lunes, 27 de octubre de 2014

2/11/2014 - Conmemoración de todos los fieles difuntos (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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Conmemoración de todos los fieles difuntos (A)


Recordar a los familiares y amigos desaparecidos, a las personas cuya vida, obras e influencia nos han marcado, llegando incluso a darles culto, es la cosa más difundida y natural del mundo. Monumentos funerarios y conmemorativos, y hoy fotografías colocadas en lugares destacados de las casas, dan abundante testimonio de ello. Pero para los cristianos, el recuerdo de los muertos va acompañado de la oración de intercesión por «todos los difuntos, cuya fe sólo Dios conoce». Así es como, desde la segunda mitad del siglo II, se encuentran testimonios de oración litúrgica por los difuntos en el norte de África. A partir del siglo IV los testimonios son abundantes. Sin embargo, no será hasta bastante más tarde, por iniciativa de san Odilón, abad de Cluny (994-1049), cuando se instaure y fije el día 2 de noviembre la Conmemoración de todos los fieles difuntos. El santo abad ordenó que se celebrara en todos los monasterios de la orden, lo que tuvo lugar por primera vez el 2 de noviembre del año 998. Desde allí se difundió muy rápidamente por toda la Iglesia latina.
Silos creyentes tienen hacia los difuntos los mismos sentimientos que cualquier otra persona, también se ven igualmente asaltados por los mismos interrogantes, múltiples y angustiosos, a propósito de la muerte. Efectivamente, la fe no deja insensible ante la perspectiva del final de toda vida terrena. Para ellos, como para todos los demás, es algo incomprensible. Aunque uno pueda asumir su propia muerte, puesto que es inevitable, no deja de resultar escandalosa cuando se trata de seres que acaban de nacer a la vida, de niños, hombres y mujeres que parecen tener un largo futuro por delante, en quienes se habían puesto grandes esperanzas, víctimas inocentes de estúpidos accidentes o de una violencia gratuita. «¿,Por qué, Señor?», dicen entonces los creyentes con un grito de fe, en el que se mezclan las lágrimas y la indignación. «Padre, ¿por qué me has abandonado?», gemía Jesús en la cruz. El cielo permanece mudo. Pero «Cristo ha resucitado de entre los muertos; y, con él, también nosotros resucitaremos». Sólo esta certeza puede darnos la fuerza necesaria para decir en medio de la noche más profunda: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».

PRIMERA LECTURA

Esta primera lectura es del Libro de las Lamentaciones y nos presenta, precisamente, el lamento de quien espera ya, en silencio la salvación del Señor, aunque no hurta explicar su desánimo. Es un texto duro, sin duda.

Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor.

Lectura del libro de las Lamentaciones 3,17-26

Me han arrancado la paz
y ni me acuerdo de la dicha;
me digo: se me acabaron las fuerzas
y mi esperanza en el Señor.
Fíjate en mi aflicción y en mi amargura,
en la hiel que me envenena;
no hago más que pensar en ello
y estoy abatido.
Pero hay algo que traigo a la memoria
y me da esperanza:
que la misericordia del Señor no termina
y no se acaba su compasión;
antes bien se renuevan cada mañana.
¡Qué grande es tu fidelidad!
«El Señor es mi lote», me digo,
y espero en él.
El Señor es bueno para los que en él esperan
y lo buscan;
es bueno esperar en silencio
la salvación del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO

Gritar a Dios es esperar. Confesar el propio pecado es creer en el perdón. En medio de las tinieblas que nos rodean, brillan ya los primeros resplandores de la Pascua de Cristo.

Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8

R
Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor:
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón
y así infundes respeto. R

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora. R

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R

SEGUNDA LECTURA

Por Jesucristo y en él, se cumplen todas las promesas de Dios. El hombre “ha muerto al pecado” en la cruz del Hijo de Dios, cabeza de la nueva humanidad. Y “vive para Dios” desde el día en que el Señor, primogénito de entre los muertos, subió a los cielos, donde reina para siempre junto al Padre. Este paso de la muerte del pecado a la vida divina, se efectúa en cada uno de nosotros en el momento del bautismo, prenda de la vida eterna hacia la cual, desde este momento, podemos y debemos progresar día tras día.

Andemos en una vida.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6,3-9

Hermanos:
Los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte.
Por el Bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
[Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya.
Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado.]
Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Jn 11, 25a.26

Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor;
el que cree en mi no morirá jamás.

EVANGELIO

Las preguntas algo ingenuas de Tomás, en la que muchos pueden reconocerse, son ocasión para aclarar unos cuantos puntos fundamentales. Jesús en persona es el camino, y la verdad y la vida. Conocerlo a él es conocer al Padre, que es uno con él. Creer lleva a hacer las mismas obras que acreditan al Hijo. Verdaderamente la fe no tiene nada que ver  con los sueños que llevan a evadirse de la realidad. Está orientada decididamente hacia el presente y compromete la responsabilidad de los creyentes en el mundo y en la Iglesia “ya desde ahora”.

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14,1-6

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dice:
- Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?
Jesús le responde:
- Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.

Palabra de Dios.



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