lunes, 21 de octubre de 2013

27/10/2013 - 30º domingo Tiempo ordinario (C)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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27 de octubre de 2013

30º domingo Tiempo ordinario (C)


En tiempos de Jesús la palabra «fariseo» no tenía, como hoy, un sentido peyorativo. Se designaba con ella a hombres notables por su observancia de la ley y su comportamiento moral. El pueblo sencillo admiraba sinceramente a los «buenos fariseos» por su ideal religioso. Al principio, estos fariseos pudieron pensar que Jesús se situaba en la misma perspectiva que ellos. Pero su enseñanza, su manera de comportarse con los pecadores, los «publicanos» y las prostitutas, sus actitudes contra toda forma de legalismo, la prioridad que daba al espíritu de la Ley por encima de la letra, hubieron de desengañarlos pronto. Escandalizados, algunos optaron por enfrentarse a él, pero no todos.
Una vez —dice san Lucas—, unos fariseos advirtieron a Jesús de las intenciones homicidas de Herodes (Lc 13,31). Más tarde, Gamaliel, uno de ellos, y no de los menos importantes, jugó un papel moderador cuando los apóstoles comparecieron ante el sanedrín (Hch 5,34- 42). En el tribunal supremo algunos tomaron partido por Pablo (Hch 23,9), cuando daba testimonio de su celo por Dios (Rm 10,2).
La liturgia de este domingo nos propone una parábola que se encuentra únicamente en el evangelio según san Lucas. Conocida habitualmente como la «parábola del fariseo y el publicano», por los dos personajes que aparecen en escena, es en realidad una revelación sobre Dios y, al mismo tiempo, sobre el hombre ante él. El fariseo dice la verdad cuando habla de su fidelidad a la Ley, loable en sí misma. El publicano, por su parte, es un pecador público; por su oficio podría decirse que vive o se enriquece, lo mismo que Zaqueo, exprimiendo a sus conciudadanos, sobre los que recae el peso de los impuestos de los invasores. Pero el primero no se da cuenta de que también él necesita el perdón de Dios. El otro sólo se «golpea el pecho», apelando humildemente a la misericordia divina. Estos personajes, descritos con rasgos deliberadamente exagerados, encarnan dos concepciones opuestas de Dios y, por consiguiente, dos tipos de religión.
Sólo Dios es santo. Si nosotros somos justos, es en él y por él, no por nuestros méritos. La Iglesia es una comunidad de pecadores perdonados que da gracias por la salvación obtenida por Cristo y por el don del Espíritu de santidad. Que el Señor guarde a sus discípulos del fariseísmo que constantemente los acecha.

PRIMERA LECTURA

Sentencias sobre la justicia de Dios, defensor de los pobres, semejantes a las de un catecismo tradicional. Pero la pobreza no es sólo de orden material. Todo hombre es pobre delante de Dios y debe dirigirse a él con humildad.

Los gritos del pobre atraviesan las nubes.

Lectura del libro del Eclesiástico 35,12-14.16-18

El Señor es un Dios justo,
que no puede ser parcial;
no es parcial contra el pobre,
escucha las súplicas del oprimido;
no desoye los gritos del huérfano
o de la viuda cuando repite su queja;
sus penas consiguen su favor
y su grito alcanza las nubes.
Los gritos del pobre atraviesan las nubes
y hasta alcanzar a Dios no descansan;
no ceja hasta que Dios le atiende,
y el juez justo le hace justicia.

Palabra de Dios.

SALMO

Bendecir a Dios, alabarlo, glorificarlo, ensalzarlo, es lo propio de un corazón pobre. El Señor escucha su invocación y lo salva.

Salmo 33, 2-3. 17-18. 19 y 23

R
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca,
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R

SEGUNDA LECTURA

Misión cumplida. Ha llegado para Pablo el momento de coronar el culto espiritual de su vida (Rm 12,1) y de su apostolado (Rm 1,9) por el derramamiento de su sangre, en espera de la felicidad anhelada (Tt 2,13). Como Jesús (Lc 23,34) y Esteban (Hch 7,60), perdona a los que lo han abandonado. Su próxima comparecencia ante Dios supondrá para él la liberación definitiva.

Ahora me aguarda la corona merecida.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4,6-8. 16-18

Querido hermano:
Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente.
He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.
Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.
La primera vez que me defendí ante el tribunal, todos me abandonaron y nadie me asistió.
Que Dios los perdone.

Palabra de Dios.

ALELUYA 2Co 5,19

Aleluya. Aleluya.
El Señor enaltece a los humildes,
y humilla a los orgullosos. Aleluya..

Aleluya, aleluya.
Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo,
y a nosotros nos ha confiado
la palabra de la reconciliación. Aleluya.

EVANGELIO

La «eucaristía» del fariseo sería muy hermosa si añadiera: «Sí, Señor te doy gracias: todo el bien que haya podido hacer lo debo a tu gracia». El publicano sabe que no puede aducir ninguna buena acción. Se reconoce pecador y se vuelve humildemente a Dios para implorar su misericordia, y la obtiene. Sale del templo «justificado» ante Dios.

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 18,9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:
- Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo».
El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Palabra de Dios.


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