comportamiento en la vida ordinaria, la práctica religiosa tenderá al formalismo Y la moral degenerará en moralismo. Dios no puede aceptar esto, que, además, escandaliza a la gente.

Aleluya. Cf. Ef 1, 17-18

Aleluya. Aleluya.
Si uno quiere salvar su vida, la perderá;
Pero el que la pierda por Cristo
la encontrará. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
El Padre de nuestro Señor Jesucristo
ilumine los ojos de nuestro corazón,
para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. Aleluya.

EVANGELIO

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

Pedro, «roca» sobre la que Jesús ha edificado su Iglesia, se hace «piedra de tropiezo» en su camino. Incluso para la fe más decidida, la cruz de Cristo y la renuncia que se exige a sus discípulos siguen siendo difíciles de admitir Pero ¿Cómo participar de la gloria del Padre, sino siguiendo a Jesús por el camino de la Pascua de muerte y resurrección?

lunes, 15 de agosto de 2011

21/08/2011 - 21º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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21 de agosto de 2011

21º domingo Tiempo ordinario (A)


La destitución de un oscuro mayordomo del palacio de Ezequías, rey de Judá en el siglo VIII antes de Cristo, se habría olvidado, sin duda, sin el oráculo de Isaías. Dios espera de los ministros propuestos para el gobierno de su pueblo que ejerzan su autoridad según sus instrucciones. Aparta a los que no actúan de acuerdo con su voluntad. Pero no renuncia a su plan de salvación ni se arrepiente de sus promesas. La destitución del gobernador Sobná es, incluso, ocasión para el anuncio de una nueva iniciativa divina que será decisiva. Como siempre, esta profecía se recuerda en la liturgia para mostrar cómo ese acontecimiento se sitúa dentro de la continuidad de la historia de la salvación. En concreto, especialmente durante el tiempo ordinario, la primera lectura y el evangelio constituyen como dos hojas de un díptico. La venida de Jesús da plenitud, más allá de toda esperanza, a las promesas hechas en otro tiempo a David (Sal 109). Dios ha suscitado en medio de su pueblo un siervo perfecta- mente fiel a su voluntad, «como un clavo en sitio firme».
Cuando aparece «Jesucristo, hijo de David» (Mt 1,1), muchos, viendo sus obras, presienten que él es el enviado prometido en otro tiempo por Dios; pero se preguntan por su verdadera identidad: ¿Juan Bautista?, ¿Elías?, ¿Jeremías?, ¿uno de los profetas? Jesús pide a sus discípulos que se pronuncien: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro, en nombre de todos, declara sin vacilar: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Tal profesión de fe no puede venir sino de una revelación del Padre: «Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!». Sabiendo que debe volver a su Padre, Jesús lo nombra entonces intendente suyo para guiar a la Iglesia, a la que «el poder del infierno» no derrotará. Le da «las llaves del reino de los cielos». Pedro las usa por primera vez para abrir las puertas a los paganos. Comprendiendo que «Dios no hace distinciones» entre los hombres, anuncia el Evangelio en casa de Cornelio. El Espíritu interviene entonces para confirmar su iniciativa, y Pedro manda bautizar a estos creyentes inesperados (Hch 10). Más tarde, por impulso suyo, los paganos conversos quedarán exentos de ciertas obligaciones de la Ley (Hch 15,5-25).
Dios confía en seres débiles para llevar a cabo sus insondables decisiones. «A él la gloria por los siglos», por medio de su Hijo, piedra angular de la Iglesia.

PRIMERA LECTURA

Colgaré de su hombro la llave del palacio de David.

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23

Para guiar a su pueblo, Dios recurre a «intendentes»: las llaves son el signo de la autoridad que delega en ellos. A Cristo le corresponden por ser Hijo (Ap 3,7), como canta una antífona del tiempo de Adviento (20 de diciembre): «Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel». Y se las ha confiado a Pedro.

SALMO

Salmo 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y 8bc (R.: 8bc)

R.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.


Que Dios no detenga la obra de sus manos. Los humildes, de los que él es la fuerza, le darán gracias.

SEGUNDA LECTURA

Él es el origen, guía y meta de] universo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36

¿ Qué decir ante la sabiduría y la ciencia insondables de Dios sino palabras de adoración y alabanza?

Aleluya. Mt 16, 18

Aleluya. Aleluya.
Dichoso el apóstol Pedro,
que reconoció en Jesús al Hijo de Dios vivo,
y recibió del Señor las llaves del reino. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y el poder del infierno no la derrotará. Aleluya.

EVANGELIO

Tu eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

Antes de investirlo para ser sólido fundamento de la Iglesia, el Señor le pide a Pedro que confiese públicamente su fe (es lo que se sigue haciendo antes de administrar un sacramento). Como la de «la gente sencilla», la fe del apóstol suscita la admiración y la acción de gracias de Jesús (Mt 11,25-26). En cuanto al «poder de las llaves», se le otorga a Simón para el servicio de la Iglesia, salvaguardada por el mismo Señor del «poder del infierno».

domingo, 7 de agosto de 2011

15/08/2011 - La Asunción de la Virgen María (A)

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15 de agosto de 2011

La Asunción de la Virgen María (A)


El culto a los mártires y a los confesores de la fe se introdujo muy pronto en las ancestrales costumbres de veneración a los antepasados y a su memoria. El culto a la Virgen María nació más tarde, debido a la discreción de los evangelios sobre ella. Su papel parece haber terminado una vez que trajo al mundo a su hijo y completó su primera educación. Efectivamente, después de Pentecostés las Escrituras no dicen nada de ella. Sin embargo, no está ausente de la piedad cristiana antigua. La oración Sub tuum praesidium, «Bajo tu protección nos acogemos», se remonta al siglo III. Pero fue el concilio de Éfeso (431) el que dio impulso a la devoción mariana, al decretar que María es verdaderamente «madre de Dios», Theotokos en griego. Desde entonces se le dedicaron numerosas iglesias, empezando por Santa María la Mayor, construida en Roma por el papa Sixto III (43 2-440).
El origen de la fiesta de la Asunción es más oscuro. No lejos de Jerusalén, la leyenda señalaba un lugar llamado Koinesis («acto de recostarse para descansar» o «muerte»). Hacia finales del siglo V. el 15 de agosto se celebraba ya una fiesta en la basílica edificada en Getsemaní, donde se suponía que se encontraba la tumba de la Virgen. Se trataba, pues, de la «Dormición» de la Madre de Dios, y no de su entrada en la gloria. El emperador Mauricio (539-602) la impuso a todo el Imperio de Oriente. En Roma, a partir del siglo VI, se encuentra una fiesta mariana el 1 de enero. Hacia el año 660 se introdujo la fecha del 15 de agosto, que, bajo el pontificado de Sergio, de origen sirio (687-702), se llama «la Dormición». El término «Asunción» aparece hacia el 770. Con espíritu abierto, la Santa Sede se ha conformado con tutelar la expresión litúrgica de la piedad mariana: el «calendario romano» en uso hasta el 1 de enero de 1970, contaba al menos con diecinueve fiestas de la Virgen. Con la definición de los dogmas de la Inmaculada Concepción por Pío IX (8 de diciembre de 1854), y de la Asunción por Pío XII (1 de noviembre de 1950), el magisterio romano se comprometió de forma más decisiva. El misal de Pablo VI (1969) ha integrado claramente las fiestas de la Virgen, y en particular la de la Asunción, en la dinámica del misterio de la salvación, objeto primordial de la fe cristiana y de la liturgia. María, sierva perfecta del Señor y madre de Dios, la primera salvada, ha sido también la primera asociada a la gloria de su Hijo.

PRIMERA LECTURA

Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal.

Lectura del libro del Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab

Dos imágenes se superponen en esta visión. Por una parte, la de la mujer que da a luz, con miedo y con dolor a un niño amenazado por el poder extraordinario de un terrible dragón. Se refiere a la Iglesia, cuyos hijos han de temer siempre los asaltos del Enemigo, que busca su perdición. Por Otra parte, la de la mujer madre del pastor que preserva a los suyos de todo peligro. Se refiere entonces a María, sobre quien el mal no hizo mella alguna y que trajo al mundo al Salvador Pero las dos visiones misteriosas se funden y difuminan para dejar paso a la gloria de Dios y de su Cristo, hacia quien se eleva una vibrante acción de gracias.

SALMO

Salmo 44, 9. 10-11. 15 (R: 9b)

R.
De pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.


Poema para la entrada de María en el palacio de su Señor.

SEGUNDA LECTURA

Primero Cristo como primicia; después todos los que son de Cristo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15,20-27a

Cada uno en el lugar que le corresponda, todos resucitarán, porque Cristo cabeza de la humanidad nueva, y resucitado de entre los muertos, abrió el camino de la vida que no acaba. Lo que hoy es objeto de fe y esperanza aparecerá un día a plena luz.

Aleluya

Aleluya. Aleluya
Hoy el Señor se ha acordado de su misericordia.
Ha mirado la humillación de su esclava.
Todas las generaciones la felicitan. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
María ha sido llevada al cielo,
se alegra el ejercito de los ángeles. Aleluya.

EVANGELIO

El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,39-56

No hay nada de anecdótico en el relato del encuentro de María con su prima, de quienes, no obstante, se dice que permanecieron juntas «unos tres meses». Tampoco el evangelista hace ningún comentario. Basta el saludo que Isabel dirige a la Madre de Dios y el cántico que se eleva del corazón de la humilde esclava del Señor Todas las generaciones felicitan a María, la proclaman ben- dita entre las mujeres, y nunca se cansan de dirigirse a ella pidiéndole que permanezca cerca de ellos y que interceda ante su Hijo por las pecadores, acordándose de su misericordia. La Iglesia puede entonar también su «magníficat», dando gracias por las «obras grandes» que el Espíritu Santo no cesa de realizar en favor de los creyentes.

lunes, 1 de agosto de 2011

14/08/2011 - 20º domingo Tiempo ordinario (A)

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14 de agosto de 2011

20º domingo Tiempo ordinario (A)

Los profetas habían anunciado que Dios acogería a los extranjeros que subieran a su monte santo para adorarlo. Su casa sería «casa de oración para todos los pueblos». Un día fue su Hijo quien vino al mundo. Jesús sembró a manos llenas la buena semilla de la Palabra. Curó a todos los enfermos que le presentaban, incluso al hijo de un funcionario real. Llamó al publicano Mateo, comió con los pecadores y multiplicó los panes para la multitud. Pero no salió de los estrechos límites de su país. No obstante, en algunas ocasiones estuvo en los límites del mundo pagano.
En una ocasión una mujer acudió de estas regiones para suplicarle que curara a su hija. «Hay que hacerle caso para que deje de gritar», decían los discípulos. «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», fue la respuesta de Jesús. Como si no hubiera oído, la cananea «se postra» y dice: «Señor, socórreme». Es la actitud y la manera de orar que, según san Mateo, conviene a los discípulos. Sin embargo, Jesús empieza declarando que no puede atender una petición procedente de una pagana, y lo hace en términos bastante despectivos. Pero, sin duda, el tono de su voz suavizaba su dureza. En cualquier caso, esta respuesta de Jesús hace pensar en la que dio a su madre cuando, en las bodas de Caná, le pedía que interviniera porque el vino empezaba a faltar: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). En este caso es el tiempo de la misión entre los paganos lo que todavía no ha llegado. Adelantarlo sería como quitarles a los hijos el pan antes de que se hubieran saciado. Es algo que la cananea entiende. Ella no reclama ningún privilegio. Al igual que María, se pone en manos del Señor. Que Jesús le dé sólo las migajas que caen de la mesa de los amos. Y, como María, obtiene lo que pide.
Ahora ya no hay fronteras. El evangelio se predica en todas partes. Todos tienen libre acceso a la mesa de los hijos. Es una gracia, y no un derecho que pueda reclamarse o conservarse como privilegio. Pero no basta saberlo, o proclamarlo con palabras o en la oración universal de los fieles. Hay que traducir esta certeza en los comportamientos de la vida diaria y en la celebración litúrgica. La acogida del extranjero, el lugar que se le otorga en las relaciones ordinarias y en las asambleas litúrgicas, ponen a prueba la autenticidad de una fe, de un espíritu y de un corazón verdaderamente católicos.

PRIMERA LECTURA

A los extranjeros los traeré a mi monte santo.

Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7

Dios acogerá en su «casa» a todos los que acepten su alianza y sus leyes. Este ecumenismo, querido por Dios, es fruto de una comunidad fuertemente arraigada en su fe y que vive decididamente en conformidad con la voluntad del Señor.

SALMO

Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 4)

R.
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.


Una oración de dimensiones universales: que todos los pueblos encuentren los caminos del Dios verdadero, que lo bendigan y acepten la salvación. R.

SEGUNDA LECTURA

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11 13-15. 29-32

Como obsesionado por el rechazo y la oposición de «los de su raza» al evangelio, san Pablo quiere que los paganos, de los que él es el apóstol, compartan su esperanza. Nadie sabe cuándo ni cómo acogerán las promesas los primeros destinatarios de ellas. Pero hay que tener por cierto que «los dones y la llamada de Dios son irrevocables», y que la misericordia divina sigue ofreciéndose, y seguirá ofreciéndose siempre, a todos.

Aleluya Mt 4, 23

Aleluya. Aleluya
Cristo ha venido a curar y a salvar
a todos los que acuden a él gritando,
Dichoso quien pone en él su fe. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
Jesús proclamaba el Evangelio del reino,
curando las dolencias del pueblo. Aleluya.

EVANGELIO

Mujer, qué grande es tu fe

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

«Tiro y Sidón» es una expresión con la que se designa a las naciones paganos. La misión de Jesús no abarca estos territorios. Pero no puede dejar de escuchar la plegaria insistente hecha con una fe ejemplar por una mujer venida de estos territorios. La cananea del evangelio aparece como un prototipo de los creyentes que vendrán del paganismo. Como auténtica discípula, se postra ante de Jesús y le suplica diciendo: «Señor, socórreme», «Kyrie, eleison».

07/08/2011 - 19º domingo Tiempo ordinario (A)

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7 de agosto de 2011

19º domingo Tiempo ordinario (A)

En los evangelios, el relato de la multiplicación de los panes y el de la tempestad calmada constituyen una especie de díptico. En ambas hojas Jesús aparece en primer plano. En una de ellas entrega a los discípulos el pan multiplicado para que lo distribuyan a la gente.
En la otra va hacia ellos caminando sobre las aguas, en medio de una tempestad que pone en peligro la barca a la que él les ha «apremiado» a subir para ir «a la otra orilla» del lago. La tradición ha visto en esta barca sacudida por las olas, pero salvada por el Señor del naufragio, una imagen de la Iglesia que boga, contra viento y marea, hacia la orilla a la que el Resucitado se le ha adelantado. La multitud de los que siguen al Señor hasta el despoblado recibe de su mano el pan que sacia toda hambre. Los discípulos, que se esfuerzan por acudir a la cita con el Señor, tienen la impresión de que la barca va a zozobrar. «¡Tened confianza! Las tempestades pueden sacudir la barca, pero no la hundirán», les dice el Señor.
El relato de san Mateo incluye otros elementos que amplían y precisan esta interpretación. La reacción de los discípulos y la de Pedro hacen pensar en las primeras apariciones pascuales. Cuando el Resucitado se presenta ante ellos, los discípulos también creen ver un fantasma. Entonces, corno en esta ocasión, el Señor se dirige a ellos tranquilizándolos: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!». Igualmente les reprocha su falta de fe y sus dudas. Finalmente, en las apariciones pascuales, lo mismo que en el lago, la escena acaba con una especie de liturgia. Los discípulos «se postran» ante el Señor y confiesan su fe: «¡Realmente eres Hijo de Dios!».
Sea cual sea su grado de vinculación al Señor, la experiencia de su presencia y de su proximidad a él, todo discípulo, del que Pedro aparece aquí como prototipo, pasa por momentos de duda y vacilación. Que en el momento en que empiece a perder pie, grite: «¡Señor, sálvame!». El Señor le tenderá la mano para que no se hunda. Que los titubeos de la fe no impidan participar en la liturgia, postrarse con los demás, con la Iglesia, para proclamar: «¡Realmente eres Hijo de Dios, el Señor!». «¡Tengo fe, pero dudo, ayúdame!» (Mc 9,24).
Y que, cuando el silencio de Dios nos desanime, escuchemos con atención: él sigue ahí, en el murmullo de una «brisa tenue».

PRIMERA LECTURA

Ponte de pie en el monte ante el Señor.

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a

Dios está presente en el silencio y la soledad. Esta experiencia de Elías en el Horeb (otro nombre del monte Sinaí donde el Señor se había revelado en medio del estruendo de los elementos desencadenados) reaviva el celo del profeta. Sale de la cueva donde se había refugiado, abatido por el desánimo, y va de nuevo a continuar su misión en medio del pueblo al que Dios lo ha enviado.

SALMO

Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 (R.: 8)

R.
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Si escucho con atención, oiré a Dios murmurar en mi corazón: misericordia, fidelidad, justicia, paz.

SEGUNDA LECTURA

Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5

El evangelio es rechazado por los que debieran haber sido los primeros en acogerlo. Esta idea atormenta a san Pablo. Pero él no pierde la confianza. Un día, los innumerables dones de Dios darán su fruto.

Aleluya Cf Sal 129,5

Aleluya. Aleluya.
Cuando estamos a punto de hundirnos,
tú nos salvas, Señor,
tú, que eres el Hijo de Dios. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
Espero en el Señor,
espero en su palabra. Aleluya.

EVANGELIO

Mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Con ocasión de la multiplicación de los panes los discípulos aprenden que pueden saciar el hambre de las masas si acuden al Señor con confianza. ¡Que las tempestades y los vientos contrarios que han de afrontar no los atemoricen ni los hagan vacilar en su fe! Alfinal de una travesía tal vez dura, arribarán, en la Iglesia, a la otra orilla, donde el Señor les había dado cita.

06/08/2011 - La Transfiguración del Señor (A)

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6 de agosto de 2011

La Transfiguración del Señor (A)

El origen de esta fiesta, celebrada desde el siglo IV por los monjes cristianos que vivían en el desierto, se sitúa en Oriente. El misterio de la Transfiguración ocupaba un lugar muy importante en su espiritualidad y en su mística. Efectivamente, se dedicaban a contemplar la gloria de Dios en el Señor transfigurado, llevando una vida unificada por la oración, en particular la invocación incesante del nombre de Jesús. La fiesta de la Transfiguración la celebraban desde el siglo X las Iglesias de la Península Ibérica, en particular la de Vich, en Cataluña, así como numerosas diócesis de Francia e Italia. Pedro el Venerable la instauró muy pronto en Cluny, de donde era abad (1122-1156), componiendo incluso todo un oficio para este día. El papa Calixto III (1455-1458), que había vivido mucho tiempo en la diócesis de Lérida, cercana a la de Vich, la introdujo en Roma, y en 1457 mandó que se celebrara en toda la Iglesia latina.
El segundo domingo de Cuaresma, la lectura del evangelio de la Transfiguración recuerda que la humillación y la Pasión de Cristo no deben considerarse ni celebrarse nunca olvidando que el Señor entró en la gloria a través de la muerte. La celebración del 6 de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (el 14 de septiembre), es totalmente una celebración pascual. Por otra parte, es desde la luz de la Pascua desde donde san Mateo, san Marcos y san Lucas contemplan el acontecimiento. El relato de cada uno de los evangelistas presenta acentos particulares por los que conviene no pasar de largo. Pero en todos ellos hay un fondo común. La Transfiguración del Señor se sitúa después de la confesión de Pedro en Cesarea y el primer anuncio de la Pasión. Y tiene por testigos a Pedro, a Santiago y a Juan, que son quienes presencian también el retorno a la vida de la hija de Jairo y se encuentran en Getsemaní en el momento de la agonía de Jesús.
En el bautismo somos recreados a imagen de Cristo (2Co 4,17). Después el hombre interior se renueva en nosotros día tras día, y las pruebas del tiempo presente preparan nuestra participación en la gloria del Señor transfigurado (2Co 4,17). La liturgia, y especialmente la eucaristía, sacramento pascual por excelencia, es su promesa y prenda que no cesa de ofrecérsenos.

PRIMERA LECTURA

Su vestido era blanco como nieve.

Lectura del libro de Daniel 7,9-10.13-14

En medio de la prueba, es necesario saber descubrir la cara oculta de los acontecimientos, o más bien volver la mirada hacia aquel a quien el autor del libro de Daniel describe «como un h0o de hombre». Este título misterioso evoca un personaje en quien y por quien todos los humillados y perseguidos tendrán parte en la gloria de Dios. El mismo Jesús se presentará a menudo como «el Hijo del hombre», que ha de sufrir mucho pero que será exaltado a la derecha de Dios, adonde conducirá a los que crean en él y lo sigan.

SALMO

Salmo 96, 1-2. 5-6 9 (R : cf. 9 ab)

R.
El Señor reina, altísimo sobre la tierra.

«Tiniebla y nube rodean» aún hoy la gloria del Señor Un día todos los pueblos lo verán en su pleno resplandor.

SEGUNDA LECTURA

Esta voz del cielo la oímos nosotros.

Lectura de la 2ª carta de Pedro 1,16-19

«Nosotros somos testigos oculares del Señor resucitado», dirán los apóstoles para acreditar su predicación. «Lo contemplamos en la montaña de la Transfiguración y oímos la voz traída del cielo», proclama el mismo Pedro. «Escuchad, pues, lo que os anunciamos. Nuestro mensaje viene de lo alto».

Aleluya Mt 17,5c

Aleluya. Aleluya.
¡Qué bien se está aquí!
Escuchemos la palabra del Hijo amado. Aleluya.


Aleluya, aleluya.
Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.
Escuchadlo. Aleluya.

EVANGELIO

Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9

Una serie de alusiones establece un notable paralelismo entre Jesús en la montaña de la Transfiguración y Moisés en el Sinaí. En ambos casos hay tres testigos (Ex 34,29; Mt 17,]). Al igual que el rostro de Moisés, el de Jesús irradia una luz resplandeciente (Ex 34,29; Mt 17,2). Aún más que a Moisés se ha de escuchar a Jesús (Dt 18,15; Mt 17,5). Porque él es el nuevo legislador; que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud (Mt 5,17). Moisés y los profetas, representados aquí por Elías, dan testimonio de él.