lunes, 9 de septiembre de 2013

15/09/2013 - 24º domingo Tiempo ordinario (C)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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15 de septiembre de 2013

24º domingo Tiempo ordinario (C)


Dios, rico en misericordia, está siempre dispuesto al perdón; es algo que la Biblia no demuestra, sino que atestigua. Los creyentes viven en esta certeza. Su fe se expresa de forma muy concreta, especialmente en sus oraciones e intercesiones. En esta línea, casi todos los salmos, incluso los «salmos de alabanza», dejan un espacio a la petición de perdón o al recuerdo de las innumerables manifestaciones de la misericordia de Dios. El hombre, efectivamente, no puede presentarse ante él sin reconocerse pecador y darle gracias por su infinita bondad. Cuando se trata del pecado de todo el pueblo, la petición de perdón invoca la fidelidad de Dios a la alianza y apela al honor de su nombre. Así es la oración de Moisés. Dios no quiere la muerte del pecador; él no desespera de que cambie de conducta. Los profetas no han dejado de proclamarlo, exhortando a no poner a prueba la paciencia divina. Juan Bautista, el último de ellos, lo pregonaba a la gente: «Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Producid el fruto que la conversión pide» (Lc 3,7-8).
Después de él, Jesús proclama que no hay tiempo que perder: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha» (Lc 13,24). Muchos publicanos y pecadores reciben estas palabras como una buena noticia. Han acudido a Jesús, y él los ha recibido bien. Como ocurre aún hoy con cierta frecuencia, algunos de los cumplidores fieles y generosos de la Ley se quedan perplejos. Jesús responde a sus reproches proponiendo tres parábolas. Dios no se resigna a que se pierda ni siquiera uno solo de los suyos. Al contrario, va en su busca, y cuando lo encuentra su alegría se desborda. Es como un padre que espera con ansiedad el regreso de un hijo suyo que se ha marchado lejos. Cuando vuelve a casa lo recibe con los brazos abiertos, se olvida de sus malas acciones, no piensa más que en celebrar la vuelta a la vida del hijo pródigo, e invita a los hijos que han permanecido con él a que se alegren de que su hermano haya vuelto a ocupar su lugar entre ellos.
Abundan los ejemplos admirables de esta misericordia divina. Es especialmente memorable el del perseguidor Saulo, convertido en el apóstol Pablo. Pero todos nosotros somos pecadores perdonados. Celebremos, pues, con alegría la eucaristía, banquete que el Padre ha preparado para sus hijos pródigos que somos nosotros. «Honor y gloria al único Dios, por los siglos de los siglos».

PRIMERA LECTURA

Moisés reconoce que el pueblo ha pecado, que es un pueblo de dura cerviz. No alega circunstancias atenuantes. Apela a la fidelidad del amor del Señor Como toda oración, la intercesión es profesión de fe en Dios, siempre dispuesto a perdonar al pecador que vuelve a él.

El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado.

Lectura del libro del Éxodo 32,7-11. 13-14

En aquellos días dijo el Señor a Moisés:
- Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un toro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: «Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto».
Y el Señor añadió a Moisés:
- Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.
Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios:
- ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac y Jacob a quienes juraste por ti mismo diciendo: «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre».
Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Palabra de Dios.

SALMO

«Tener misericordia», «mostrar compasión», son acciones que evocan el gesto de inclinarse, de abajarse hacia alguien. La «misericordia», una de las palabras-clave de la alianza, es el amor paterno animado por una generosidad dinámica, que brota del corazón.

Salmo 50, 3-4. 12-13. 17 y 19; cf Lc 15,18

R
Me pondré en camino adonde está mi padre.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R

Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias. R

SEGUNDA LECTURA

Un perseguidor encarnizado convertido, transformado por la gracia de Dios, sin ningún mérito personal. Un perdón tan generoso que el blasfemo recibe el ministerio de apóstol. ¿Quién podrá dudar aún de la infinita misericordia divina, capaz de transformar de manera tan radical a un pecador?

Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1,12-17

Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio.
Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía, Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

ALELUYA 2Co 5,19

Aleluya. Aleluya.
Podemos fiarnos y aceptar sin reserva
que Cristo Jesús vino al mundo
para salvar a los pecadores. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo,
y a nosotros nos ha confiado
la palabra de la reconciliación. Aleluya.

EVANGELIO

Dios envió a su Hijo a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Que todos se dispongan a participar de su alegría.

Habrá alegría en el cielo por un pecador que se convierta.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15,1-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:
- Ése acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
- Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
«¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido».
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles:
«¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido».
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
[También les dijo:
- Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
«Padre, dame la parte que me toca de la fortuna».
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces se dijo:
«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino adonde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo:
«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo».
Pero el padre dijo a sus criados:
«Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó:
«Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud».
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre:
«Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».
El padre le dijo:
«Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».]

Palabra de Dios.


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