lunes, 18 de marzo de 2013

24/03/2013 - Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (C)

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24 de marzo de 2013

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (C)


La Semana Santa

Santa por excelencia es la semana consagrada a la celebración anual de la Pascua del Señor. Grande, la semana en la que los cristianos hacen memoria solemne del misterio central de la fe y de la vida de la Iglesia: Cristo muerto y resucitado para salvación del mundo entero. Semana santa y grande hacia la que asciende la Cuaresma de penitencia y conversión.
Se entra en ella en procesión, con los ramos en la mano, aclamando a Cristo, rey del universo, que ha vencido el pecado y la muerte. Pero, al otro lado de este pórtico triunfal, comienza el arduo camino de la cruz, que se recorre siguiendo los pasos del Siervo de Dios que no ha quedado defraudado. Levantado sobre todo, ha recibido el «“Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Np 2,9-11). Es el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.
El Triduo pascual, cuyo centro es la Vigilia de la noche del sábado, y que acaba con las vísperas del domingo de Pascua, empieza el Jueves santo.
Cada una de las celebraciones litúrgicas de estos tres días pone especialmente de relieve un aspecto, un elemento del misterio de Jesucristo, el Señor: la muerte, la resurrección, la glorificación, su presencia en medio de nosotros. Las grandes celebraciones de estos días santos desarrollan su unidad y nos permiten participar de él.
Semana santa, semana santificadora, en la que nos dejamos guiar por la liturgia, prolongada en la meditación y oración personales, a las que invitan unos textos y unos ritos de una riqueza de contenido y una densidad espiritual inagotables.
«Suba mi oración como incienso a tu presencia y (sea) la elevación de mis manos sacrificio vespertino». Todo cristiano reconoce que debe entenderse esto de la misma Cabeza, pues al declinar el día, ya en la tarde, el Señor, que de nuevo volvería a tomar su alma, la entregó en la cruz voluntariamente; sin embargo, allí estábamos personificados nosotros. ¿Qué pendía de él en el leño? Lo que tomó de nosotros. ¿Cómo podía acontecer que Dios Padre desdeñase y abandonase por algún tiempo al único Hijo, que es un solo Dios con él? Sin embargo, clavando en la cruz nuestra flaqueza, en la cual, según dice el Apóstol, «fue crucificado con él nuestro hombre viejo», clamó con la voz de este hombre diciendo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?». Luego aquel sacrificio de la tarde, la pasión el Señor, la cruz del Señor, la oblación de la hostia saludable, es un holocausto acepto a Dios. Aquel sacrificio vespertino se convirtió en don matutino en la resurrección. Luego la oración que sube pura del corazón piadoso se eleva como incienso de ara santa. Nada hay más deleitable que el olor del Señor; exhalen este olor todos los que creen.
(SAN AGUSTÍN, Enarraciones sobre los Salmos, 140, 5, en Obras completas XXII, BAC, Madrid 1967, 640-641)

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

En Jerusalén, en el siglo IV, el domingo antes de Pascua se celebraba una liturgia que duraba todo el día y que inauguraba lo que se conocía como la «Semana grande». Después de la misa, que se celebraba como de costumbre, el obispo y todo el pueblo se dirigían a la iglesia situada en el monte de los Olivos (la Eleona), donde se proclamaba el evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén. Luego bajaba una procesión hasta la basílica de la Resurrección (Anastasis), donde, aunque ya era tarde, se cantaba el oficio vespertino, llamado «lucernario». A la salida de esta celebración, el archidiácono anunciaba que todos los días de la semana la asamblea se reuniría a primera hora de la tarde, «a las tres», en la iglesia principal, el Martyrium, levantada en el Gólgota.
En Roma, por el contrario, en tiempos del papa san León Magno (440-461), la Semana santa empezaba todavía de manera muy sobria, con una misa dominical durante la cual se leía el evangelio de la pasión según san Mateo. Mas tarde, a instancias de los peregrinos de Jerusalén, esta eucaristía estaría precedida por la procesión de los ramos, que, desde su introducción, tuvo en Occidente el carácter de un cortejo triunfal en honor de Cristo Rey.
Para «hacer como en Jerusalén», esta celebración mantuvo por mucho tiempo cierto el carácter de evocación histórica. Recargada con elementos de diversa procedencia a lo largo de la Edad media, y simplificada con ocasión de la renovación de la Semana santa realizada en 1955, ha adquirido desde la reforma de 1970 una gran sobriedad. Nada distrae del verdadero significado de esta procesión litúrgica. Se ha mantenido la bendición de los ramos, pero puede sustituirse por una oración que habla únicamente de aclamar «a Cristo victorioso» y en la que se pide que «permanezcamos en él dando fruto abundante de buenas obras». Sin embargo, es la lectura del evangelio la que muestra de manera más explícita el sentido y el alcance de la procesión de los ramos.
Se lee alternativamente el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén según san Mateo (ciclo A), san Marcos o san Juan (ciclo B) y san Lucas (ciclo C). Cada uno interpreta el acontecimiento desde un punto de vista particular, pero todos dicen, con palabras casi idén- ticas, cómo Jesús mismo se encarga de preparar las cosas. Estas precisiones, cuyos detalles evocan los oráculos proféticos, manifiestan discretamente el verdadero sentido de la «entrada gozosa» de Jesús en la ciudad de su Pascua de muerte y resurrección, y ha- cen pensar en la minuciosa preparación de una liturgia. Se trata evidentemente de un acontecimiento de salvación, de un «misterio», y no de un simple episodio de la vida de Jesús, por memorable que pudiera ser.
Viene luego la misa de la Pasión, así llamada por el evangelio proclamado este domingo. Durante más de quince siglos fue siempre el de san Mateo. En la actualidad se proclaman también el de san Marcos (ciclo B) y el de san Lucas (ciclo C), reservados antes para el lunes y el martes siguientes, y manteniendo la pasión según san Juan su lugar tradicional el Viernes santo.
Tal como se encuentra estructurada actualmente, la liturgia extremadamente sobria del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor constituye un notable pórtico de la Semana santa y, especialmente, del Triduo pascual, que constituye una unidad litúrgica, una única celebración, podría decirse, de la Pascua del Señor, que se desarrolla en tres días.
El acento va pasando sucesivamente de un elemento a otro, pero sin separarlos nunca. Por eso, el Viernes santo, la liturgia de la adoración solemne de la cruz tiene conmovedoras resonancias pascuales.
La celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor da el tono, por así decir. La asamblea cristiana va al encuentro del Señor, al que aclama como Rey del universo. Y lo sigue hasta el Calvario, donde, muerto en la cruz, Dios lo levanta sobre todo, «de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,8-11).
¡Hosanna en el cielo!

Procesión de los ramos.

EVANGELIO

A lo largo de diez capítulos de su evangelio (9,51—19,27), san Lucas guía al lector para que acompañe a Jesús a partir del momento en que «tomó la decisión de ir a Jerusalén», sabiendo que «se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo». Lo que ocurre cuando llega a la ciudad lo narra el evangelista a la luz de la fe de los cristianos y de Inexperiencia vivida por la comunidad eclesial después de Pentecostés. Jesús va hacia Jerusalén «marchando a la cabeza». «La masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos». Sus aclamaciones recuerdan los cánticos del ángeles la noche de Navidad y el «Sanctus» dirigido a Cristo, «nuestro rey», sentado a la derecha del Padre. Algunos fariseos de entre la gente querían que Jesús impusiera silencio a sus discípulos, lo mismo que más adelante se querría impedir que los apóstoles proclamaran que él es el Señor. Sin embargo, nada puede impedir que el anuncio del Evangelio de la resurrección y la glorificación de Cristo llegue hasta los confines de la tierra. San Lucas nos invita a celebrar la liturgia del Domingo de Ramos pensando en el misterio de la iglesia en camino hacia la casa del Señor.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 19,28-40

En aquel tiempo, Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente; al entrar, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía, Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?”, contestadle: “El Señor lo necesita”».
Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: «Por qué desatáis el borrico?». Ellos contestaron: «El Señor lo necesita».
Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos y le ayudaron a montar. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los milagros que habían visto, diciendo: «Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto». Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». El replicó: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras».

Palabra de Dios.

Misa de la Pasión.

PRIMERA LECTURA

El misterioso «siervo de Dios» visto por Isaías (is 42,1-8; 49,1-6; 50,4-9; 52,13— 53,12) se detiene unos momentos a considerar su misión y el modo como la ha llevado a cabo. A pesar de las persecuciones, ha permanecido fiel a la palabra de Dios escuchada día tras día. Porque, en medio de todo, ha mantenido una confianza total en el Padre, nada ha deteriorado la firmeza de su alma y su profunda serenidad. Por eso la tradición Cristiana de todos los tiempos (Hch 8,26-34) ha Visto en él una figura de Cristo.
No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.

Lectura del libro de Isaías 50,4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los iniciados.
El Señor me abrió el oído.
Y yo no resistí ni me eché atrás:
ofrecí la espalda a los que me apaleaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

SALMO

En lo más profundo de su sufrimiento, el Justo sigue teniendo fuerzas para levantar los ojos a Dios, su esperanza. En la misma noche angustiosa de la fe percibe ya la respuesta a su oración, y la acción de gracias empieza a elevarse en su corazón.

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere». R

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel. R

SEGUNDA LECTURA

De rebajamiento en rebajamiento hasta la muerte ignominiosa en la cruz: ese es el itinerario pascual de Cristo, a quien Dios concedió el «Nombre-sobre- todo-nombre». A través de una obediencia semejante, opuesta a la desobediencia de Adán, tendremos parte en la gloria de Jesucristo, el Señor.

Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2,6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Flp 2,8-9

Cristo, por nosotros,
se sometió incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió
el «Nombre-sobre-todo-nombre».

EVANGELIO

«El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día, y se venga conmigo»; «Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío». Estas palabras tajantes de Jesús, como precisa san Lucas (Lc 9,23; 14,27), van dirigidas a todos. Generalmente se las entiende en un sentido metafórico: el discípulo de Cristo debe aceptar las pruebas y los sufrimientos de la vida, como Simón de Cirene, obligado a llevar la cruz de Jesús. Pero el modo de hablar de san Lucas, corroborada por el radicalismo característico que testimonian sus escritos, sugiere un sentido más realista. El discípulo ha de estar dispuesto a ser rechazado y condenado por el mundo, puesto en la picota, como lo fue Jesús. Cuando, después de la cena, los apóstoles disputan sobre quién de ellos debe ser tenido como el primero, él les dice: «El primero entre vosotros pórtese como el menor; y el que gobierne, como el que sirve»; «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,26-2 7). El evangelio de la Pasión según san Lucas pone particularmente de relieve el alcance concreto, práctico y realista de estas palabras y del ejemplo del Señor, Consciente de estar ante la hora del combate decisivo contra «el poder de las tinieblas» (Lc 22,53), Jesús saca fuerzas para afrontarlo de la oración y de la confianza en su Padre. Acepta libremente perder su vida para que los que «perseveren con él en sus pruebas» se sienten con él en el banquete del Reino, Sabiendo lo que cuesta «perseverar» y conociendo la debilidad de sus discípulos más generosos cuando Satanás se propone ponerlos a prueba, intercede ante el Padre para que su fe «no se apague» y, cuando se recobren, puedan «darse firmeza» unos a otros. Perdonando a Pedro que lo ha negado, orando por los que le están dando muerte y abriendo el paraíso al malhechor crucificado con él, da un último testimonio de la infinita misericordia divina, que tan a menudo había enseñado en las parábolas.
La Pasión según san Lucas invita también a observar a los que rodean a Jesús. Fiarse de las propias fuerzas es señal de gran presunción. La oración es la única arma que permite liberarse de los miedos. La contemplación silenciosa de la cruz es el único modo de comprender su sentido y, por consiguiente, el sentido de la vida cristiana. En definitiva, hay que leer el conjunto del evangelio a la luz de la pasión, y viceversa. El libro de los Hechos de los apóstoles, segunda parte de la obra de san Lucas, mostrará cómo los primeros cristianos y la Iglesia de los orígenes lo hicieron efectivamente así.

Para la lectura dialogada: + Jesús; C Cronista; D Discípulos y amigos; M = Muchedumbre; O Otros personajes.

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

+ Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 22,14_23,56

La Cena del Señor.

C. Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo:
+. - He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios.
C. Y, tomando una copa, dio gracias y dijo:
+. - Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.
C. Y, tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo:
+. - Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.
C. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo:
+. - Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!
C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.

Quién es el más importante.

C. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo:
+. - Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
+. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel.

Jesús anuncia la negación de Pedro.

C. Y añadió:
+. - Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos.
C. Él le contestó:
D. - Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte.
C. Jesús le replicó:
+. - Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme.

Se acerca la hora de la prueba.

C. Y dijo a todos:
+. - Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?
C. Contestaron:
D. - Nada.
C. Él añadió:
+. - Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: «Fue contado con los malhechores». Lo que se refiere a mí toca a su fin.
C. Ellos dijeron:
D. - Señor, aquí hay dos espadas.
C. Él les contestó:
+. - Basta.

Jesús ora en Getsemaní.

C. Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:
+. - Orad, para no caer en la tentación.
C. Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra, y, arrodillado, oraba diciendo:
+. - Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.
C. Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
+. - ¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación.

Jesús es arrestado.

C. Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús.
Jesús le dijo:
+. - Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?
C. Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron:
D. - Señor, ¿herimos con la espada?
C. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha.
Jesús intervino diciendo:
+. - Dejadlo, basta.
C. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él:
+. - ¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas.

Pedro niega conocer a Jesús.

C. Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos.
Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo:
O. - También éste estaba con él.
C. Pero él lo negó diciendo:
D. - No lo conozco, mujer.
C. Poco después lo vio otro y le dijo:
O. - Tú también eres uno de ellos.
C. Pedro replicó:
D. - Hombre, no lo soy.
C. Pasada cosa de una hora, otro insistía:
O. - Sin duda, también éste estaba con él, porque es galileo.
C. Pedro contestó:
D. - Hombre, no sé de qué hablas.
C. Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho; «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Se burlan de Jesús.

C. Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él dándole golpes.
Y, tapándole la cara, le preguntaban:
M. - Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?
C. Y proferían contra él otros muchos insultos.

Jesús ante la Junta Suprema.

C. Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su sanedrín, le dijeron:
M. - Si tú eres el Mesías, dínoslo.
C. Él les contestó:
+. - Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder.
Desde ahora el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso.
C. Dijeron todos:
M. - Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?
C. Él les contestó:
+. - Vosotros lo decís, yo lo soy.
C. Ellos dijeron:
M. - ¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca.

Jesús ante Pilato.

C. El senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo:
M. - Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey.
C. Pilato preguntó a Jesús:
O. - ¿Eres tú el rey de los judíos?
C. Él le contestó:
+. - Tú lo dices.
C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba:
O. - No encuentro ninguna culpa en este hombre.
C. Ellos insistían con más fuerza diciendo:
M. - Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí.

Jesús ante Herodes.

C. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.
C. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verlo hacer algún milagro.
Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco.
Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Jesús, sentenciado a muerte.

C. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo:
O. - Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.
C. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo:
M. - ¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás.
C. (A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.)
Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
M. - ¡Crucifícalo, crucifícalo!
C. Él les dijo por tercera vez:
O. - Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré.
C. Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío.
Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Crucifixión de Jesús.

C. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús.
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él.
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:
+. - Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?
C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.
C. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía:
+. - Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
C. Y se repartieron sus ropas echándolas a suerte.
C. El pueblo estaba mirando.
Las autoridades le hacían muecas diciendo:
M. - A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
C. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
M. - Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
C. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».
C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
O. - ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
C. Pero el otro le increpaba:
O. - ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.
C. Y decía:
O. - Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.
C. Jesús le respondió:
+. - Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Muerte de Jesús.

C. Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:
+. - Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.
C. Y, dicho esto, expiró.
C. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo:
O. - Realmente, este hombre era justo.
C. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho.
Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

Jesús es sepultado.

C. Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía.
C. Era el día de la preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

Palabra de Dios.

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