lunes, 13 de enero de 2014

19/01/2014 - 2º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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19 de enero de 2014

2º domingo Tiempo ordinario (A)


EL TIEMPO ORDINARIO

Al tiempo más largo de la liturgia se le da el nombre de «ordinario». Esta denominación puede mover a confusión, ya que en el lenguaje comente se califica así todo aquello que no ofrece un interés particular. Pero en su sentido originario, «ordinario» significa «normal», «habitual», «según el orden de las cosas», lo que no implica ninguna connotación peyorativa. Se habla del «tiempo ordinario» del año litúrgico en este sentido originario.
Durante este periodo la liturgia celebra «de manera habitual» el misterio de la salvación, que se va desplegando día tras día, «según el orden normal de las cosas». Los domingos son, «como es debido», de acuerdo con la tradición, celebración semanal de la Pascua del Señor. El acento recae en la indefectible fidelidad del amor del Padre revelado por su Hijo, en la acción discreta pero perseverante y eficaz del Espíritu, que conduce la creación entera hacia el día en que el retorno glorioso de Cristo inaugure los tiempos nuevos.
Para los cristianos y para la Iglesia, el tiempo ordinario es el tiempo de la fidelidad perseverante a la llamada de Dios, el de la larga marcha, paso a paso, día tras día, en el seguimiento de Cristo. A lo largo de este éxodo, y a medida que pasan los años de su vida, cada cual puede ir descubriendo los horizontes siempre nuevos hacia los que la liturgia, sobre todo en las asambleas dominicales, quiere llamar la atención. Creyentes y comunidades cristianas se ven así estimulados a avanzar constantemente, siguiendo su propio ritmo, con confianza y decisión. A medida que pasa el tiempo se va comprendiendo cada vez mejor el valor de una vida cristiana animada por un dinamismo regular. Es el tiempo de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la oración constante, «con minúsculas», podría decirse. Con la gracia cotidiana, «ordinaria», de Dios, nos hacemos, progresivamente y en todas las edades, adultos en Cristo, miembros más vigorosos de su cuerpo en continuo crecimiento. La verdad es que esta larga sucesión de semanas y domingos es cualquier cosa menos un periodo trivial e insignificante.
La liturgia del tiempo ordinario presenta además una característica sumamente valiosa. En los otros periodos del año litúrgico, que celebran un aspecto particular del misterio, los textos de la Escritura están entresacados de toda la Biblia. Durante el tiempo ordinario, en cambio, se van leyendo sucesivamente, en su orden y de manera casi íntegra, el evangelio según san Mateo (ciclo A), según san Marcos (ciclo B) y según san Lucas (ciclo C). La primera lectura es un texto del Antiguo Testamento elegido en función del evangelio del día. Esta aproximación muestra la continuidad de la revelación divina, así como el desarrollo progresivo de su acción de cara a la salvación de la humanidad. Pero al mismo tiempo pone de manifiesto cómo la venida de Jesús, mediante su enseñanza, sus obras, su muerte y su resurrección, da cumplimiento a las Escrituras y lo lleva todo a su perfección última. Las promesas anteriores adquieren en él pleno sentido. La lectura semanal de una página de lo que se llama el Antiguo —mejor sería decir «Primer»— Testamento recuerda a los cristianos que para entender al Señor y su evangelio hay que remitirse incesantemente a las palabras de Moisés y los profetas (Lc 24,27) y rememorar las «maravillas» realizadas por Dios a lo largo de los siglos.
La liturgia dominical propone, además, la lectura de los pasajes más significativos de las cartas de san Pablo y de Santiago y la carta a los Hebreos. Así las comunidades cristianas están invitadas a acercarse regularmente a una «Mesa de la Palabra» abundante y variada para alimentarse y satisfacer sus necesidades «ordinarias».
Si el tiempo de Adviento, Navidad y Epifanía, la Cuaresma y la Cincuentena pascual se denominan «tiempos fuertes», no significa en absoluto una descalificación del Tiempo ordinario, como si se tratara de un tiempo para cierta relajación. Al contrario: los demás tiempos toman en él su impulso y dinamismo. En el mantillo del Tiempo ordinario va germinando y creciendo silenciosamente la buena semilla. Es el tiempo de la paciencia de Dios, de la vigilancia activa y cotidiana del hombre para que la semilla generosamente arrojada en tierra no se ahogue por los afanes de este mundo (Mt 13,18-23). Las parábolas de la higuera (Lc 13,6-9), el grano de mostaza (Mt 13,31- 32), la semilla que crece por sí sola (Mc 4,26-29) expresan el inestimable valor, la gracia abundante de este largo periodo del año litúrgico, propicio para la maduración de los frutos del Espíritu.
En definitiva, el Tiempo ordinario, bien entendido, está más en armonía con la vida corriente de cada creyente, de las comunidades cristianas, de la Iglesia y del mundo en marcha hacia el encuentro con el Señor, que ha venido, viene y vendrá. Culmina el trigésimo cuarto domingo, con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo.

CICLO A

El primero de los tres ciclos dominicales del tiempo ordinario se caracteriza por el predominio del evangelio según san Mateo, el único que se utiliza desde el tercer domingo hasta el trigésimo cuarto. Durante este periodo se leen casi una tercera parte de los versículos que tratan del ministerio público de Jesús, desde el encarcelamiento de Juan Bautista hasta el discurso sobre el juicio cuando vuelva el Hijo del hombre (4,4—25,46). A medida que se va proclamando la Buena Noticia se van precisando sus exigencias para los cristianos y para las comunidades eclesiales. Por eso este evangelio ha gozado de una gran preponderancia en el uso litúrgico. San Mateo insiste de manera muy especial en el hecho de que la misión del Señor se sitúa dentro de la trama de la historia de la salvación y en continuidad con la revelación anterior, como testimonian las numerosas referencias al Primer Testamento. Se complace en presentar a Jesús como el Maestro y el Señor, con una autoridad sin igual, cuyas enseñanzas han de ponerse en práctica: creer es actuar según la voluntad del Padre que el Hijo nos ha revelado. Por otro lado, desde el segundo hasta el trigésimo cuarto domingo se van leyendo sucesivamente ocho pasajes de la primera carta de san Pablo a los Corintios, dieciséis de la carta a los Romanos, cuatro de la carta a los Filipenses y cinco de la primera carta a los Tesalonicenses.

SEGUNDO DOMINGO TIEMPO ORDINARIA (A)

«La verdad es que no lo conocía, hasta que un día tal palabra suya, tal acto, me reveló de pronto su auténtica y profunda personalidad, su misterio». Es una constatación que se da con bastante frecuencia en relación con personas a las que hemos tratado durante muchos años, a veces incluso desde la infancia. Esta experiencia común la hicieron también, y con mucha mayor razón, los que trataron de cerca a Jesús, empezando por María, su madre (Le 2,50). Por eso no ha de sorprendernos que Juan Bautista diga insistentemente refiriéndose a Jesús: «Yo no lo conocía». Seguramente había oído a sus padres hablar de él con admiración. Seguramente presentía que el hijo de María no era un cualquiera, quizá, incluso, que Dios tenía planes especiales para este primo suyo nacido unos meses después que él. Pero fue necesaria una manifestación divina, la teofanía del bautismo, para que el Precursor viera en Jesús al Hijo de Dios, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esta revelación inicial no impidió que el Precursor tuviera más adelante dudas y vacilaciones (Mt 11,2-3), pero tuvo tanta importancia que el evangelista quiso que los cristianos guardaran memoria de ella. Efectivamente, creyentes han de remitirse constantemente a ella, pensando en su propio bautismo, sin sorprenderse de tener que pasar por momentos de duda o perplejidad. Tanto para el creyente como para la Iglesia, el verdadero rostro de Jesús se va desvelando poco a poco, a lo largo de un itinerario de fe recorrido lenta y laboriosamente. Esto acontece con todos, incluso con aquellos que han tenido la gracia de una iluminación fulgurante.
A lo largo de siglos de espera, el Espfritu ha permitido a esos grandes videntes llamados profetas esbozar los rasgos del Siervo que Dios había de enviar «para que su salvación alcanzara hasta el confín de la tierra». Releídos hoy, estos oráculos adquieren toda su densidad e iluminan con una luz que viene del fondo de los tiempos los rasgos del Señor, de quien Juan Bautista dio testimonio. Nosotros sabemos que, «por Cristo Jesús», Dios santifica a «todos los que invocan el nombre de Jesucristo», y que «la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo están con nosotros».
Pero nadie puede pretender «conocer» plenamente al Señor antes de que llegue la anhelada visión cara a cara (iCo 13,12). Por firme que sea, la profesión de fe ha de seguir siendo humilde.

PRIMERA LECTURA

El Leccionario presenta aquí los versículos del oráculo-poema conocido como el «Tercer canto del Siervo» (Is 49,1-6), que habla de la misión de un personaje misterioso. La tradición cristiana vio muy pronto en él un esbozo de los rasgos del Señor Jesús.

Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación.

Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6

El Señor me dijo:
«Tú -eres- mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-:
«Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Palabra de Dios.

SALMO

Siguiendo las huellas de Cristo, nos atrevemos a decir.’ «Aquí estamos, Señor para hacer tu voluntad. ¡Venga a nosotros tu reino!».

Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 (R.: 8a y 9a)

R.
Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R.

Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R.

SEGUNDA LECTURA

Nunca es indiferente la manera como san Pablo empieza una carta. Al deseo de paz judío (shalom), él añade el de la gracia (charis). Tomada del uso griego, esta palabra evoca en el lenguaje cristiano el don por excelencia ofrecido en Jesucristo a todos sin excepción: la salvación.

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de¡ Señor Jesús sean con vosotros

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,1-3

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.
La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 1,14.12b

Aleluya. Aleluya.
Cristo, Hijo de Dios,
sobre ti ha bajado el Espíritu,
Señor Cordero de Dios,
que quitas el pecado del mundo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.
A cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios. Aleluya.

EVANGELIO

Juan Bautista proclama que «no conocía» verdaderamente a Jesús, su primo, hasta el día en que contempló «al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él». Dice la verdad, porque, sin el testimonio del Espíritu, nadie puede reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Asimismo, sin el testimonio de las Escrituras, ¿quién se atrevería a decir sin vacilar: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»?

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo; al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo:
-«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
"Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. "
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra de Dios.



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