domingo, 4 de agosto de 2013

06/08/2013 - LA TRANSFIGURACION DEL SEÑOR (C)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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6 de agosto de 2013

LA TRANSFIGURACION DEL SEÑOR (C)


El origen de esta fiesta, celebrada desde el siglo IV por los monjes cristianos que vivían en el desierto, se sitúa en Oriente. El misterio de la Transfiguración ocupaba un lugar muy importante en su espiritualidad y en su mística. Efectivamente, se dedicaban a contemplar la gloria de Dios en el Señor transfigurado, llevando una vida unificada por la oración, en particular la invocación incesante del nombre de Jesús. La fiesta de la Transfiguración la celebraban desde el siglo X las Iglesias de la Península Ibérica, en particular la de Vich, en Cataluña, así como numerosas diócesis de Francia e Italia. Pedro el Venerable la instauró muy pronto en Cluny, de donde era abad (1122-1156), componiendo incluso todo un oficio para este día. El papa Calixto III (1455-1458), que había vivido mucho tiempo en la diócesis de Lérida, cercana a la de Vich, la introdujo en Roma, y en 1457 mandó que se celebrara en toda la Iglesia latina.
El segundo domingo de Cuaresma, la lectura del evangelio de la Transfiguración recuerda que la humillación y la Pasión de Cristo no deben considerarse ni celebrarse nunca olvidando que el Señor entró en la gloria a través de la muerte. La celebración del 6 de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (el 14 de septiembre), es totalmente una celebración pascual. Por otra parte, es desde la luz de la Pascua desde donde san Mateo, san Marcos y san Lucas contemplan el acontecimiento. El relato de cada uno de los evangelistas presenta acentos particulares por los que conviene no pasar de largo. Pero en todos ellos hay un fondo común. La Transfiguración del Señor se sitúa después de la confesión de Pedro en Cesarea y el primer anuncio de la Pasión. Y tiene por testigos a Pedro, a Santiago y a Juan, que son quienes presencian también el retorno a la vida de la hija de Jairo y se encuentran en Getsemaní en el momento de la agonía de Jesús.
En el bautismo somos recreados a imagen de Cristo (2Co 4,17). Después el hombre interior se renueva en nosotros día tras día, y las pruebas del tiempo presente preparan nuestra participación en la gloria del Señor transfigurado (2Co 4,17). La liturgia, y especialmente la eucaristía, sacramento pascual por excelencia, es su promesa y prenda que no cesa de ofrecérsenos.

PRIMERA LECTURA

En medio de la prueba, es necesario saber descubrir la cara oculta de los acontecimientos, o más bien volver la mirada hacia aquel a quien el autor del libro de Daniel describe «como un hijo de hombre». Este título misterioso evoca un personaje en quien y por quien todos los humillados y perseguidos tendrán parte en la gloria de Dios. El mismo Jesús se presentará a menudo como «el Hijo del hombre», que ha de sufrir mucho pero que será exaltado a la derecha de Dios, adonde conducirá a los que crean en él y lo sigan.

Su vestido era blanco como nieve.

Lectura de la profecía de Daniel 7,9-10.13-14

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros.
Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él.
Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Palabra de Dios.

SALMO

«Tiniebla y nube rodean» aún hoy la gloria del Señor Un día todos los pueblos
lo verán en su pleno resplandor.

Salmo 96, 1-2. 5-6. 9 (R : cf. 9 ab)

R
El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R

Porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R

SEGUNDA LECTURA

«Nosotros somos testigos oculares del Señor resucitado», dirán los apóstoles para acreditar su predicación. «Lo contemplamos en la montaña de la Transfiguración y oímos la voz traída del cielo», proclama el mismo Pedro. «Escuchad, pues, lo que os anunciamos. Nuestro mensaje viene de lo alto».

Esta voz del cielo la oímos nosotros.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro 1,16-19

Queridos hermanos:
Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza.
Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto». Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada.
Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.

Palabra de Dios.

ALELUYA Mt 17,5c

Aleluya. Aleluya.
¡Qué bien se está aquí!
Escuchemos la palabra del Hijo amado. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Este es mi Hijo. el amado. mi predilecto.
Escuchadlo. Aleluya.

EVANGELIO

Una serie de alusiones establece un notable paralelismo entre Jesús en la montaña de la Transfiguración y Moisés en el Sinaí. En ambos casos hay tres testigos (Ex 34,29; Mt 17,1). Al igual que el rostro de Moisés, el de Jesús irradia una luz resplandeciente (Ex 34,29; Mt 17,2). Aún más que a Moisés se ha de escuchar a Jesús (Dt 18,15; Mt 17,5). Porque él es el nuevo legislador que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud (Mt 5,17). Moisés y los profetas, representados aquí por Elías, dan testimonio de él.

Su rostro resplandecía como el sol.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 17,1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.
Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
- Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:
- Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y tocándolos les dijo:
- Levantaos, no temáis.
Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
- No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

Palabra de Dios.

O Bien.

Lo mismo que la teofanía del bautismo a orillas del Jordán (Lc 3,21), la teofanía de la montaña tiene lugar mientras Jesús está haciendo oración. San Lucas evita la palabra «transfiguración», que para los paganos convertidos podía evocar las múltiples metamorfosis atribuidas a los dioses. Dice simplemente que «el aspecto de su rostro cambió», que mudó de apariencia. San Lucas es el único de los tres evangelistas que precisa el tema de conversación de Moisés y Elías con Jesús: su muerte, que próximamente «iba a consumar en Jerusalén» (Lc 24,51; Hch 1,2). Los tres discípulos no hablan en ese momento de lo que han visto, porque no comprenden su sentido. Será necesario que el mismo Jesús les explique, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», todo lo que se refería a él, y en particular cómo «era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria» (Lc 24,25-2 7).

Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,28b-36

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que se iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
- Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:
- Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra de Dios.


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