lunes, 4 de noviembre de 2013

10/11/2013 - 32º domingo Tiempo ordinario (C)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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10 de noviembre de 2013

32º domingo Tiempo ordinario (C)


Después de Jericó, «la ciudad de las palmeras», situada a la altura donde, al final del éxodo, los hebreos atravesaron el Jordán, llegamos por fin a Jerusalén, última etapa del itinerario terreno de Jesús. Vienen a su encuentro unos saduceos y le exponen sus objeciones contra la resurrección. Sería un error apresurarse a bromear con la pregunta, como si uno nunca se hubiera encontrado con dificultades semejantes. Lo cierto es que no pocas maneras de hablar de la vida futura plantean, explícita o implícitamente, incluso a los creyentes, cuestiones de este tipo. «Manteneos firmes en las certezas de la fe», dice Jesús. «Vuestro Dios no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos: todos viven y vivirán eternamente de su vida». Tratar de saber cómo, es tan vano como querer imaginarse el rostro del Dios invisible.
Los saduceos no son ni ateos ni agnósticos, sino, por el contrario, hombres de una fe profunda, incluso rígida. Sus objeciones contra la resurrección proceden de una situación espiritual y de una manera de entender la revelación que aún hoy siguen caracterizando a ciertos grupos en la Iglesia. Para los saduceos, al menos para los más «puros», había que atenerse a los cinco primeros libros de la Ley, al Pentateuco, tomado al pie de la letra. No admitían ni la tradición oral como fuente conjunta de la revelación ni el progreso en su comprensión. En su rígido conservadurismo, son lo que hoy llamaríamos «fundamentalistas».
Como suele ocurrir, esta tendencia tenía derivaciones políticas. Cercanos a la autoridad de las fuerzas ocupantes, llegaban, a veces, incluso a perseguir a los fariseos. Al contrario de estos, los saduceos tomaron parte activa en la condena de Jesús. Por lo que se refiere a la resurrección de los muertos, no podían admitirla porque sólo se afirmaba claramente en los escritos bíblicos más recientes, como el libro de los Macabeos: «El rey del universo nos resucitará para la vida eterna»; «Dios mismo nos resucitará».
«Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto», guarden a la Iglesia y a todos los cristianos de la estrechez de espíritu y del rigorismo reduccionista que rechazan el carácter progresivo de la revelación. En cuanto a la resurrección de los muertos, cuya garantía es la resurrección del mismo Jesús, es el eje mismo de la fe cristiana.

PRIMERA LECTURA

La esperanza de una vida después de la muerte nunca estuvo completamente ausente de la Biblia. Pero fue necesario esperar al libro de los Macabeos, hacia el año 120 antes de Cristo, para que se expresara claramente la fe en un más allá personal, en la resurrección corporal de los justos muertos por su fidelidad al «rey del universo».

El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.

Lectura del segundo libro de los Macabeos 7,1-2. 9-14

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.
El mayor de ellos habló en nombre de los demás:
- ¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.
El segundo, estando para morir, dijo:
- Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo enseguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente:
- De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.
El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba a la muerte, dijo:
- Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú en cambio no resucitarás para la vida.

Palabra de Dios.

SALMO

Esperamos la resurrección prometida por Dios. Al despertar nos saciaremos de su semblante.

Salmo 16, 1. 5-6. 8 y 15

R
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío,
inclina el oído y escucha mis palabras. R

A la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. R

SEGUNDA LECTURA

Todos en la Iglesia debemos pedir con fe y confianza a Dios, nuestro Padre, y a Jesucristo, nuestro Señor las gracias necesarias para vivir como cristianos, sin desanimarnos, en un mundo con frecuencia hostil, y orar insistentemente por la difusión del Evangelio.

El Señor os dé fuerzas para toda clase de palabras y obras buenas.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 2,15_3,5

Hermanos:
Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza- os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados; porque la fe no es de todos.
El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del malo. Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado.
Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y esperéis en Cristo.

Palabra de Dios.

ALELUYA Ap 1,5a y 6b

Aleluya. Aleluya.
Tú, Señor eres Dios de vivos.
En ti está la vida eterna. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Jesucristo es el primogénito de entre los muertos;
a él la gloria y el poder
por los siglos de los siglos. Aleluya.

EVANGELIO

Los resucitados vivirán de la vida misma de Dios, liberada de todas las limitaciones y obligaciones de la existencia actual. ¿Cómo? Es totalmente imposible decirlo, y además carece de verdadero interés.

Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 20,27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron:
- Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó:
- En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.

Palabra de Dios.


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