lunes, 7 de abril de 2014

13/04/2014 - Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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13 de abril de 2014

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (A)


LA SEMANA SANTA

Santa por excelencia es la semana consagrada a la celebración anual de la Pascua del Señor. Grande, la semana en la que los cristianos hacen memoria solemne del misterio central de la fe y de la vida de la Iglesia: Cristo muerto y resucitado para salvación del mundo entero. Semana santa y grande hacia la que asciende la Cuaresma de penitencia y conversión.
Se entra en ella en procesión, con los ramos en la mano, aclamando a Cristo, rey del universo, que ha vencido el pecado y la muerte. Pero, al otro lado de este pórtico triunfal, comienza el arduo camino de la cruz, que se recorre siguiendo los pasos del Siervo de Dios que no ha quedado defraudado. Levantado sobre todo, ha recibido el «“Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Np 2,9-11). Es el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.
El Triduo pascual, cuyo centro es la Vigilia de la noche del sábado, y que acaba con las vísperas del domingo de Pascua, empieza el Jueves santo.
Cada una de las celebraciones litúrgicas de estos tres días pone especialmente de relieve un aspecto, un elemento del misterio de Jesucristo, el Señor: la muerte, la resurrección, la glorificación, su presencia en medio de nosotros. Las grandes celebraciones de estos días santos desarrollan su unidad y nos permiten participar de él.
Semana santa, semana santificadora, en la que nos dejamos guiar por la liturgia, prolongada en la meditación y oración personales, a las que invitan unos textos y unos ritos de una riqueza de contenido y una densidad espiritual inagotables.
«Suba mi oración como incienso a tu presencia y (sea) la elevación de mis manos sacrificio vespertino». Todo cristiano reconoce que debe entenderse esto de la misma Cabeza, pues al declinar el día, ya en la tarde, el Señor, que de nuevo volvería a tomar su alma, la entregó en la cruz voluntariamente; sin embargo, allí estábamos personificados nosotros. ¿Qué pendía de él en el leño? Lo que tomó de nosotros. ¿Cómo podía acontecer que Dios Padre desdeñase y abandonase por algún tiempo al único Hijo, que es un solo Dios con él? Sin embargo, clavando en la cruz nuestra flaqueza, en la cual, según dice el Apóstol, «fue crucificado con él nuestro hombre viejo», clamó con la voz de este hombre diciendo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?». Luego aquel sacrificio de la tarde, la pasión el Señor, la cruz del Señor, la oblación de la hostia saludable, es un holocausto acepto a Dios. Aquel sacrificio vespertino se convirtió en don matutino en la resurrección. Luego la oración que sube pura del corazón piadoso se eleva como incienso de ara santa. Nada hay más deleitable que el olor del Señor; exhalen este olor todos los que creen.
(SAN AGUSTÍN, Enarraciones sobre los Salmos, 140, 5, en Obras completas XXII, BAC, Madrid 1967, 640-641).

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

En Jerusalén, en el siglo IV, el domingo antes de Pascua se celebraba una liturgia que duraba todo el día y que inauguraba lo que se conocía como la «Semana grande». Después de la misa, que se celebraba como de costumbre, el obispo y todo el pueblo se dirigían a la iglesia situada en el monte de los Olivos (la Eleona), donde se proclamaba el evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén. Luego bajaba una procesión hasta la basílica de la Resurrección (Anastasis), donde, aunque ya era tarde, se cantaba el oficio vespertino, llamado «lucernario». A la salida de esta celebración, el archidiácono anunciaba que todos los días de la semana la asamblea se reuniría a primera hora de la tarde, «a las tres», en la iglesia principal, el Martyrium, levantada en el Gólgota.
En Roma, por el contrario, en tiempos del papa san León Magno (440-461), la Semana santa empezaba todavía de manera muy sobria, con una misa dominical durante la cual se leía el evangelio de la pasión según san Mateo. Mas tarde, a instancias de los peregrinos de Jerusalén, esta eucaristía estaría precedida por la procesión de los ramos, que, desde su introducción, tuvo en Occidente el carácter de un cortejo triunfal en honor de Cristo Rey.
Para «hacer como en Jerusalén», esta celebración mantuvo por mucho tiempo cierto el carácter de evocación histórica. Recargada con elementos de diversa procedencia a lo largo de la Edad media, y simplificada con ocasión de la renovación de la Semana santa realizada en 1955, ha adquirido desde la reforma de 1970 una gran sobriedad. Nada distrae del verdadero significado de esta procesión litúrgica. Se ha mantenido la bendición de los ramos, pero puede sustituirse por una oración que habla únicamente de aclamar «a Cristo victorioso» y en la que se pide que «permanezcamos en él dando fruto abundante de buenas obras». Sin embargo, es la lectura del evangelio la que muestra de manera más explícita el sentido y el alcance de la procesión de los ramos.
Se lee alternativamente el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén según san Mateo (ciclo A), san Marcos o san Juan (ciclo B) y san Lucas (ciclo C). Cada uno interpreta el acontecimiento desde un punto de vista particular, pero todos dicen, con palabras casi idénticas, cómo Jesús mismo se encarga de preparar las cosas. Estas precisiones, cuyos detalles evocan los oráculos proféticos, manifiestan discretamente el verdadero sentido de la «entrada gozosa» de Jesús en la ciudad de su Pascua de muerte y resurrección, y hacen pensar en la minuciosa preparación de una liturgia. Se trata evidentemente de un acontecimiento de salvación, de un «misterio», y no de un simple episodio de la vida de Jesús, por memorable que pudiera ser.
Viene luego la misa de la Pasión, así llamada por el evangelio proclamado este domingo. Durante más de quince siglos fue siempre el de san Mateo. En la actualidad se proclaman también el de san Marcos (ciclo B) y el de san Lucas (ciclo C), reservados antes para el lunes y el martes siguientes, y manteniendo la pasión según san Juan su lugar tradicional el Viernes santo.
Tal como se encuentra estructurada actualmente, la liturgia extremadamente sobria del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor constituye un notable pórtico de la Semana santa y, especialmente, del Triduo pascual, que constituye una unidad litúrgica, una única celebración, podría decirse, de la Pascua del Señor, que se desarrolla en tres días.
El acento va pasando sucesivamente de un elemento a otro, pero sin separarlos nunca. Por eso, el Viernes santo, la liturgia de la adoración solemne de la cruz tiene conmovedoras resonancias pascuales.
La celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor da el tono, por así decir. La asamblea cristiana va al encuentro del Señor, al que aclama como Rey del universo. Y lo sigue hasta el Calvario, donde, muerto en la cruz, Dios lo levanta sobre todo, «de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2,8-11).
¡Hosanna en el cielo! 

PROCESION DE LOS RAMOS

EVANGELIO

Los cantos y el comportamiento de los peregrinos llegados a Jerusalén para la Pascua dan testimonio de su esperanza mesiánica (2M 10,6-7; Sal 117,25-26). Rodeado de la muchedumbre entusiasta, Jesús avanza en silencio. Él, «Hijo de David», mensajero de la paz, rey manso y humilde de corazón, viene «en nombre del Señor», «para que se cumpliese lo que dijo el profeta» Zacarías (Za 9,9). Su entrada en la ciudad santa de Jerusalén anuncia su entronización gloriosa en la Jerusalén del cielo, donde todos formarán un solo cuerpo (Is 62,1; Ap 7,9). Los que hoy lo sigan en el camino de su Pascua entrarán con él en la única gloria que no acaba: la que viene del Padre y no de los hombres.

Bendito el que viene en nombre del Señor.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 1-11

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:
-«Id a la aldea de enfrente, encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédrnelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.»
Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta:
«Decid a la hija de Sión: "Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila".»
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
-«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!»
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:
-«¿Quién es éste?»
La gente que venía con él decía:
-«Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea.»

Palabra de Dios.

MISA DE LA PASIÓN

PRIMERA LECTURA

El misterioso «siervo de Dios» visto por Isaías (is 42,1-8; 49,1-6; 50,4-9; 52,13- 53,12) se detiene unos momentos a considerar su misión y el modo como la ha llevado a cabo. A pesar de las persecuciones, ha permanecido fiel a la palabra de Dios escuchada día tras día. Porque, en medio de todo, ha mantenido una confianza total en el Padre, nada ha deteriorado la firmeza de su alma y su profunda serenidad. Por eso la tradición Cristiana de todos los tiempos (Hch 8,26-34) ha Visto en él una figura de Cristo.
  

No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.
El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios.

SALMO

En lo más profundo de su sufrimiento, el Justo sigue teniendo fuerzas para levantar los ojos a Dios, su esperanza. En la misma noche angustiosa de la fe percibe ya la respuesta a su oración, y la acción de gracias empieza a elevarse en su corazón.

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24(R.:2a)

R.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere.» R.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
tenedlo, linaje de Israel. R.

SEGUNDA LECTURA

De rebajamiento en rebajamiento hasta la muerte ignominiosa en la cruz: ese es el itinerario pascual de Cristo, a quien Dios concedió el «Nombre-sobretodo-nombre». A través de una obediencia semejante, opuesta a la desobediencia de Adán, tendremos parte en la gloria de Jesucristo, el Señor.

Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Flp 2,8-9

Cristo, por nosotros,
se sometió incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió
el «Nombre-sobre-todo-nombre».

EVANGELIO

El evangelio de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo tiene resonancias litúrgicas: lo ocurrido durante aquellos días da cumplimiento a las Escrituras; aclara la verdadera identidad de Jesús; anuncia lo que se cumplirá en todos los que lo siguen y les da una prenda de todo ello. Leída a la luz de la palabra de Dios, la Pasión manifiesta que Jesús es el Hijo del hombre sentado a la derecha del Altísimo. Y al final de los tiempos reunirá a todos los pueblos para juzgarlos.
Hay que flotar que san Mateo escribe su evangelio en una época de grave enfrentamiento entre la sinagoga y la joven Iglesia perseguida. De ahí, como ocurre casi siempre en circunstancias parecidas, la evidente falta de matizaciones, que hace al pueblo entero responsable de lo ocurrido. Las relaciones entre judíos y cristianos se han visto por ello trágicamente afectadas durante siglos. Hoy, siguiendo las pautas del Vaticano II, hay que considerar de manera diversa al pueblo al que pertenecía Jesús. Y es que el evangelio hay que leerlo con fe; no para juzgar y condenar a cualquiera creyendo justificarse a sí mismo, sino, por el contrario, para tomar conciencia de la propia responsabilidad. Todos tenemos que tomar posición ante el Hijo del hombre, puesto que la última etapa de la historia de la salvación comenzó el día en que Cristo murió en la cruz: la resurrección de santos y los fenómenos cósmicos mencionados por el evangelista remiten a los acontecimientos del final de los tiempos. Entonces tendrá lugar el juicio que sólo a Dios pertenece.
Ni guardias, ni sellos, nada puede retener el poder divino: él es el que resucita a Jesús, y él será el que devuelva la vida a nuestros cuerpos mortales. Aquel a quien han visto morir «las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo» y los soldados de guardia en el monte Calvario, aquel a quien José de Arimatea «envolvió en una sábana limpia y puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca», es verdaderamente el Hijo de Dios.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

+ Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 26, 14-27, 66

¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
D. -«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?

C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
D. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó
+ -«Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."»
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Uno de vosotros me va a entregar.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ -«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
D. -«¿Soy yo acaso, Señor?»
C. Él respondió:
+ -«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido. »
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
D. -«¿Soy yo acaso, Maestro?»
C. Él respondió:
+ -«Tú lo has dicho.»

Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre.

C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ -«Tornad, comed: esto es mi cuerpo.»
C. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
+ -«Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. »
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.

Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.

C. Entonces Jesús les dijo:
+ -«Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño." Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
C. Pedro replicó:
D. -«Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
C. Jesús le dijo:
+ -«Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»
C. Pedro le replicó:
D. -«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

Empezó a entristecerse y a angustiarse

C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ -«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces dijo:
+ -«Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ -«Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ -«¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. »
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ -«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras.
Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ -«Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»

Echaron mano a Jesús para detenerlo.

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
D. -«Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
D. -«¡Salve, Maestro!»
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ -«Amigo, ¿a qué vienes?»
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ -«Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ -«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso.

C. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
O. -«Éste ha dicho: "Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días."»
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
O. -«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
O. -«Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
C. Jesús le respondió:
+ -«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
O. -«Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
C. Y ellos contestaron:
M. -«Es reo de muerte.»
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
M. -«Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»

Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces

C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
O. -«También tú andabas con Jesús el Galileo.»
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
D. -«No sé qué quieres decir.»
C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
O. -«Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
C. Otra vez negó él con juramento:
D. -«No conozco a ese hombre.»
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
O. -«Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
D. -«No conozco a ese hombre.»
C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador.

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.

C. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
D. -«He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
C. Pero ellos dijeron:
O. -«¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
O. -«No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.»

¿Eres tú el rey de los judíos?

C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
O. -«¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús respondió:
+ -«Tú lo dices.»
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
O. -«¿No oyes cuántos cargos presentan contra fi?»
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
O. -«¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías? »
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
O. -«No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
O. -«¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
C. Ellos dijeron:
M. -«A Barrabás. »
C. Pilato les preguntó:
O. -«¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Contestaron todos:
M. -«Que lo crucifiquen.»
C. Pilato insistió:
O. -«Pues, ¿qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
M. -«¡Que lo crucifiquen!»
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
O. -«Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
C. Y el pueblo entero contestó:
M. -«¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

¡Salve, rey de los judíos!

C. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
M. -«¡Salve, rey de los judíos!»
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Crucificaron con él a dos bandidos.

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.

C. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
M. -«Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
O. -«A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

Elí, Elí, lamá sabaktaní.

C. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ -«Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
C. (Es decir: + -«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
M. -«A Elías llama éste.»
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber.
Los demás decían:
M. -«Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
O. -«Realmente éste era Hijo de Dios.»
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

José puso el cuerpo de Jesús en el sepulcro nuevo.

C. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.

Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.

C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
O. -«Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: "A los tres días resucitaré." Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos." La última impostura sería peor que la primera.»
C. Pilato contestó:
O. -«Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis. »
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

Palabra de Dios.



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