lunes, 10 de junio de 2013

16/06/2013 - 11º domingo Tiempo ordinario (C)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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16 de junio de 2013

11º domingo Tiempo ordinario (C)


La fe en la misericordia de Dios, que nada desea más que perdonar los pecados, se expresa a lo largo de la Biblia con imágenes y términos muy diversos, a veces realmente atrevidos. El perdón que Dios concede tiene, al mismo tiempo, eficacia creadora. Transforma el corazón de quien lo recibe, crea en él un corazón puro, lo renueva en lo más profundo de su ser (Sal 50,12). Sólo el Creador puede perdonar así. La Biblia no deja ninguna duda a este respecto, lo mismo que, en la actualidad, el sacramento de la penitencia o de la reconciliación. Las palabras de perdón se remiten siempre a la autoridad soberana de Dios: «El Señor ha perdonado tu pecado».
Si se hubiera conformado con predicar la misericordia divina y exhortar a los pecadores a la conversión, Jesús habría hablado como los profetas. Pero a la pecadora que acude a la casa del fariseo que lo ha invitado, Jesús le dice: «Tus pecados están perdonados. Tu fe te ha salvado». Hay en el relato detalles sorprendentes: la osadía de esta mujer que entra en casa de un «puro», su comportamiento y, sobre todo, las palabras de Jesús al perdonarle los pecados.
Los cristianos a los que se dirige este evangelio podrían tener la tentación de contemplar esta escena como de lejos, dejándose invadir únicamente por los sentimientos que suscita. Se indignarían entonces ante la reacción del fariseo, sin pensar en la que ellos tendrían si una mujer así entrara en la iglesia en la que se está celebrando la eucaristía y, sin decir nada ni preocuparse por los que están allí, se arrodillara llorando al pie del altar y quemara allí un incienso muy caro. ¿Olvidaríamos que todos los que estamos reunidos en asamblea, en tomo a la mesa del Señor, somos pecadores perdonados por la fe en Jesucristo, y no por nuestros méritos o por nuestras buenas obras?
La actitud de Jesús nos invita a todos a purificar la mirada que dirigimos a los demás. El, el Justo, no humilla a los pecadores, sino que los acoge con extrema delicadeza. Sabe que el amor de Dios es grande incluso con los pecadores, más aún cuando han sido muchos los pecados que se les han perdonado.
La eucaristía es acción de gracias por la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo, Buena Noticia que todos estamos llamados a proclamar.

PRIMERA LECTURA

David ha cometido un adulterio, seguido de un asesinato fría y cínicamente premeditado. El profeta Natán le hace tomar conciencia de su falta, y Dios lo perdona cuando él reconoce humildemente la gravedad de la misma. Esta historia es un ejemplo de la misericordia de Dios, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

El Señor perdona tu pecado. No morirás.

Lectura del segundo libro de Samuel 12,7-10. 13

En aquellos días, dijo Natán a David:
- ¡Eres tú! Así dice el Señor Dios de Israel:
Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu Señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y por si fuera poco pienso darte otro tanto.
¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías el hitita y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías.
David respondió a Natán:
- He pecado contra el Señor.
Y Natán le dijo:
- Pues el Señor perdona tu pecado. No morirás.

Palabra de Dios.

SALMO

Reconocimiento del pecado, confesión de la misericordia de Dios y acción de gracias por el perdón: pasos fundamentales de la reconciliación.

Salmo 31, 1-2. 5. 7. 11

R
Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R

Tú eres mi refugio: me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,
aclamadlo, los de corazón sincero. R

SEGUNDA LECTURA

Somos «justificados» por la fe, por el don de la gracia que Cristo ha adquirido, no por nuestros méritos personales. Por eso, aquel a quien Dios justifica vive de la misma vida de Cristo, vive por él.

No soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 2,16. 19-21

Hermanos:
Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús. Por eso hemos creído en Cristo Jesús para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la ley.
Para la ley yo estoy muerto, porque la ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero si la justificación fuera efecto de la ley, la muerte de Cristo sería inútil.

Palabra de Dios.

ALELUYA 1Jn 4,10b

Aleluya. Aleluya.
Gloria a Cristo,
que perdona los pecados. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Dios nos amó y nos envió a su Hijo
como víctima de propiciación
por nuestros pecados. Aleluya.

EVANGELIO

Simón el fariseo, el «puro», se escandaliza por la osadía de la pecadora, y más aún por el comportamiento de Jesús: «Si fuera profeta, ¿ soportaría la conducta de esta mujer?». Jesús, que lee en los corazones, ve lo que ella quiere expresar con este homenaje insólito: ella presiente que Jesús es el enviado de Dios que ha venido para perdonar los pecados; que el tiempo de la gracia ha llegado también para ella. Su amor y su humildad la han puesto en el camino de la misericordia divina: «Tu fe te ha salvado; vete en paz». Este perdón de sus faltas, de sus «muchos pecados», suscita en ella un inmenso agradecimiento. San Lucas hace constar que otras mujeres expresaron su gratitud poniéndose al servicio de Jesús y, más tarde, al servicio de los predicadores de la Buena Noticia de la salvación ofrecida a todos.

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 7,36_8,3

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo:
- Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando y lo que es: una pecadora.
Jesús tomó la palabra y le dijo:
- Simón, tengo algo que decirte.
Él respondió:
- Dímelo, maestro.
Jesús le dijo:
- Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?
Simón contestó:
- Supongo que aquél a quien le perdonó más.
Jesús le dijo:
- Has juzgado rectamente.
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
- ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona poco ama.
Y a ella le dijo:
- Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí:
- ¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?
Pero Jesús dijo a la mujer:
- Tu fe te ha salvado, vete en paz.
[Más tarde iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo predicando la buena noticia del Reino de Dios; le acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.]

Palabra de Dios.

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