lunes, 4 de marzo de 2013

10/03/2013 - 4º domingo de Cuaresma (C)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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10 de marzo de 2013

4º domingo de Cuaresma (C)



Tras el paso de las aguas del Jordán y la celebración de la Pascua en Guilgal, el pueblo del éxodo entra en la tierra prometida. Comienza así una nueva era. Se ha acabado el tiempo del maná y de la preocupación cotidiana por el alimento en las áridas soledades; ahora se puede contar con los productos ofrecidos regularmente por un suelo fértil. No es, sin embargo, el paraíso. Hay que luchar para asegurarse la posesión de la tierra, pero, sobre todo y de manera permanente, para resistir a la seducción de los ídolos de Canaán y permanecer fieles a la alianza sellada con Dios, ya que no tenemos aquí abajo morada permanente. Nuestra patria es el cielo; y sólo la fidelidad a Dios nos establecerá en ella para siempre.
Al salir de las aguas del Jordán, Jesús, el Josué de «la última de las edades en la que nos ha tocado vivir», anuncia que el reino de Dios está ya presente, no delimitado por fronteras naturales, sino dentro del corazón de quienes, sin cortapisas de ningún tipo, acogen su palabra. Se inaugura un mundo nuevo. Antes de volver al Padre, Jesús celebra la Pascua con sus discípulos. Al darles el maná de su cuerpo entregado y el cáliz de su sangre derramada por todos los hombres, les dice: «Haced esto en memoria mía, hasta que vuelva». Y luego los envía al mundo entero a predicar la Buena Noticia y el bautismo para el perdón de los pecados.
La salvación de Jesucristo es, pues, un misterio de reconciliación que se ofrece a todos, el retomo de cada uno de nosotros junto a Dios, como hijos suyos. La Iglesia y los cristianos tienen la misión de anunciarlo sin tregua y de ser testigos de ello. Su tarea principal consiste en exhortar, a tiempo y a destiempo, a todos los hombres a reconciliarse con Dios y, al mismo tiempo, a reconciliarse entre sí. Pero esta predicación sería vana, y hasta escandalosa, sin un compromiso total con la obra de la reconciliación universal, y si los creyentes no formaran, de manera efectiva y visible, comunidades de hermanos y hermanas reconciliados.
La eucaristía reúne en torno a una misma mesa, en alegría compartida, a los hijos pródigos arrepentidos y a los que no se han marchado de casa. Juntos alaban al Padre misericordioso y vuelven a él al comienzo de la celebración.

PRIMERA LECTURA

Con el paso del Jordán y la entrada en la tierra prometida empieza una nueva etapa de la historia de la salvación, que se inaugura con una celebración pascual, igual que había comenzado el camino del éxodo.

El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida.

Lectura del libro de Josué 5,9a. 10-12

En aquellos días, el Señor dijo a Josué:
- Hoy os he despojado del oprobio de Egipto.
Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.
El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas.
Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Palabra de Dios.

SALMO

Gloria y alabanza a Dios, que acoge a los humildes de corazón y a sus hijos pródigos en el banquete pascual de cada domingo.

Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7

R
Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
y lo salva de sus angustias. R

SEGUNDA LECTURA

Dios ofrece a todos los hombres la gracia de llegar a ser en Jesucristo y él, criaturas nuevas en un mundo nuevo. Pero es necesario reconciliarse.

Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5,17-21

Hermanos:
El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.
Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.
Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.
Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio.
En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Lc 15,18

Al que no había pecado
Dios lo hizo expiación por nuestro pecado,
para que nosotros recibamos la justificación de Dios.

Me pondré en camino a donde está mi padre,
y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti».

EVANGELIO

El que no había pecado, Jesús, acoge a los publicanos y a los pecadores, e incluso se sienta a la mesa con ellos. A los que les extraña este comportamiento les responde con una parábola: «Mirad a ese padre que, siempre vigilante, espera que vuelva su hijo que ha emigrado a un país lejano y vive perdidamente. Cuando lo ve llegar corre a su encuentro, lo abraza y organiza una gran fiesta a la que invita a todos los de casa. Así es Dios. Los que lo habéis abandonado, volved a él; él os espera con los brazos abiertos. Y los que habéis permanecido fieles a su lado, alegraos con vuestro padre y con los ángeles del cielo, porque un hermano vuestro ha vuelto al hogar paterno». El modo de tratar a los pecadores, de acogerlos, de juzgar a los que los reciben con los brazos abiertos, es para nosotros, para las comunidades cristianas, para la Iglesia, todo un test. ¿Es nuestro Dios el Dios de Jesucristo?

Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 15,1-3. 11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:
- Ése acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
- Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna».
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo».
Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud».
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».
El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

Palabra de Dios.

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