lunes, 25 de noviembre de 2013

01/12/2013 - 1º domingo de Adviento (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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1 de diciembre de 2013

1º domingo de Adviento (A)


TIEMPO DE ADVIENTO

El tiempo de Adviento marca el comienzo del año litúrgico y prepara la celebración de la fiesta de Navidad. Hay que tener en cuenta este doble dato para comprender bien el sentido y la importancia de este primer periodo del calendario litúrgico.
Efectivamente, uno podría desconcertarse al constatar que hay que esperar hasta el cuarto domingo, que a veces cae la víspera de Navidad, para ver que la liturgia evoca, por fin, los hechos directamente relacionados con el nacimiento del Señor: vocación y misión de José en relación con María y el niño que lleva en su seno; anunciación del Señor; visitación de la Virgen a Isabel, la madre de iii a u, el Precursor. Parecería que, habiéndose olvidado de ello hasta entonces, la liturgia se acuerda de pronto de que el Adviento precede inmediatamente a la celebración del nacimiento de Jesús, «en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes» (Mt 2,1).
El primer domingo todos los textos bíblicos proclamados evocan la manifestación del Señor al final de los tiempos y la urgencia por prepararse a este final de la historia de los hombres en la tierra. El segundo y el tercer domingo es la voz de Juan Bautista la que resuena, exhortando a preparar los caminos del Enviado del Señor anunciado por las Escrituras. Ahora bien, esta llamada remite al ministerio público de Jesús, a la misión de la Iglesia, a la predicación del Evangelio. Todo esto demuestra bastante evidentemente que el horizonte del Adviento no se limita al nacimiento del niño Jesús en Belén, considerado como acontecimiento aislado. Aunque sin precedentes y único, este se sitúa dentro de la trama ininterrumpida de la historia de la salvación, desde los orígenes hasta su pleno cumplimiento.
Para captar el verdadero sentido y la importancia decisiva del nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne, hay que considerarlo dentro de la continuidad dinámica de las sucesivas manifestaciones del Señor. Ya antes había venido de múltiples maneras, y ahora, col mando más allá de lo imaginable las expectativas milenarias de los siglos, se ha hecho hombre; viene hoy, y volverá un día en la .gloria. El tiempo de Adviento celebra esta triple venida.
Las pocas semanas que preceden a la fiesta de Navidad constituyen una importante iniciación al misterio insondable de la encarnación, que es el ámbito en el que vivimos desde entonces en la fe y la esperanza.
El tiempo de Adviento es también una notable y fructífera introducción al misterio, al «sacramento», de todo el año litúrgico. Dios ha estado siempre presente en el mundo para hacerle llegar su salvación. Pero «ahora, en esta etapa final» (Hb 1,2), se ha hecho presente entre nosotros a través de Cristo y de su Espíritu. Gracias a la mediación de los signos eficaces de la gracia —palabra, liturgia, sacramentos— participamos, aquí y ahora, tal como somos, personalmente y en la Iglesia, de la salvación que, día tras día, llega al mundo.
Ningún tiempo litúrgico es, por tanto, semejante a los que lo han precedido y que se han vivido antes. Cada celebración no es un simple recuerdo o conmemoración de acontecimientos del pasado, sino un encuentro singular entre Dios, que salva, y la asamblea, por modesta que sea, reunida por invitación suya y en su nombre. Dios actúa siempre de manera nueva, inédita, sorprendente. Por otro lado, nosotros acudimos a esta cita con disposiciones y necesidades que varían sin cesar. La fe, la esperanza, la caridad, la fidelidad a las llamadas del Señor, la generosidad, todo lo que nos constituye ante Dios está en perenne cambio, para mejor o para peor. No caminamos siempre con paso uniforme por una ruta elegida de una vez para siempre y sin desviarnos. Todo contribuye, pues, a que cada año litúrgico sea realmente nuevo.
«En la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en esta, es nuestro descanso y nuestro consuelo».
(SAN BERNARDO, Homilía sobre el Adviento 5, 1-2, Opera omnia, edición cisterciense, 4, 1966, 188-190).

CICLO A

Hoy, como ayer y como siempre, el Señor revela su presencia y su acción en el mundo a través de signos generalmente muy discretos. Por otro lado, a menudo, si no siempre, su manera de actuar desconcierta. Recurre a medios débiles y para realizar sus designios, prefiere a los pequeños y humildes. El, en fin, que es Todopoderoso, que con su palabra creó el universo, muestra una paciencia infinita a la hora de llevar a cabo la obra de la salvación. Reitera incansablemente sus promesas y sus exhortaciones para que no perdamos de vista su manifestación gloriosa al final de los tiempos, término de todas las cosas, y para que nuestra esperanza en ese día siga viva y activa. Mediante la fidelidad a nuestras tareas cotidianas nos preparamos a acoger la salvación que llega sin cesar.

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO A

«De ilusión también se vive». Es lo que se dice habitualmente, con cierta ironía condescendiente, a los optimistas impenitentes que, sean cuales sean las circunstancias, creen siempre en un mañana mejor. «¡Pobres soñadores carentes por completo de realismo! Se crean falsas ilusiones en lugar de afrontar las cosas y las situaciones tal como son». ¿Qué decir entonces de los profetas?
En el siglo VIII antes de nuestra era Isaías preveía el tiempo en que las armas se transformarían en instrumentos de labranza. ¿Cómo creer en semejante profecía mientras ante nuestros ojos millones de hombres, mujeres y niños mueren de hambre, cuando para salvarlos bastaría renunciar a unos cuantos aviones de combate? En cuanto a Jerusalén, cuyo nombre significa «Ciudad de paz»...
Los profetas, hombres de su tiempo, dirigen una mirada lúcida a la situación del mundo en el que están inmersos. Pero, como hombres de esperanza, presienten el porvenir más allá del horizonte: su palabra no engaña. Sí, el día que anuncian llegará. Después de ellos, Jesús renueva esta confianza solemne. Por eso, lejos de dejarnos llevar por la despreocupación y el sueño, urge que nos despertemos, que nos preparemos para el combate decisivo de cada día contra las fuerzas de las tinieblas, «vistiéndonos» del Señor Jesús. Tenemos poco, muy poco tiempo, para prepararnos al acontecimiento que el Hijo del hombre ha prometido.
La esperanza cristiana está tan lejos del fatalismo desengañado, que no espera nada nuevo del futuro, como de los sueños que dejan en la inacción. Conduce, por el contrario, a trabajar con eficacia y valentía para edificar la ciudad que Dios quiere y promete. El es el maestro de obras. Las tareas aparentemente insignificantes que nos encomienda contribuyen a hacer avanzar el proyecto del que desde siempre tiene una clara visión. Son, incluso, indispensables para la realización de su plan de salvación. El optimismo de los cristianos se funda en el optimismo de Dios.
Estas perspectivas y estas certezas se encuentran en el corazón de la oración y la celebración de la eucaristía, que nos recuerda incesantemente que el tiempo que vivimos es el tiempo del Adviento: «Venga a nosotros tu reino!»; «Aguardemos la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo».

PRIMERA LECTURA

Muchedumbres de peregrinos suben a Jerusalén y al templo: es para el profeta una imagen del grandioso cortejo de los pueblos que, «al final de los días», confluirán «a la luz del Señor», en la ciudad cuyo nombre, «Ciudad de paz», indica su destino (Os 3,5; Mi 4,1). Proclamado en el marco de la liturgia, este oráculo evoca el día en que Dios mismo congregará en «la Jerusalén del cielo» (Ap 21) a la multitud inmensa de los que, durante su peregrinación por la tierra, hayan seguido sus caminos.

El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del reino de Dios.

Lectura del libro del profeta Isaías 2,1-5

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:
- Al final de los días estará firme
el monte de la casa del Señor,
en la cima de los montes,
encumbrado sobre las montañas.
Hacia él confluirán los gentiles,
caminarán los pueblos numerosos.
Dirán: venid, subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob.
Él nos instruirá en sus caminos
y marcharemos por sus sendas;
porque de Sión saldrá la ley,
de Jerusalén la palabra del Señor.
Será el arbitro de las naciones,
el juez de pueblos numerosos.
De las espadas forjarán arados;
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra.
Casa de Jacob, ven;
caminemos a la luz del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO

Canto de esperanza de los peregrinos en marcha hacia la «casa del Señor»: al final del camino habrá alegría, unidad, justicia, felicidad, paz.

Salmo 121, 1-2. 4-5. 6-7. 8-9

R.
Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.
R.

Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David. R.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios». R.

Por mis hermanos y compañeros
voy a decir: «La paz contigo».
Por la casa del Señor nuestro Dios,
te deseo todo bien. R.

SEGUNDA LECTURA

Al venir a este mundo, el Hijo de Dios ha inaugurado los últimos tiempos; ya despunta la aurora de la salvación,’ pronto saldrá el Sol. Para adelantar esta hora, dejémonos transformar por el evangelio y por el amor que el Espíritu derramo en nuestros corazones (cf Rm 5,5; 13,10).

Nuestra salvación está más cerca.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13,11-14

Hermanos:
Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.
Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos.

Palabra de Dios.

ALELUYA Sal 84,8

Aleluya, aleluya.
Gloria al Señor que viene,
él es nuestro Juez y Salvador Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. Aleluya.

EVANGELIO

Una doble certeza: el Señor está ya presente en el mundo y también ha de venir al fin de los tiempos. De ahí la necesidad de vivir intensamente lo cotidiano. Nuestros actos nos están juzgando ya, están determinando nuestro porvenir, nos disponen a acoger el día del Hijo del hombre con la alegría de una esperanza finalmente cumplida.

Estad en vela para estar preparados  

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 24,37-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del hombre.
Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:
Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Palabra de Dios.


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