lunes, 25 de noviembre de 2013

01/12/2013 - 1º domingo de Adviento (A)

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1 de diciembre de 2013

1º domingo de Adviento (A)


TIEMPO DE ADVIENTO

El tiempo de Adviento marca el comienzo del año litúrgico y prepara la celebración de la fiesta de Navidad. Hay que tener en cuenta este doble dato para comprender bien el sentido y la importancia de este primer periodo del calendario litúrgico.
Efectivamente, uno podría desconcertarse al constatar que hay que esperar hasta el cuarto domingo, que a veces cae la víspera de Navidad, para ver que la liturgia evoca, por fin, los hechos directamente relacionados con el nacimiento del Señor: vocación y misión de José en relación con María y el niño que lleva en su seno; anunciación del Señor; visitación de la Virgen a Isabel, la madre de iii a u, el Precursor. Parecería que, habiéndose olvidado de ello hasta entonces, la liturgia se acuerda de pronto de que el Adviento precede inmediatamente a la celebración del nacimiento de Jesús, «en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes» (Mt 2,1).
El primer domingo todos los textos bíblicos proclamados evocan la manifestación del Señor al final de los tiempos y la urgencia por prepararse a este final de la historia de los hombres en la tierra. El segundo y el tercer domingo es la voz de Juan Bautista la que resuena, exhortando a preparar los caminos del Enviado del Señor anunciado por las Escrituras. Ahora bien, esta llamada remite al ministerio público de Jesús, a la misión de la Iglesia, a la predicación del Evangelio. Todo esto demuestra bastante evidentemente que el horizonte del Adviento no se limita al nacimiento del niño Jesús en Belén, considerado como acontecimiento aislado. Aunque sin precedentes y único, este se sitúa dentro de la trama ininterrumpida de la historia de la salvación, desde los orígenes hasta su pleno cumplimiento.
Para captar el verdadero sentido y la importancia decisiva del nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne, hay que considerarlo dentro de la continuidad dinámica de las sucesivas manifestaciones del Señor. Ya antes había venido de múltiples maneras, y ahora, col mando más allá de lo imaginable las expectativas milenarias de los siglos, se ha hecho hombre; viene hoy, y volverá un día en la .gloria. El tiempo de Adviento celebra esta triple venida.
Las pocas semanas que preceden a la fiesta de Navidad constituyen una importante iniciación al misterio insondable de la encarnación, que es el ámbito en el que vivimos desde entonces en la fe y la esperanza.
El tiempo de Adviento es también una notable y fructífera introducción al misterio, al «sacramento», de todo el año litúrgico. Dios ha estado siempre presente en el mundo para hacerle llegar su salvación. Pero «ahora, en esta etapa final» (Hb 1,2), se ha hecho presente entre nosotros a través de Cristo y de su Espíritu. Gracias a la mediación de los signos eficaces de la gracia —palabra, liturgia, sacramentos— participamos, aquí y ahora, tal como somos, personalmente y en la Iglesia, de la salvación que, día tras día, llega al mundo.
Ningún tiempo litúrgico es, por tanto, semejante a los que lo han precedido y que se han vivido antes. Cada celebración no es un simple recuerdo o conmemoración de acontecimientos del pasado, sino un encuentro singular entre Dios, que salva, y la asamblea, por modesta que sea, reunida por invitación suya y en su nombre. Dios actúa siempre de manera nueva, inédita, sorprendente. Por otro lado, nosotros acudimos a esta cita con disposiciones y necesidades que varían sin cesar. La fe, la esperanza, la caridad, la fidelidad a las llamadas del Señor, la generosidad, todo lo que nos constituye ante Dios está en perenne cambio, para mejor o para peor. No caminamos siempre con paso uniforme por una ruta elegida de una vez para siempre y sin desviarnos. Todo contribuye, pues, a que cada año litúrgico sea realmente nuevo.
«En la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en esta, es nuestro descanso y nuestro consuelo».
(SAN BERNARDO, Homilía sobre el Adviento 5, 1-2, Opera omnia, edición cisterciense, 4, 1966, 188-190).

CICLO A

Hoy, como ayer y como siempre, el Señor revela su presencia y su acción en el mundo a través de signos generalmente muy discretos. Por otro lado, a menudo, si no siempre, su manera de actuar desconcierta. Recurre a medios débiles y para realizar sus designios, prefiere a los pequeños y humildes. El, en fin, que es Todopoderoso, que con su palabra creó el universo, muestra una paciencia infinita a la hora de llevar a cabo la obra de la salvación. Reitera incansablemente sus promesas y sus exhortaciones para que no perdamos de vista su manifestación gloriosa al final de los tiempos, término de todas las cosas, y para que nuestra esperanza en ese día siga viva y activa. Mediante la fidelidad a nuestras tareas cotidianas nos preparamos a acoger la salvación que llega sin cesar.

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO A

«De ilusión también se vive». Es lo que se dice habitualmente, con cierta ironía condescendiente, a los optimistas impenitentes que, sean cuales sean las circunstancias, creen siempre en un mañana mejor. «¡Pobres soñadores carentes por completo de realismo! Se crean falsas ilusiones en lugar de afrontar las cosas y las situaciones tal como son». ¿Qué decir entonces de los profetas?
En el siglo VIII antes de nuestra era Isaías preveía el tiempo en que las armas se transformarían en instrumentos de labranza. ¿Cómo creer en semejante profecía mientras ante nuestros ojos millones de hombres, mujeres y niños mueren de hambre, cuando para salvarlos bastaría renunciar a unos cuantos aviones de combate? En cuanto a Jerusalén, cuyo nombre significa «Ciudad de paz»...
Los profetas, hombres de su tiempo, dirigen una mirada lúcida a la situación del mundo en el que están inmersos. Pero, como hombres de esperanza, presienten el porvenir más allá del horizonte: su palabra no engaña. Sí, el día que anuncian llegará. Después de ellos, Jesús renueva esta confianza solemne. Por eso, lejos de dejarnos llevar por la despreocupación y el sueño, urge que nos despertemos, que nos preparemos para el combate decisivo de cada día contra las fuerzas de las tinieblas, «vistiéndonos» del Señor Jesús. Tenemos poco, muy poco tiempo, para prepararnos al acontecimiento que el Hijo del hombre ha prometido.
La esperanza cristiana está tan lejos del fatalismo desengañado, que no espera nada nuevo del futuro, como de los sueños que dejan en la inacción. Conduce, por el contrario, a trabajar con eficacia y valentía para edificar la ciudad que Dios quiere y promete. El es el maestro de obras. Las tareas aparentemente insignificantes que nos encomienda contribuyen a hacer avanzar el proyecto del que desde siempre tiene una clara visión. Son, incluso, indispensables para la realización de su plan de salvación. El optimismo de los cristianos se funda en el optimismo de Dios.
Estas perspectivas y estas certezas se encuentran en el corazón de la oración y la celebración de la eucaristía, que nos recuerda incesantemente que el tiempo que vivimos es el tiempo del Adviento: «Venga a nosotros tu reino!»; «Aguardemos la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo».

PRIMERA LECTURA

Muchedumbres de peregrinos suben a Jerusalén y al templo: es para el profeta una imagen del grandioso cortejo de los pueblos que, «al final de los días», confluirán «a la luz del Señor», en la ciudad cuyo nombre, «Ciudad de paz», indica su destino (Os 3,5; Mi 4,1). Proclamado en el marco de la liturgia, este oráculo evoca el día en que Dios mismo congregará en «la Jerusalén del cielo» (Ap 21) a la multitud inmensa de los que, durante su peregrinación por la tierra, hayan seguido sus caminos.

El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del reino de Dios.

Lectura del libro del profeta Isaías 2,1-5

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:
- Al final de los días estará firme
el monte de la casa del Señor,
en la cima de los montes,
encumbrado sobre las montañas.
Hacia él confluirán los gentiles,
caminarán los pueblos numerosos.
Dirán: venid, subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob.
Él nos instruirá en sus caminos
y marcharemos por sus sendas;
porque de Sión saldrá la ley,
de Jerusalén la palabra del Señor.
Será el arbitro de las naciones,
el juez de pueblos numerosos.
De las espadas forjarán arados;
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra.
Casa de Jacob, ven;
caminemos a la luz del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO

Canto de esperanza de los peregrinos en marcha hacia la «casa del Señor»: al final del camino habrá alegría, unidad, justicia, felicidad, paz.

Salmo 121, 1-2. 4-5. 6-7. 8-9

R.
Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.
R.

Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David. R.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios». R.

Por mis hermanos y compañeros
voy a decir: «La paz contigo».
Por la casa del Señor nuestro Dios,
te deseo todo bien. R.

SEGUNDA LECTURA

Al venir a este mundo, el Hijo de Dios ha inaugurado los últimos tiempos; ya despunta la aurora de la salvación,’ pronto saldrá el Sol. Para adelantar esta hora, dejémonos transformar por el evangelio y por el amor que el Espíritu derramo en nuestros corazones (cf Rm 5,5; 13,10).

Nuestra salvación está más cerca.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13,11-14

Hermanos:
Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.
Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos.

Palabra de Dios.

ALELUYA Sal 84,8

Aleluya, aleluya.
Gloria al Señor que viene,
él es nuestro Juez y Salvador Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. Aleluya.

EVANGELIO

Una doble certeza: el Señor está ya presente en el mundo y también ha de venir al fin de los tiempos. De ahí la necesidad de vivir intensamente lo cotidiano. Nuestros actos nos están juzgando ya, están determinando nuestro porvenir, nos disponen a acoger el día del Hijo del hombre con la alegría de una esperanza finalmente cumplida.

Estad en vela para estar preparados  

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 24,37-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del hombre.
Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:
Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Palabra de Dios.


lunes, 18 de noviembre de 2013

24/11/2013 - 34º domingo Tiempo ordinario (C)- Jesucristo Rey del Universo

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24 de noviembre de 2013

34º domingo Tiempo ordinario (C)- Jesucristo Rey del Universo


El pecado, ruptura de la unión con Dios, ha introducido la división entre los hombres y en el corazón mismo de cada uno de ellos. Los desgarros dentro de las familias, los cismas en los pueblos y en la Iglesia son sus tristes manifestaciones. Toda reconciliación, toda reunificación, es un esbozo, una esperanza de redención. Como cuando David, elegido por Dios y aclamado por sus semejantes, reunificó los reinos del norte y del sur. Esta unidad recuperada no pudo resistir al resurgimiento de viejas rivalidades. Pero la tradición bíblica ha visto en David la figura de otro Rey que restauraría definitivamente la unidad, no sólo del pueblo de Dios, sino del universo entero.
Este Rey del universo, por quien Dios «ha querido reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra», es Jesús, el Cristo, «el primogénito de toda criatura», que «es el primero en todo» y en quien «todo se mantiene». Estaba junto a aquel que, «en el principio», creó el universo en perfecta armonía. Y vino para liberamos del pecado y «del dominio de las tinieblas».
Paradójicamente, Cristo manifiesta su poder soberano en la cruz. El pueblo se queda mirando. Los jefes se burlan. Los soldados lo instan a que baje de la cruz. Pero un hombre, clavado también como él en el madero del suplicio, reconoce en Jesús al Justo, que «no ha faltado en nada», al Mesías que, muriendo, puede salvar e introducir en el reino de los cielos. Este condenado interpela valientemente al otro, que ni siquiera tiene el pudor de guardar silencio. Y de este condenado por sus malas acciones se eleva una oración que el salmista dirige frecuentemente a Dios: «Acuérdate de mí». Y añade: «cuando llegues a tu reino». ¿Habrá leído acaso la inscripción colocada encima de aquel a quien él llama simplemente, con familiaridad y ternura, Jesús? En cualquier caso, es el modelo de todos los que, después de él, proclamarán humildemente su confianza en el Rey crucificado, que les dice: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Son palabras que nos dirige cada vez que nos encontramos con él en la oración y en los sacramentos, cada vez que celebramos el misterio de su muerte y resurrección, de su Pascua y de la nuestra, cada vez que comulgamos con su cuerpo entregado y su sangre derramada por la salvación de todos los hombres.

PRIMERA LECTURA

Dios tomó la iniciativa de elegir a David para que fuera rey de su pueblo, pero no se lo impuso. Dejó a las doce tribus el tiempo y la responsabilidad de acoger y reconocer a su elegido.

Ungieron a David como rey de Israel.

Lectura del segundo libro de Samuel 5,1-3

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron:
- Hueso y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: «Tú serás el pastor de mi pueblo, Israel, tú serás el jefe de Israel».
Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Palabra de Dios.

SALMO

Jesús. hijo de David, es Rey del universo, elegido por Dios para congregar a todos los hombres en la unidad y conducirlos hacia la Jerusalén del cielo, la ciudad de la paz y de la alegría.

Salmo 121, 1-2. 4-5

R
Vamos alegres a la casa del Señor.

Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor».
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. R

Allá están las tribus,
las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor.
En ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David. R

SEGUNDA LECTURA

Acción de gracias al Padre, que nos ha hecho capaces de entrar en el reino de su Hijo amado, y canto de alabanza a Cristo, que es «el primero en todo». Esta página tiene la estructura y el estilo de un himno litúrgico. Se ha incluido entre los «cánticos bíblicos» del salterio litúrgico.

Nos ha trasladado al reino de su hijo querido.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,12-20

Hermanos:
Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Palabra de Dios.

ALELUYA

Aleluya. Aleluya.
Cristo salvador, Rey del universo,
gloria y honor a ti. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Bendito el reino que llega,
el de nuestro padre David. Aleluya.

EVANGELIO

Jesús declara en la sinagoga de Nazaret: «Hoy» ha llegado el tiempo de la salvación (Lc 4,21). Cuando Zaqueo se convirtió, dijo.’ «Hoy es la salvación de esta casa» (Lc 19,9). Y en la cruz le dice al malhechor: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». «Hoy», cada uno de nosotros podemos decirle con toda confianza: «Tú que reinas en el paraíso de Dios, acuérdate de mí y sálvame».

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 23,35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús diciendo:
- A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
- Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
- ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro le increpaba:
- ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.
Y decía:
- Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.
Jesús le respondió:
- Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Palabra de Dios.


lunes, 11 de noviembre de 2013

17/11/2013 - 33º domingo Tiempo ordinario (C)

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17 de noviembre de 2013

33º domingo Tiempo ordinario (C)


La liturgia del trigésimo tercer domingo del tiempo ordinario evoca la última venida del Señor. La Biblia habla de ella con frecuencia. Está en el centro de la profesión de fe de los cristianos. Hacia ella está orientada toda celebración sacramental y especialmente la eucaristía, que es memorial del Señor «hasta que vuelva».
Es larga la lista de los acontecimientos devastadores y aterradores que parecían anunciar el fin del mundo. El saqueo de Jerusalén, que quedó borrada del mapa, y la destrucción del Templo, centro único del culto de la alianza, se cuentan entre ellos. Jesús, que lloró ante la idea de los desastres que se cernían sobre la ciudad (Lc 19,41- 44), no pudo contemplar la destrucción del Templo como la de cualquier otro edificio, por muy prestigioso que fuera. Era el fin de un mundo, sí; pero no el fin del mundo. La historia ha conocido otras sacudidas que también parecían anunciar el fin; por ejemplo, lo que se conoce como «las invasiones bárbaras», las grandes herejías que pusieron en peligro el equilibrio de la Iglesia y de la sociedad, el fin de la «cristiandad». Estos terribles acontecimientos no guardan relación con el fin último y, aunque duros de vivir, no deben asustar a los creyentes, ni desanimarlos, ni erosionar su esperanza y su perseverancia. Como tampoco las persecuciones y contradicciones. Con su constancia, los discípulos darán testimonio del Señor, y él mismo será testigo suyo en el momento del juicio que les introducirá definitivamente en la vida.
Una enseñanza tan clara por parte del mismo que «vendrá para juzgar a vivos y muertos» descalifica radicalmente a quienes, sobre todo en periodos de crisis y conmociones de todo tipo, surgen regularmente aquí o allí para anunciar el fin del mundo, la vuelta de Cristo, atreviéndose a veces a pretender que ellos mismos son Cristo que ha vuelto a la tierra. Digan lo que digan y hagan lo que hagan, son impostores. Hay que guardarse de concederles personalmente ningún crédito, poner decididamente en guardia a aquellos que podrían verse seducidos por estos discursos, y liberar de esa trampa a los que han caído en ella.
La serenidad y el ardor deben caracterizar a los cristianos en el cumplimiento de sus tareas diarias. Cada liturgia, especialmente la de la eucaristía, es una nueva visita de Dios. Cada domingo es un «día del Señor», y el año litúrgico es una serie ininterrumpida de domingos.

PRIMERA LECTURA

«Cualesquiera que sean los acontecimientos con los que tengáis que enfrentaros, no os dejéis arrastrar por el miedo», proclamo una profecía del siglo y antes de Cristo que nos ha llegado bajo el nombre de Malaquías «el mensajero».

Os iluminará un sol de justicia.

Lectura del libro del profeta Malaquías 3,19-20a

Mirad que llega el día,
ardiente como un horno:
malvados y perversos serán la paja,
y los quemaré el día que ha de venir
-dice el Señor de los ejércitos-,
y no quedará de ellos ni rama ni raíz.
Pero a los que honran mi nombre
los iluminará un sol de justicia,
que lleva la salud en las alas.

Palabra de Dios.

SALMO

El Señor viene con justicia y rectitud. Su vuelta ¿será para nosotros día de fiesta y de alegría?

Salmo 97, 5-6. 7-9a. 9bc

R
El Señor llega para regir la tierra con rectitud.

Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R

Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan,
aplaudan los ríos, aclamen los montes,
al Señor que llega para regir la tierra. R

Regirá el orbe con justicia,
y los pueblos con rectitud. R

SEGUNDA LECTURA

Es normal y justo que la comunidad se haga cargo del servidor del Evangelio. Pero ninguna vocación autoriza a vivir a expensas de los otros, a comportarse como un parásito. La espera de la venida del Señor no exime a nadie de las condiciones y obligaciones de la vida diaria.

El que no trabaja, que no coma.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3,7-12

Hermanos:
Ya sabéis cómo tenéis que imitar mi ejemplo: no viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie.
No es que no tuviera derecho para hacerlo, pero quise daros un ejemplo que imitar.
Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma.
Porque me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.
Pues a ésos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

Palabra de Dios.

ALELUYA Lc21,28

Aleluya. Aleluya.
Con vuestra perseverancia
salvaréis vuestras almas. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Levantaos, alzad la cabeza:
se acerca vuestra liberación. Aleluya.

EVANGELIO

Los discípulos no deben sorprenderse de tener que sufrir persecución ni dejar- se seducir por los charlatanes. Han de mantenerse firmes. Nada debe debilitar su esperanza. Al final de la prueba, alcanzarán la vida.

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,5-19

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:
- Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron:
- Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
Él contestó:
- Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: «Yo soy» o bien «el momento está cerca»; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida.
Luego les dijo:
- Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.
Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Palabra de Dios.


lunes, 4 de noviembre de 2013

10/11/2013 - 32º domingo Tiempo ordinario (C)

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10 de noviembre de 2013

32º domingo Tiempo ordinario (C)


Después de Jericó, «la ciudad de las palmeras», situada a la altura donde, al final del éxodo, los hebreos atravesaron el Jordán, llegamos por fin a Jerusalén, última etapa del itinerario terreno de Jesús. Vienen a su encuentro unos saduceos y le exponen sus objeciones contra la resurrección. Sería un error apresurarse a bromear con la pregunta, como si uno nunca se hubiera encontrado con dificultades semejantes. Lo cierto es que no pocas maneras de hablar de la vida futura plantean, explícita o implícitamente, incluso a los creyentes, cuestiones de este tipo. «Manteneos firmes en las certezas de la fe», dice Jesús. «Vuestro Dios no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos: todos viven y vivirán eternamente de su vida». Tratar de saber cómo, es tan vano como querer imaginarse el rostro del Dios invisible.
Los saduceos no son ni ateos ni agnósticos, sino, por el contrario, hombres de una fe profunda, incluso rígida. Sus objeciones contra la resurrección proceden de una situación espiritual y de una manera de entender la revelación que aún hoy siguen caracterizando a ciertos grupos en la Iglesia. Para los saduceos, al menos para los más «puros», había que atenerse a los cinco primeros libros de la Ley, al Pentateuco, tomado al pie de la letra. No admitían ni la tradición oral como fuente conjunta de la revelación ni el progreso en su comprensión. En su rígido conservadurismo, son lo que hoy llamaríamos «fundamentalistas».
Como suele ocurrir, esta tendencia tenía derivaciones políticas. Cercanos a la autoridad de las fuerzas ocupantes, llegaban, a veces, incluso a perseguir a los fariseos. Al contrario de estos, los saduceos tomaron parte activa en la condena de Jesús. Por lo que se refiere a la resurrección de los muertos, no podían admitirla porque sólo se afirmaba claramente en los escritos bíblicos más recientes, como el libro de los Macabeos: «El rey del universo nos resucitará para la vida eterna»; «Dios mismo nos resucitará».
«Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto», guarden a la Iglesia y a todos los cristianos de la estrechez de espíritu y del rigorismo reduccionista que rechazan el carácter progresivo de la revelación. En cuanto a la resurrección de los muertos, cuya garantía es la resurrección del mismo Jesús, es el eje mismo de la fe cristiana.

PRIMERA LECTURA

La esperanza de una vida después de la muerte nunca estuvo completamente ausente de la Biblia. Pero fue necesario esperar al libro de los Macabeos, hacia el año 120 antes de Cristo, para que se expresara claramente la fe en un más allá personal, en la resurrección corporal de los justos muertos por su fidelidad al «rey del universo».

El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.

Lectura del segundo libro de los Macabeos 7,1-2. 9-14

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.
El mayor de ellos habló en nombre de los demás:
- ¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.
El segundo, estando para morir, dijo:
- Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo enseguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente:
- De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.
El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba a la muerte, dijo:
- Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú en cambio no resucitarás para la vida.

Palabra de Dios.

SALMO

Esperamos la resurrección prometida por Dios. Al despertar nos saciaremos de su semblante.

Salmo 16, 1. 5-6. 8 y 15

R
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío,
inclina el oído y escucha mis palabras. R

A la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. R

SEGUNDA LECTURA

Todos en la Iglesia debemos pedir con fe y confianza a Dios, nuestro Padre, y a Jesucristo, nuestro Señor las gracias necesarias para vivir como cristianos, sin desanimarnos, en un mundo con frecuencia hostil, y orar insistentemente por la difusión del Evangelio.

El Señor os dé fuerzas para toda clase de palabras y obras buenas.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 2,15_3,5

Hermanos:
Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza- os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados; porque la fe no es de todos.
El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del malo. Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado.
Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y esperéis en Cristo.

Palabra de Dios.

ALELUYA Ap 1,5a y 6b

Aleluya. Aleluya.
Tú, Señor eres Dios de vivos.
En ti está la vida eterna. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Jesucristo es el primogénito de entre los muertos;
a él la gloria y el poder
por los siglos de los siglos. Aleluya.

EVANGELIO

Los resucitados vivirán de la vida misma de Dios, liberada de todas las limitaciones y obligaciones de la existencia actual. ¿Cómo? Es totalmente imposible decirlo, y además carece de verdadero interés.

Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 20,27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron:
- Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó:
- En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.

Palabra de Dios.


domingo, 3 de noviembre de 2013

09/11/2013 - Dedicación de la basílica de Letrán (C)

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9 de noviembre de 2013

Dedicación de la basílica de Letrán (C)


El emperador Constantino I donó a la Iglesia la finca de los Laterani, situada en Roma, en el monte Celio, donde edificó una basílica. El 9 de noviembre del año 324 el papa Silvestre 1 la dedicó al Salvador. Cerca de allí, sobre las ruinas de unas antiguas termas se construyó un baptisterio, reedificado por Sixto III (432-440) y colocado, desde el siglo XII, bajo la advocación de Juan Bautista. Esa es la razón de que se hable de San Juan de Letrán. El palacio adyacente fue hasta 1304 residencia del obispo de Roma. Deshabitado desde entonces a causa de los conflictos que asolaban el barrio, el palacio permaneció abandonado durante mucho tiempo. Cuando los papas volvieron de Aviñón (1377), Nicolás V (1447-1455) trasladó al Vaticano los servicios generales de la Iglesia. Pero la basílica de San Juan de Letrán ha seguido siendo siempre la catedral del obispo de Roma. Esa es la razón de que se celebre el aniversario de su dedicación.
En cada diócesis, la catedral es el signo, el «sacramento» se podría decir, de la unidad en la caridad de la Iglesia local, de la que el obispo es garante y guardián, en comunión con las otras Iglesias. Por eso se celebra en cada diócesis la dedicación de la catedral en la que el obispo tiene su sede. Ahora bien, el obispo de Roma, además de la responsabilidad de su propia diócesis, tiene como ministerio el servicio de la caridad y la unidad en la Iglesia entera. Su catedral es, por tanto, un signo que trasciende los límites de la diócesis. Conmemorar su dedicación es proclamar la unidad y la comunión de todas las Iglesia en comunión con el papa, «pastor de todos los fieles», «siervo de los siervos de Dios», «que preside, con el colegio episcopal, la congregación universal de la Iglesia y garantiza sus diversidades legítimas», por emplear expresiones del concilio Vaticano II.
Pero aun los más venerables santuarios son sólo signos. El único templo verdadero es Cristo. Decir esto no es despreciar los templos edificados por la fe de los fieles, sino proclamar su auténtica dignidad, sin olvidar, no obstante, que ningún edificio, por suntuoso que sea, puede aprisionar nunca a Dios, ni limitar su acción. También la Iglesia debe dar testimonio, con su acción y su comportamiento, de que la salvación está ampliamente abierta a todos.

PRIMERA LECTURA

Una visión que expresa de manera admirable y muy sugerente la significación y, podría decirse, la «vocación» de nuestras catedrales y de la más humilde de nuestras iglesias.

Vi que manaba agua del lado derecho del templo, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

Lectura de la profecía de Ezequiel 47,1-2. 8-9. 12

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo.
Del zaguán del templo manaba agua hacia levante -el templo miraba a levante-. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar.
Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.
Me dijo:
- Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.
A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.

Palabra de Dios.

SALMO

De Cristo brotan las aguas vivas del Espíritu que lo regeneran todo.

Salmo 45, 2-3. 5-6. 8-9

R.
El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:
pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe. R.

SEGUNDA LECTURA

Dichosos los que edifican templos vivos cimentados sobre Cristo y habitados
por el Espíritu. ¡Ay de los que provoquen su ruina!

Sois templo de Dios.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3,9c-11. 16-17

Hermanos:
Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye.
Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.
¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Palabra de Dios.

Aleluya 2 Cro 7,16

Aleluya. Aleluya.
Gloria a Cristo resucitado,
el Templo que Dios ha construido. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Elijo y consagro este templo
—dice el Señor—
para que esté en él mi nombre eternamente. Aleluya.

EVANGELIO

En el evangelio según san Juan, la purificación del templo está en relación directa con la resurrección de Jesús. El, el Señor resucitado y sentado para siempre junto a Dios, es el templo no construido por mano de hombre, en el cual y por el cual los creyentes celebran el culto en espíritu y verdad.

Hablaba del templo de su cuerpo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 2,13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
- Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
- ¿Qué signos nos muestras para obrar así?
Jesús contestó:
- Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
Los judíos replicaron:
- Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Palabra de Dios.