lunes, 28 de abril de 2014

04/05/2014 - 3º domingo de Pascua (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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4 de mayo de 2014

3º domingo de Pascua (A)


DOMINGOS DEL TIEMPO PASCUAL.

Durante los domingos del tiempo pascual se leen todos los años algunas páginas del libro de los Hechos de los apóstoles: en el ciclo A, las que se refieren a los acontecimientos que siguieron inmediatamente a la resurrección del Señor. Tras el relato de los peregrinos de Emaús (Lc 24,13-35), los evangelios se toman de san Juan: la primera parte del discurso de Jesús sobre el buen pastor (Jn 10,1- 10) y luego extractos del discurso de Jesús después de la Cena. La segunda lectura, por su parte, está tomada todos los domingos de la primera carta de san Pedro. Son textos breves, pero densos. En ellos se exhorta calurosamente a situar y vivir la existencia cotidiana en referencia constante al acontecimiento de la Pascua, con la mirada puesta constantemente en Cristo resucitado, tomando conciencia cada vez más viva de lo que hizo y de lo que hoy es para nosotros. Por él y en él, Cordero sin mancha inmolado, nuestra vida ha recuperado su sentido: sabemos adónde vamos. Ocurra lo que ocurra, la fe y la esperanza que ponemos en él deben permitirnos mantenernos firmes en las pruebas. Somos las piedras vivas del templo espiritual que se edifica sobre él, que es la piedra angular. Como miembros del pueblo que es propiedad de Dios, debemos seguir, aunque algunos días cueste, el camino recto por donde el Señor, como buen pastor, nos conduce. Nada podrá empañar entonces nuestra profunda alegría. Todo es gracia y motivo de acción de gracias.

TERCER DOMINGO DE PASCUA.

Los fieles que celebran la eucaristía dominical saben la importancia central que tiene la resurrección de Cristo en la historia de la salvación y en la vida de fe. Entonces, ¿por qué repetirlo con tanta insistencia durante siete semanas?
La fe, especialmente la fe en la resurrección de Cristo, no es una certeza de la que se pueda decir: «Es un asunto ya zanjado, sobre el que no vale la pena volver». La experiencia de los discípulos de Emaús nos lo recuerda. Ellos habían reconocido en Jesús de Nazaret a «un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo». Habían puesto en él toda su esperanza. Han oído el testimonio de las mujeres de su grupo, que habían ido «muy de mañana al sepulcro», y el de aquellos otros que habían constatado la «desaparición» del cuerpo de Jesús. Pero a él no lo han visto. Y se vuelven a su casa, abrumados por la tristeza, cuando un hombre se acerca a ellos por el camino. Ellos le confían la razón de su pena. Entonces aquel forastero comienza a evocar con calma los textos de las Escrituras que anunciaban los sufrimientos del Mesías. Ellos lo escuchan en silencio, sin interrumpirlo, y lo invitan a que se quede a cenar con ellos. El tono de su voz, la manera de hablar de su torpeza para creer, no les ha impactado. Pero cuando aquel desconocido hace los gestos familiares de la bendición y la fracción del pan, los ojos de los dos discípulos se abren y reconocen al Señor. ¿Demasiado tarde? No, porque desaparece de su vista, pero su presencia invisible les inflama de pronto el corazón. Entonces se vuelven a toda prisa a Jerusalén para compartir con los demás la alegría de saber que el que había muerto está vivo.
¿Cómo no ver en esta admirable página del evangelio una parábola del itinerario de la fe pascual? Pasos oscuros alternan con zonas de luz, a veces fulgurante e inesperada, siempre huidiza. En los peores momentos el Señor está ahí, muy cerca, hablándonos en las Escrituras, a las que hay que recurrir sin cesar para comprender lo que sucede, lo que nos sucede. Nuestros hermanos y hermanas en la fe están también ahí, con su propia experiencia, semejante a la nuestra. La liturgia nos proporciona espacios para reponer fuerzas, en los que Dios nos acoge tal como somos, con nuestra fe vacilante. El nos ofrece signos y nos invita a decir, domingo tras domingo, con renovada convicción: «Era verdad, ha resucitado el Señor».

PRIMERA LECTURA

La resurrección del Señor es, desde el día de Pentecostés, el objeto central de la predicación apostólica. Ella es la que permite comprender el sentido de lo que Jesús de Nazaret hizo durante su ministerio, reconocer la acción de Dios en su enseñanza, así como en los signos y prodigios que la acompañaban. Ella da cumplimiento  a las Escrituras y a las promesas divinas. Exaltado a la gloria de Dios, Jesús resucitado nos hace partícipes del Espíritu que él ha recibido en plenitud. Lo que Pedro anuncia aquí es el núcleo del Credo de los cristianos desde los tiempos apostólicos.

No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:
-«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:

"Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón,
exulta mi lengua,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me has enseñado el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia."

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que “no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción", hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos.
Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.»

Palabra de Dios.

SALMO

Beber la copa de Cristo, compartir sus sufrimientos caminando con él por el sendero de la resurrección, de la vida, de la felicidad.

Salmo 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11(R.: 11a)

R.
Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»  
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano.
R.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
R.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
R.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.
R.

SEGUNDA LECTURA

La resurrección de Cristo, objeto y fundamento de la fe y la esperanza de los cristianos, debe inspirar y guiar toda su conducta «al final de los tiempos». Es lo que proclamamos cuando recitamos el Credo y celebramos con gozo l eucaristía dominical.

Os rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17-21

Queridos hermanos:
Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.
Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.
Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

Palabra de Dios.

Aleluya Cf. Lc 24, 32

Aleluya. Aleluya.
Señor Jesús, explícanos las Escrituras;
haz que
arda nuestro corazón
mientras nos hablas. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Señor Jesús, explícanos las Escrituras;
haz que arda nuestro corazón
mientras nos hablas. Aleluya.

EVANGELIO

Los peregrinos de Emaús: una página del evangelio llena de encanto, frescura y finura psicológica, muy típica de San Lucas, cuyo arte como narrador sirve admirablemente a su intención pedagógica. Recuerda el camino que los primeros discípulos tuvieron que recorrer antes de llegar a profesar con certeza: «Era verdad, ha resucitado el Señor». Pero este evangelio fue escrito para cristianos que, no habiendo vivido personalmente el acontecimiento de la Pascua, se encontraban ya en la misma situación que nos encontramos nosotros hoy. Para comprender lo que ocurrió a Jesús de Nazaret, tenemos que remitirnos a las Escrituras. Estas revelan el sentido de los signos, como es el de la tumba vacía. La credibilidad del testimonio y la enseñanza de los apóstoles, la veracidad de la predicación cristiana de todos los tiempos, derivan de su coherencia con lo que dice la Biblia. La «fracción del pan» es la prenda de la presencia del Resucitado entre los suyos. Pero la liturgia no puede prolongarse. Hay que volver a ponerse en camino. Este es el itinerario de la fe pascual, con sus diversas etapas litúrgicas, que remiten a la vida, la cual, a su vez, conduce de nuevo a la celebración del misterio.

Lo reconocieron al partir el pan.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
-«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
-«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
El les preguntó:
-«¿Qué?»
Ellos le contestaron:
-«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
-«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
-«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra de Dios.



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