lunes, 21 de abril de 2014

27/04/2014 - 2º domingo de Pascua (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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27 de abril de 2014

2º domingo de Pascua (A)


TIEMPO PASCUAL

A pesar de ser cumbre y fundamento de todo el año litúrgico, el tiempo pascual parece llamar menos la atención de los fieles y movilizar menos que el tiempo de Adviento y, sobre todo, el de Cuaresma. Esto se debe, seguramente, al hecho de que la cincuentena pascual puede parecer una extensa llanura que se atraviesa sin mucho esfuerzo, mientras que el ascenso requiere una especial energía y dinamismo. Este modo de considerar y vivir el tiempo pascual conduce a pasar de largo ante la gracia de que es portador. Toda la vida cristiana está completamente marcada por el signo de la Pascua de Cristo, y en el corazón de cada celebración eucarística y sacramental. El tiempo pascual lo recuerda con insistencia, y ofrece a todos los creyentes, a las comunidades cristianas y a la Iglesia entera la oportunidad de tomar mayor conciencia y de integrar mejor en su existencia cotidiana esta dimensión fundamental de la fe. La primera lectura de todos los domingos está tomada del libro de los Hechos de los apóstoles. Se trata de una especie de crónica de la Iglesia apostólica. El autor, san Lucas, relata una serie de acontecimientos que van desde el nacimiento de la primera comunidad cristiana en Jerusalén hasta la fundación de la de Roma. Extrae el sentido de todo ello y expone su significado para toda la Iglesia y su futuro. Muestra especialmente cómo la fe en la resurrección del Señor y la docilidad al Espíritu Santo animaban a los apóstoles, a los recién convertidos y a las diversas comunidades. Así se explica el rápido desarrollo de la Iglesia y su difusión por el mundo. Por eso el libro de los Hechos de los apóstoles sigue siendo hoy una referencia preciosa y estimulante. Las circunstancias y situaciones han cambiado, los retos que hay que afrontar son inesperados, a menudo inéditos. Que las Iglesias y comunidades cristianas de hoy, lo mismo que aquellas de las que hablan los Hechos de los apóstoles, se mantengan a la escucha del Espíritu, que den pruebas del mismo entusiasmo y audacia misioneros, sin replegarse cobardemente sobre sí mismas ni crisparse por sus problemas internos.
La segunda lectura está tomada siempre de un escrito apostólico. La primera carta de san Pedro (ciclo A), una especie de carta pastoral circular, escrita seguramente poco antes de la persecución de Nerón (el año 64), está dirigida a los cristianos dispersos por «el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia», regiones correspondientes al norte y noroeste de la actual Turquía. El comportamiento de estos discípulos, que no son ciertamente neófito, intriga e irrita a quienes los rodean. Que no se dejen abatir, que se alegren más bien, porque son partícipes de la gloria de Cristo: dan testimonio de su resurrección.
La primera carta de san Juan (ciclo B) revela un parentesco literario y doctrinal evidente con el cuarto evangelio: nada de pin desarrollado de manera lógica, lineal, deductiva, nada de razonamientos Como en los grandes discursos del evangelio, el autor retorna sin cesar los mismos temas fundamentales, que se articulan en tomo a una idea central: estamos en comunión con Dios por la fi y el amor. De lo que se trata, pues, desde el principio hasta el fin, es de la vida cristiana ordinaria.
El Apocalipsis de san Juan (ciclo C) pertenece a un género literario que no está representado en ningún otro escrito del Nuevo Testamento. Se trata de un libro extraño, con numerosas visiones, de un surrealismo a menudo desconcertante. Más allá de un ambiente indudablemente catastrófico, esta «revelación» proclama n mensaje de esperanza. Se inicia y concluye con una evocación grandiosa de la manifestación del Hijo del hombre, Cristo resucitado, cuya victoria es celebrada en el cielo y de la que participan todos los que han creído en él.
En cuanto a los evangelios de los domingos, están siempre tomados de san Juan, con excepción de los correspondientes al tercer domingo de los ciclos A y B, que están tomados de san Lucas, y recogen el relato del encuentro de Jesús con los dos discípulos que iban de camino a Emaús (Lc 24,13-35 y 24,35-48).
A través de este sinuoso itinerario, el Tiempo pascual ofrece la posibilidad de descubrir y contemplar, a niveles diferentes y desde distintos puntos de vista, la inagotable riqueza y las innumerables implicaciones del misterio central de la fe cristiana, a fin de integrarlo progresivamente y de manera cada vez más perfecta en la vida cotidiana.

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (C)

El capítulo 20 del evangelio según san Juan acaba con el relato de dos apariciones del Resucitado. Son como las dos hojas de un díptico. En ambas el Señor ocupa el centro. Pero en una se dirige al conjunto de los discípulos que lo rodean, y en la otra, que evoca una nueva aparición «a los ocho días», destaca la figura de Tomás, ausente en la anterior manifestación del Señor. El paralelismo de las dos composiciones y los detalles que caracterizan a cada una de ellas ponen de relieve la complementariedad de sus enseñanzas.
«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana», es el Señor mismo en persona quien anuncia el mensaje pascual a los discípulos, que «se llenaron de alegría»: él está vivo; a partir de ahora nada podrá impedir que se encuentre con ellos; les trae la paz, les otorga el Espíritu Santo, los envía a dar testimonio de su resurrección y a liberar a todos los hombres de las ataduras del pecado. «A los ocho días» se trata más directamente de los que «crean sin haber visto», aceptando el testimonio de los apóstoles y de los discípulos de las generaciones sucesivas. La proclamación de este evangelio se ha introducido todos los años el segundo domingo de Pascua, ya que relata una aparición del Resucitado que el mismo evangelista sitúa a los ocho días de la resurrección del Señor.
Los otras lecturas, por el contrario, varían según el ciclo. En primer lugar se encuentran tres cuadros, tomados del libro de los Hechos de los apóstoles, que describen en pocas pinceladas la Iglesia apostólica inmediatamente posterior a la resurrección. Las comunidades cristianas de todos los tiempos han visto en ellos el ideal que debían esforzarse en imitar.
Viene a continuación el anuncio, en forma de acción de gracias, de la Buena Noticia de la Pascua tal como la proclama la primera carta de san Pedro (ciclo A); el recuerdo de las consecuencias y las exigencias de la fe en Cristo (primera carta de san Juan: ciclo B), y, finalmente, un icono de Cristo en la gloria pintado a grandes rasgos por el autor del Apocalipsis (ciclo C).
El segundo domingo de Pascua sitúa así el Tiempo pascual en continuidad y en unidad con la celebración del misterio central de la fe cristiana, que ha de iluminar y guiar la vida de los creyentes.

PRIMERA LECTURA

La palabra anunciada por los apóstoles, la vida fraterna, la oración y la eucaristía, llamada también « fracción del pan», construyen la Iglesia, asamblea de los discípulos de Cristo resucitado, que da testimonio de la presencia del Señor en medio de los suyos. Esto es lo que quiso ser la comunidad primitiva y el ideal al que debe tender toda comunidad cristiana.

Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Palabra de Dios.

SALMO

Cristo, «derribado» por los hombres, «ayudado» por Dios, salvado por su Padre, es hoy para nosotros la puerta de la salvación.

Salmo 117, 2-4. 13-15. 22-24(R.: 1)

R.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.
R.

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos.
R.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
R.

SEGUNDA LECTURA

« ¡Bendito!». Desde la oración judía a la carta a los Efesios (1,3-4), pasando por el Benedictus (Lc 1,38) y la segunda carta a los Corintios (1,3-7), la alabanza y la acción de gracias, que jalonan toda la Biblia, están en el corazón mismo de la vida y de la liturgia de los cristianos. Culminan en la eucaristía, celebrada incluso cuando la adversidad y el dolor nos entristecen. Y es que nada debería ahogar nunca la fe y la esperanza de los fieles. Cristo ha resucitado; por él, Dios nos ha hecho renacer; con él entraremos en posesión de la herencia que tenemos reservada en el cielo. Allí enjugará las lágrimas de nuestros ojos, porque seremos para siempre semejantes a él, y cantaremos eternamente sus alabanzas (Plegaria eucarística III).

Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo.
No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

Palabra de Dios.

Aleluya Jn 20, 29

Aleluya, aleluya.
Jesús se puso en medio de ellos y les dijo:
Paz a vosotros. Aleluya.
No seáis incrédulos, sino creyentes.
Yo soy vuestro Señor y vuestro Dios. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Porque me has visto, Tomás, has creído
-dice el Señor-.
Dichosos los que crean sin haber visto. Aleluya.

EVANGELIO

Dos apariciones del Resucitado que tiene lugar en domingo, como la visión del libro del Apocalipsis. El Viviente que se presenta en medio de los suyos es el mismo que ha sido crucificado y sepultado. Los Apóstoles constatan esta identidad, que pertenece al núcleo de la fe en la resurrección del Señor. La fe de la Iglesia se apoya en su testimonio unánime, reforzado por la experiencia singular de Tomás, situado en cierto modo entre dos generaciones de creyentes. Siendo solidario de los primeros testigos de la resurrección, tiene que hacer suyo el testimonio de los otros. Su comportamiento no lo convierte en prototipo de los que esperan a ver para creer. Como no cesa de repetir san Juan, lo que nos recuerda es que la fe está más allá de los testimonios que la acreditan. Implica y exige un reconocimiento personal de aquel a quien se dice: «¡Señor mío y Dios mío!». La respuesta del Señor: «No seas incrédulo, sino creyente», exhortación  apremiante más que reproche, va dirigida desde entonces a cada uno de nosotros. «Dichosos los que crean sin haber visto»; estas son las últimas palabras que el evangelio dirige a todos los que creen que Jesús es el «Mesías, el Hijo de Dios» y, creyendo, reciben de él el perdón de los pecados y la efusión del Espíritu, con la misión de llevar al mundo la Buena Noticia de su resurrección.

A los ocho días, llegó Jesús.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
-«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
-«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
-«Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
-«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
-¡Señor Mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
-¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creas que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra de Dios.




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