lunes, 21 de julio de 2014

27/07/2014 - 17º domingo Tiempo ordinario (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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17º domingo Tiempo ordinario (A)


El nombre de Salomón evoca el recuerdo de un hombre dotado de sabiduría proverbial. Un día, como está escrito en primer libro de los Reyes, Dios le dijo: «Pídeme lo que quieras». A esta propuesta Salomón contesta sin dudar: «Concédeme discernir el mal del bien». Sabiendo que este discernimiento pertenece sólo a Dios, a quien nadie puede arrebatárselo, el rey pide humildemente la gracia de participar de él. Es escuchado. Y así estará en condiciones de asumir la misión que Dios le ha confiado en medio de su pueblo.
Jesús, descendiente lejano de Salomón (Mt 1,1.6), proclama la Buena Noticia de la venida inminente del reino de los cielos (Mt 4,17). Revela, con el lenguaje sencillo y familiar de las parábolas, el misterio de su crecimiento lento y laborioso, hasta el día de su plena manifestación al final de los tiempos. Es como un tesoro de gran valor, todavía escondido. Para adquirirlo, hay que renunciar con alegría a todos los demás bienes, vender todo lo que se tiene. Los humildes, la gente sencilla, los que entienden las cosas del corazón, que es a quienes Jesús se dirige, son capaces de entenderlo. Con su sabiduría, que procede de Dios y de la que el mismo Jesús se sorprende (Mt 11,25), no dudan en sacar las consecuencias prácticas de esta enseñanza del Maestro, que es verdaderamente «más que Salomón» (Mt 12,42).
No se muestran escandalizados por la paciencia de Dios, que no tiene prisa en separar el trigo de la cizaña, los buenos de los malos. Comprenden que Dios actúa así por misericordia, por dejar a todos tiempo suficiente para que se conviertan. Esperan con el Señor que muchos, maravillados de tanta magnanimidad, acaben abriéndose al amor del Padre, el único que puede justificarnos y nos llama a compartir un día la gloria de su Hijo.
El «discurso en parábolas», que leemos en el evangelio según san Mateo a partir del decimoquinto domingo, posee una riqueza inagotable. Los «escribas que entienden del reino de los cielos» pueden sacar de él incesantemente, en la oración y en la meditación, nuevas enseñanzas adaptadas a las diversas circunstancias, a menudo inéditas, de su vida. Pueden contar, además, con la sabiduría de Dios, que sabrá hacer que «a los que lo aman todo les sirva para el bien».

PRIMERA LECTURA

A los que se lo piden, Dios les concede, junto a «un corazón sabio e inteligente», el espíritu de discernimiento necesario para llevar a cabo su propia vocación. Estos dones, más que cualquier otro, permiten participar de la sabiduría divina que gobierna el universo y orienta hacia el Reino.

Pediste discernimiento.

Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: -«Pídeme lo que quieras.»
Respondió Salomón:
-«Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?»
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo:
-«Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.»

Palabra de Dios.

SALMO

Conocer y acoger con gratitud la palabra de Dios, bien por excelencia, y conformarse a ella con amor: en eso consiste la sabiduría suprema, la prenda de la felicidad.

Salmo 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130 (R.: 97a)

R.
¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras.
Más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R.

Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
cuando me alcance tu compasión,
viviré, y mis delicias serán tu voluntad. R.

Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira. R.

Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R.

SEGUNDA LECTURA

Una cosa es cierta. Cuando respondemos al amor de Dios, se nos da todo: la adopción filial en su Hijo, la justificación, las arras de la gloria.

Nos predestinó a ser imagen de su Hijo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-30

Hermanos:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio.
A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos.
A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios.

Aleluya Cf. Mt 11, 25

Aleluya. Aleluya.
Bendito seas, Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo:
Tú das el tesoro del reino
a los que lo venden todo para comprarlo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has revelado los secretos del reino
a la gente sencilla. Aleluya.

EVANGELIO

El tiempo presente ofrece la posibilidad de adquirir el tesoro inestimable del reino de los cielos. El momento de «separar a los malos de los buenos», comparados en Otro lugar a la cizaño y el trigo, llegará «al final del tiempo».

Vende todo lo que tiene y compra el campo.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron:
-«Sí.»
Él les dijo:
-«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Palabra de Dios.



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