lunes, 19 de marzo de 2012

25/03/2012 - 5º Domingo de Cuaresma (B)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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25 de marzo de 2012

5º Domingo de Cuaresma (B)



Una nueva Alianza no cuestionada continuamente por las fluctuaciones de la voluntad humana y las repetidas infidelidades de un pueblo inconstante; la ley escrita en los corazones y el reconocimiento del Señor concedido de una vez para siempre; el perdón definitivo del pecado: ni Jeremías, que fue el primero en recibir esta revelación, ni ningún otro profeta después de él podían imaginar cómo llegaría a realizarse una promesa así. Nosotros sabemos hoy que ha sido gracias a Jesucristo, el Hijo de Dios.
En su persona, Dios y el hombre se han unido indisolublemente, de manera total y para siempre. Como él dijo: «Yo y el Padre somos uno». Y en virtud de esta intimidad, Jesús, la Palabra hecha carne, tenía un conocimiento perfecto de Dios. Venido a este mundo para hacer la voluntad del que lo había enviado, se adhirió durante toda su vida al querer de su Padre: plenamente y con decisión, con palabras y obras, hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Todo esto lo ha hecho por nosotros. Él, el Hijo único que está en el seno del Padre, nos da a conocer a Dios, a quien nadie a visto jamás. Todos nosotros tenemos parte en su plenitud y hemos recibido gracia tras gracia (cf Jn 1,16-18). El es el jefe, «la cabeza» del pueblo de la Alianza nueva y eterna, sellada con su sangre derramada por todos nosotros, para el perdón de los pecados. Como grano de trigo caído en tierra, se ha convertido en árbol de vida cargado de frutos para nuestro alimento. La cruz en la que ha sido elevado se yergue ante nosotros, y no deja de oírse el eco de la voz venida del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».
Cuando Jesús dice: «Ahora va a ser juzgado el mundo», está diciendo dos cosas. Satanás, jefe de los que hacen el mal y se oponen a Dios, va a ser definitivamente «echado fuera». Por lo demás, la «hora» de Jesús, la hora de su muerte y glorificación, marca una línea divisoria. Todos han de ponerse de un lado o de otro: del lado de los que lo reconocen o del de los que se resisten a dejarse atraer por él, que, desde la cruz en la que ha sido elevado, mantiene siempre abiertos sus brazos.
El camino por el que nos conduce es ciertamente un camino de obediencia costosa. Pero con él desemboca, en la mañana radiante de la Pascua eterna.

PRIMERA LECTURA

Una Alianza nueva». Esta expresión, familiar para los cristianos, no aparece más que una sola vez en lo que llamamos el Antiguo Testamento: en el oráculo del profeta Jeremías que hoy se proclama. Se trata de una novedad absolutamente radical, y no ya de un restablecimiento de los vínculos rotos por el pecado; se trata del anuncio de una nueva etapa totalmente decisiva que inaugurará «los últimos tiempos». No se puede dejar de pensar aquí en la venida del Espíritu Santo.

Haré una alianza nueva, y no recordaré sus pecados.

Lectura del profeta Jeremías 31,31-34

Mirad que llegan días -oráculo del Señor-
en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá
una alianza nueva.
No como la que hice con vuestros padres,
cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto:
ellos, aunque yo era su Señor,
quebrantaron mi alianza -oráculo del Señor-.
Sino que así será la alianza que haré con ellos,
después de aquellos días -oráculo del Señor-:
Meteré mi ley en su pecho,
la escribiré en sus corazones;
yo seré su Dios
y ellos serán mi pueblo.
Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo,
el otro a su hermano, diciendo:
reconoce al Señor.
Porque todos me conocerán,
desde el pequeño al grande -oráculo del Señor-,
cuando perdone sus crímenes
y no recuerde sus pecados.

Palabra de Dios.

SALMO

Las palabras se suceden atropelladamente evocando lo que esperamos de Dios: que borre la culpa, lave el delito y limpie el pecado; que sostenga y afiance; que nos renueve con su Espíritu y nos devuelva la alegría de la salvación.

Salmo 50, 3-4. 12-13. 14-15

R
Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R

SEGUNDA LECTURA

Jesús «se ha entregado voluntariamente a su pasión». Pero no como un héroe impasible, sino como el Hijo que ha tenido que aprender a decirle a su Padre: «/Hágase tu voluntad!».

Aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido en autor de salvación eterna.

Lectura de la carta a los Hebreos 5,7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado.
Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Jn 12,26

Hijo de Dios,
grano de trigo caído en tierra,
tu muerte nos salva de la muerte.

El que quiera servirme,
que me siga —dice el Señor—,
y donde esté yo,
allí también estará mi servidor.

EVANGELIO

La «hora» de Jesús indica en el cuarto evangelio la Pascua del Señor, cumbre y clave de interpretación de toda su misión salvífica. Para esta hora ha venido: una hora temida, hora de agonía y, sin embargo, profundamente deseada por ser la hora del sacrificio perfecto de su obediencia al Padre, la hora de su glorificación, la hora en la que los mismos paganos reconocerán en él al Hijo de Dios. Mirar con fe al que ha sido traspasado es el camino de la salvación.

Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 12,20-33

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la Fiesta, había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:
- Señor, quisiéramos ver a Jesús.
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó:
- Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.
Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará.
Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora, Padre, glorifica tu nombre.
Entonces vino una voz del cielo:
- Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo:
- Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Palabra de Dios.

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