lunes, 11 de marzo de 2013

17/03/2013 - 5º domingo de Cuaresma (C)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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17 de marzo de 2013

5º domingo de Cuaresma (C)



Cuando a alguien le cae una desgracia, nunca hay que decir: «Justo castigo por sus pecados». Lejos de castigar a los que lo ofenden, Dios deja siempre tiempo a los pecadores para que se enmienden, esperando que al final se conviertan. Es un padre que aguarda sin cesar su regreso y, cuando finalmente vuelven a casa, invita al cielo y a la tierra a que se alegren con él.
La insistencia de Jesús en la infinita misericordia de Dios, ciertas formas de ilustrar esta enseñanza y, sobre todo, su comportamiento, acabaron por despertar la desconfianza de los «puros», de ciertos fariseos que, como el hijo mayor de la parábola, servían a Dios desde hacía muchos años sin haber desobedecido nunca una orden suya. ¿Qué pensar de este predicador que recibía a los pecadores y no dudaba en comer con ellos? Su conducta les resultaba cada vez más sospechosa, más escandalosa. Su forma de actuar, que tanto agradaba al pueblo, ¿no era una forma de complicidad con el pecado? Un día, los que empezaban a acusar a Jesús creyeron llegada la ocasión de desenmascararlo. Le llevaron a una mujer sorprendida en flagrante delito de adulterio. Y razonan: «La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Si responde:
«Apedreadla», reniega de todo lo que ha proclamado constantemente y, al mismo tiempo, pierde la autoridad de que goza ante quienes lo consideran un profeta. Si, por el contrario, se muestra clemente, su oposición pública a la ley puede conducirlo ante el tribunal. No es en el modo como Jesús escapa de esta trampa en lo que hay que fijarse, sino en la enseñanza que da este día de manera palmaria, con palabras y obras. El juicio corresponde a Dios, cuyo lugar no han de pretender ocupar los hombres, todos ellos pecadores. Este tiempo es para todos un tiempo de gracia, para que se conviertan y vivan, para que sean santos como es santo el Padre del cielo (cf lP 1,15).
Convertirse, cambiar de vida, es algo que cuesta, porque supone renunciar a ciertos «valores», que en sí no tienen ningún valor. Sólo importa una cosa: correr «para ganar el premio al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús», «la justicia que viene de Dios». Cualquiera que sea nuestro pecado, este objetivo está a nuestro alcance. No por nuestras propias fuerzas, sino por la infinita misericordia de Dios, que se nos ofrece constantemente.

PRIMERA LECTURA

Profetas y sabios de Israel evocan las maravillas realizadas en otro tiempo por el Señor como garantías para el presente y para el futuro. Dios está creando siempre cosas nuevas. Recordar los acontecimientos de otros tiempos, del éxodo por ejemplo, es, pues, un acto de fe y de esperanza fundado en la experiencia. Por eso los cristianos releen sin cesar las Escrituras cuando celebran la eucaristía, memorial de toda la obra de Dios, desde los orígenes hasta la Pascua de Cristo, cumplimiento de todas las cosas, acción de gracias por la salvación que se realiza hoy en medio de nosotros.

Mirad que realizo algo nuevo; yo daré bebida a mi pueblo.

Lectura del libro del profeta Isaías 43,16-21

Así dice el Señor,
que abrió camino en el mar
y senda en las aguas impetuosas;
que sacó a batalla carros y caballos,
tropa con sus valientes:
caían para no levantarse,
se apagaron como mecha que se extingue.
No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo;
mirad que realizo algo nuevo;
ya está brotando, ¿no lo notáis?
Abriré un camino por el desierto,
ríos en el yermo;
me glorificarán las bestias del campo,
chacales y avestruces,
porque ofreceré agua en el desierto,
ríos en el yermo,
para apagar la sed de mi pueblo,
de mi escogido,
el pueblo que yo formé,
para que proclamara mi alabanza.

Palabra de Dios.

SALMO

Tras los trabajos de la siembra, la fiesta de la cosecha; alegría después de las lágrimas,’ lo nuevo que germina en la prueba: ¡Pascua de Dios!

Salmo 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

R
El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares. R

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R

SEGUNDA LECTURA

Desde que fue ganado por Cristo, Pablo ha empleado todas las energías en correr, sin mirar atrás, por el camino que le ha abierto la gracia. Todas las ventajas que pudiera tener no son nada comparadas con el conocimiento de Cristo Jesús. Este don inestimable, totalmente inmerecido, transforma radicalmente la vida, la dinamiza de modo que todo se acepta con alegría, en la certeza de tener un día parte en la resurrección del Señor. Comulgar ya con la fuerza de su resurrección es el bien supremo que no puede saborearse en la inacción.

Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3,8-14

Hermanos:
Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.
Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.
No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí.
Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO JI 2,12-13

Olvidándonos de lo que queda atrás,
corramos hacia la meta,
para ganar al que nos ha ganado.

Ahora —oráculo del Señor—
convertíos a mí de todo corazón,
porque soy compasivo y misericordioso.

EVANGELIO

Nunca se ha visto semejante encuentro de la misericordia divina con la miseria del pecado. Jesús no niega la gravedad de la falta cometida. No busca circunstancias atenuantes. Pero sabe que Dios concede a todo pecador un tiempo para enmendarse. Por eso se niega a condenar: «Anda, y en adelante no peques más». Al mismo tiempo, este evangelio plantea la cuestión, grave y compleja, del ejercicio de la justicia humana. ¿Hay derecho a pronunciar una sentencia que quita toda posibilidad de enmienda, de conversión?

El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 8,1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron:
- Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
- El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
- Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?
Ella contestó:
- Ninguno, Señor.
Jesús dijo:
- Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

Palabra de Dios.

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