lunes, 8 de septiembre de 2014

14/09/2014 - 24º domingo Tiempo ordinario (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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24º domingo Tiempo ordinario (A)


Confesión del pecado y de la misericordia de Dios, intercesión y acción de gracias, van siempre de la mano en la Biblia. Los salmos dan abundante testimonio de ello. Cuando se dirige a Dios para expresar su agradecimiento evocando los beneficios recibidos, para pedirle que los renueve, o para implorar su auxilio en la necesidad, el salmista se presenta siempre ante el Señor reconociéndose pecador. Pero no se presenta delante de él como un culpable abrumado por el peso de sus culpas, temblando ante la mirada acusadora de su señor irritado. El pecado es un acto de ingratitud hacia Alguien cuyo amor herido permanece intacto, pero siempre está dispuesto a perdonar a todo el que se acoge a su infinita ternura.
La experiencia renovada de esta conducta constante de Dios implica el deber de perdonar del mismo modo las ofensas que los otros nos infligen a nosotros.
Jesús recordó la equivalencia de los dos mandamientos del amor a Dios y el amor al prójimo. La llamada «ley del talión» tenía como finalidad impedir las represalias, las venganzas y los castigos desproporcionados al crimen cometido y al daño causado. Jesús va mucho más allá: manda amar incluso a los enemigos y orar por ellos. Los cristianos, deudores insolventes a los que Dios perdona sus deudas, deben perdonar constantemente y sin ningún tipo de cálculos: «setenta veces siete».
De ello depende la autenticidad de su pertenencia a Cristo, a la que se remiten, del culto que celebran, de su oración y, en fin, de su justicia ante Dios. Que el Espíritu, que hace de ellos una comunidad de hijos del Padre misericordioso, venga en ayuda de su debilidad. Entonces podrán decir con toda confianza, diariamente, y en el momento de recibir el cuerpo y la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, la oración que el mismo Señor nos enseñó: «Padre nuestro, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

PRIMERA LECTURA

Es imposible apelar a Dios y a la alianza, obtener el perdón de los propios pecados, cuando uno mismo no es capaz de perdonar a los demás.

Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.

Lectura del libro del Eclesiástico 27,33-28, 9

Furor y cólera son odiosos; el pecador los posee.
Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas.
Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.
¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?
No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?
si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados?
Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.
Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Palabra de Dios.

SALMO

Dios no nos guarda nunca rencor por nuestras ofensas. Por su ternura, perdona siempre todas las culpas.

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 (R.: 8)

R.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
R.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura.
R.

No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
R.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
R.

SEGUNDA LECTURA

Valorar todo lo que nos ocurre, todo lo que tenemos que hacer en función de nuestra pertenencia a Cristo, es un principio que conlleva, sin duda, innumerables exigencias, pero que establece un clima de libertad que ninguna legislación moral puede crear.

En la vida y en la muerte somos del Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para si mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor.
Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Palabra de Dios.

Aleluya. Jn 13, 34

Aleluya. Aleluya.
Nuestro Padre del cielo
nos trata con paciencia y compasión.
Perdonemos como él: de corazón y sin rencor. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Os doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-:
que os améis unos a otros,
como yo os he amado. Aleluya.

EVANGELIO

Equivaliendo un denario a un jornal (Mt 20,2), y diez mil talentos a sesenta millones de denarios, queda claro el volumen de la deuda. La deuda que Dios perdona a los que invocan su misericordia es una deuda imposible de valorar y de saldar. Entonces ¿cómo es posible mostrarse duro y despiadado con los otros, que nos deben tan poco, y decir: «Perdona nuestras ofensas»?

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:
-«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta:
-«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo."
El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes."
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo:"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré."
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?"
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Palabra de Dios.



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