sábado, 19 de mayo de 2012

20/05/2012 - 7º domingo de Pascua - LA ASCENSION DEL SEÑOR (B)

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20 de mayo de 2012

7º domingo de Pascua - LA ASCENSION DEL SEÑOR (B)


La Ascensión del Señor se celebra el jueves de la VI semana de pascua, en algunas diócesis es transferido al Domingo VII de Pascua.

Los cuatro evangelios atestiguan que Jesús, muerto en la cruz y sepultado, se mostró después vivo a los apóstoles y a algunos discípulos, varias veces y en diversas circunstancias. Los testimonios que ellos transmiten son tanto más dignos de fe cuanto que estas apariciones no convencen inmediatamente a sus destinatarios. Por el contrario, dudan durante mucho tiempo de la realidad de estas manifestaciones intermitentes, que cesan luego, a partir de un determinado momento. San Lucas es el que habla con más detalle de lo que conocemos como la Ascensión del Señor, es decir, su «elevación al cielo», donde ha desaparecido de la vista de los hombres y desde donde un día volverá. La menciona muy brevemente al final de su evangelio (Lc 24,50-52) y más detenidamente al comienzo de su segunda obra: el libro de los Hechos de los apóstoles (Hch 1,1-1 1). Es mucho más que el relato detallado de un acontecimiento: se trata de una síntesis de la predicación apostólica y de una explicitación de la fe profesada por los cristianos desde los orígenes.
La Ascensión del Señor alegra el corazón de los discípulos porque celebra la exaltación de Cristo resucitado a la derecha del Padre. Pero además, como dice el mismo Jesús a los apóstoles la noche de la última cena (Jn 16,7), es un beneficio para los creyentes. Inaugura una nueva era en la historia de la salvación: la era del don del Espíritu, derramado abundantemente sobre los creyentes, y de la predicación, en el mundo entero, de la Buena Noticia de la salvación, obtenida por la muerte y resurrección del Hijo de Dios hecho hombre.
La celebración de la Ascensión nos invita a volver los ojos hacia el mundo en que vivimos. En él es donde se construye, paciente y humildemente, en el amor, el cuerpo cuya cabeza es Cristo. Porque el Señor no ha abandonado a los suyos. Al contrario, está tanto más presente en medio de ellos cuanto que ya no está sometido a las estrecheces de la condición humana, que limitaba su acción en el tiempo y en el espacio. Seguros de esta nueva presencia, los discípulos no tienen nada que temer en el mundo al que el Resucitado los envía: «Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo».

PRIMERA LECTURA

Colocando al comienzo del libro de los Hechos de los apóstoles, lo mismo que al final de su evangelio, una noticia sobre la Ascensión del Señor, san Lucas quiere dejar claro que la misión de la Iglesia es continuación de la de Jesús. La tradición ha sostenido, sobre todo, que en el momento de su partida el Señor instituyó a los apóstoles como testigos de su resurrección y predicadores de la Buena Noticia en el mundo entero. San Lucas no deja de recordarlo. En el libro de los Hechos sitúa la promesa del Espíritu y el mandato de la misión en el marco de una última comida del Resucitado con sus apóstoles antes de desaparecer de su vista, lo que recuerda la aparición a los dos discípulos de Emaús y da a esta comida de despedida un discreto tono eucarístico.

Lo vieron levantarse.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó:
«No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»
Ellos lo rodearon preguntándole:
- «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
Jesús contestó:
«No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»
Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:- «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Palabra de Dios.

SALMO

Por Cristo, sentado a la derecha del Padre, viene al mundo el reino de Dios.

Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9(R.: 6)

R
Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad. R

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R

SEGUNDA LECTURA

Dios ha desplegado en Cristo un poder del que ya podemos beneficiarnos. Las palabras se acumulan en la pluma de san Pablo cuando trata de decir lo que representan para Cristo su resurrección y su glorificación a la derecha de Dios, y los innumerables e inconmensurables beneficios que de ellas se derivan para nosotros.  La oración del Apóstol se convierte entonces en acción de gracias,  en «eucaristía», dirigida al «Dios de nuestro Señor Jesucristo», el Padre que «todo lo puso bajo los pies» de su Hijo y «lo dio a la Iglesia, que es su cuerpo, como cabeza, sobre todo».

Lo sentó a su derecha en el cielo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Palabra de Dios.

O bien:

Se trata de una especie de testamento espiritual que el Apóstol, «prisionero por el Señor», dirige a los efesios. Cristo, que «había bajado a lo profundo de la tierra», «subió» al cielo, donde está ahora a la derecha de Dios. Cargó sobre sí el universo entero para hacer de él una nueva creación. Y distribuye a cada uno la abundancia de los dones del Espíritu. Que los discípulos del Señor fieles a la gracia que han recibido, vivan en la unidad del cuerpo del que Cristo es la cabeza, y cada uno, según su vocación, trabaje activamente en su construcción.

A la medida de Cristo en su plenitud.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 1-13

Hermanos:
Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.
Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.
Por eso dice la Escritura: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres». El «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenar el universo.
Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Palabra de Dios.

ALELUYA Mt 28,19.20

Aleluya. Aleluya.
El Señor coopera con nosotros
confirmando su victoria
con las señales que la acompañan. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Id y haced discípulos de todos los pueblos
—dice el Señor—;
yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya.

EVANGELIO

Estos últimos versículos del evangelio según san Marcos son un resumen de los datos de la tradición. De la Ascensión se dice sólo lo que contiene el Símbolo de los apóstoles: «Jesús subió al cielo y se Sentó a la derecha de Dios». La partida del Señor marca el comienzo de la misión universal confiada a los apóstoles por el que ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra.

Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra de Dios.

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