lunes, 27 de enero de 2014

02/02/2014 - La Presentación del Señor (A)

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2 de febrero de 2014

La Presentación del Señor (A)


La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, al igual que otras fiestas que recuerdan algún misterio de la vida de Cristo, localizado en un santuario determinado, tuvo su origen en Jerusalén, donde existen testimonios que remontan esta costumbre al siglo IV, que se ceñía rigurosamente a lo que dice el evangelio. Cuando esta fiesta se extendió por Siria en el siglo VI, se le dio en Constantinopla el nombre de «Encuentro» (Hypapant, en griego). Al pasar a Occidente en la segunda mitad del siglo VI, se celebrará, como sigue siendo todavía hoy, cuarenta días después de la Natividad del Señor, o sea, el 2 de febrero. Más tarde, hacia el año 750, en las Galias tomó el nombre de «Purificación de la Virgen María», nombre que conservó hasta 1969. En Roma, donde la misa tenía lugar al alba, el papa Sergio 1(687-701) hizo que a la misa le precediera una procesión en la que todos llevaban un cirio; de ahí el nombre popular de «la Candelaria». Con su denominación actual de «Presentación del Señor en el templo», recobró su orientación inicial de celebración vinculada al misterio de la encarnación del Hijo de Dios.
Desde su nacimiento, Jesús es el mensajero de la Buena Noticia, de la salvación anunciada en repetidas ocasiones por los profetas, enviados a preparar los corazones para su venida. El, el Hijo de Dios, quiso ser totalmente solidario con los hombres, sometiéndose como ellos a la ley y a todas las limitaciones de la vida humana. Pasó por las diversas etapas del crecimiento humano, bajo la autoridad de sus padres, educado por ellos en la sabiduría y la gracia de Dios que lo acompañaban. Conoció en su propia carne las pruebas de la condición humana, incluida la muerte. Dios verdadero y hombre verdadero, es el sumo sacerdote que libera a los hombres del pecado y se compadece de sus sufrimientos, cuya dureza experimentó.
Él, que es la luz del mundo, no se impone a nadie. Cada cual tiene personalmente la posibilidad y la responsabilidad de acogerlo o de rechazarlo. «Marchemos en paz al encuentro del Señor», proclama la liturgia. «Congregados en una sola familia por el Espíritu Santo, vayamos a la casa de Dios, al encuentro de Cristo. Lo encontraremos y lo conoceremos en la fracción del pan, hasta que vuelva revestido de gloria».

PRIMERA LECTURA

A una comunidad cansada de esperar el «día del Señor», anunciado en múltiples ocasiones por los profetas, pero que no acaba de llegar Malaquías, el último en la lista de los profetas escritores, le anuncia dos venidas: la de un mensajero como él, encargado de preparar al pueblo de Dios para el encuentro con su Señor y la venida repentina del Señor mismo «a su Templo». Estas dos venidas acabaron por confundirse. Al entrar en el templo, Cristo inaugura el tiempo de la purificación decisiva del sacerdocio y del pueblo entero, el del culto en espíritu y verdad.

Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis.

Lectura de la profecía de Malaquías 3,1-4

Así dice el Señor: "Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos."

Palabra de Dios.

SALMO

Que la Iglesia abra de par en par sus puertas para recibir al que viene.

Salmo 23, 7. 8. 9- 10 (R.: 10bc)

R.
El Señor, Dios de los ejércitos,
 es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria. R.

-¿Quién es ese Rey de la gloria?
-El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra. R.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria. R.

-¿Quién es ese Rey de la gloria?
-El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria. R.

SEGUNDA LECTURA

Los sacerdotes no pueden ser más que intermediarios entre Dios y los hombres y entre los hombres y Dios, «pont (fices», «constructores de puentes». Por el contrario, en Jesucristo, Dios y el hombre están indisolublemente unidos en una misma persona, sin intermediarios de ningún tipo. El es el único sacerdote perfecto, el Mediador personal entre Dios y los hombres, el Salvador de todos.

Tenía que parecerse en todo a sus hermanos

Lectura de la carta a los Hebreos 2,14-18

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaba la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

Palabra de Dios.

Aleluya Lc 2,32

Aleluya, aleluya.
Luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel. Aleluya.

EVANGELIO

Jesús es presentado en el templo por sus padres, de acuerdo con las prescripciones de la ley (Ex 13,1-2.15). Pero, en realidad, es el último mensajero de Dios que viene a su Templo, como reconoce proféticamente el anciano Simeón, representante de todos «los hombres justos y piadosos que aguardan el consuelo de Israel». En el Espíritu Santo, discierne que este niño, aparentemente igual que todos los demás, es aquel a quien anunciaron los profetas, bandera discutida, pero también primogénito de una multitud de rescatados, «luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel». María, modelo de los creyentes, va a sufrir más que nadie, en lo profundo de su ser en su corazón, viendo que muchos rechazarán esta luz. Al canto de alabanza y a la alegría de Simeón se une una mujer también ella anciana, que se convierte en la primera mensajera de la buena noticia de la venida del Salvador como otras mujeres lo serán de la resurrección. Así, lo que a primera vista parecía simple relato de un episodio de la infancia de Cristo, se revela como una emotiva introducción al misterio de la salvación realizada en Jesús, «Dios salva», al evangelio según san Lucas y al libro de lm Hechos de los apóstoles.

Mis ojos han visto a tu Salvador.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor", y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones."
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel."

[Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: "Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma."
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.]

Palabra de Dios.



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02/02/2014 - 4º domingo Tiempo ordinario (A)

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2 de febrero de 2014

4º domingo Tiempo ordinario (A)


Dios, defensor de los pobres, de los pequeños y oprimidos, de aquellos a los que el mundo desprecia, se pone siempre de su lado. Es lo que enseña la tradición profética. Sofonías da testimonio, además, de una concepción religiosa de la pobreza. Hecha de disponibilidad, de apertura, de acogida del don de Dios, única capaz de colmar las necesidades más hondas del corazón humano, preserva del miedo al «día de la ira del Señor». Más aún, los pobres de los que habla el profeta constituyen el núcleo, el resto, sobre el que Dios se apoya para continuar su plan de salvación. De ahí deriva la corriente de espiritualidad bíblica de los, «pobres del Señor», de los ‘anawim, en hebreo. En ella se inspiran buen número de salmos y cánticos, y hasta el Magnificat de María. Pero sólo Jesús, el «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), cumple a la perfección este ideal.
Las bienaventuranzas, evangélicas se sitúan dentro de esa corriente. San Mateo, situándolas al comienzo de la predicación del Señor, hace de ellas una especie de telón de fondo de toda la enseñanza de Jesús. No se trata propiamente de una ley, ni tampoco de una «regla de la vida cristiana». Las bienaventuranzas marcan un camino a todos los buscadores de Dios. Entrar en él equivale a tener la certeza de entrar con Cristo, ya desde ahora, en el reino de los cielos.
Pobres y limpios de corazón, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los perseguidos, insultados y calumniados: estas formas de hablar no alteran en nada el carácter dinámico de las bienaventuranzas. El evangelio no propugna en absoluto una especie de «pasotismo» o de evasión. San Mateo insiste demasiado en la necesidad de obrar, de actuar, como para que pueda sospecharse en él esta clase de «espiritualismo». Pero recuerda, con razón, que todo, lo mejor y lo peor, tiene sus raíces en lo más profundo del «corazón». Por lo demás, ninguna de las bienaventuranzas está cerrada en sí misma ni puede aislar- se de las demás. El evangelio, en fin, como recuerda san Pablo, no tiene nada de sabiduría humana reservada a un grupo privilegiado y que pueda adquirirse con las propias fuerzas. En realidad todos somos necesitados y pobres ante Dios.
Acojamos con gratitud las bienaventuranzas y la llamada de Cristo, cuya cruz revela la infinita sabiduría y el amor de Dios.

PRIMERA LECTURA

Sofonías presenta el «día del Señor» con un aspecto extremadamente temible. Pero la misericordia de Dios perdura. Los humildes que permanecen fieles a la justicia de Dios no deben desesperar de su salvación.

Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde

Lectura de la profecía de Sofonías 2, 3; 3, 12-13

Buscad al Señor, los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor.
«Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor.
El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.»

Palabra de Dios.

SALMO

Canto de acción de gracias al Señor defensor de los que no tienen defensa y de los que no tienen voz.

Salmo 145, 7. 8-9a. 9bc-10 (R.: Mt 5, 3)

R.
Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
él hace justicia a los oprimidos,
él da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.
R.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.
R.

SEGUNDA LECTURA

Una comunidad como la de Corinto, compuesta sobre todo por personas poco consideradas, hace tomar conciencia de una manera especial de que lo que cuenta por encima de todo es la complacencia de Dios en los pequeños y en los débiles (Jr 9,22-23), su gracia, que nadie puede merecer. Ahí reside el único motivo legítimo de orgullo, ya que rinde homenaje a la misericordia infinita de Dios.

Dios ha escogido lo débil del mundo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 26-31

Fijaos en vuestra asamblea, hermanos, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.
Y así -como dice la Escritura- «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Palabra de Dios.

Aleluya Mt 5, l2a

Aleluya. Aleluya.
Gloria a Cristo, a quien Dios ha hecho para nosotros
sabiduría, justicia, redención y santificación. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Estad alegres y contentos,
porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Aleluya.

EVANGELIO

Ignominiosamente calumniado, sometido a burlas, perseguido, llevado a la muerte por causa de la justicia, Jesús ha sido elevado a la gloria del cielo. Que se alegren los que se encuentran en condiciones de vida semejantes a las suyas. Serán con él benditos del Padre, participarán de su gloria eterna.

Dichosos los pobres en el espíritu

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Palabra de Dios



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lunes, 20 de enero de 2014

26/01/2014 - 3º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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26 de enero de 2014

3º domingo Tiempo ordinario (A)


La liturgia de este domingo introduce de manera notable en la lectura continua del evangelio según san Mateo y en la celebración del conjunto de los domingos del «Tiempo ordinario» de este ciclo.
En el momento en que deja de oírse la voz de Juan, el Precursor, aparece aquel a quien todos los profetas anunciaron. Cuando Jesús empieza a predicar, brilla «una luz grande» sobre los que «habitaban en tierra y sombras y de muerte». «Está cerca el reino de los cielos»; sus habitantes, liberados del yugo de la antigua opresión, podrán por fin gozar de una alegría sin límites. Jesús recorre Galilea proclamando un evangelio de conversión, una enseñanza que hay que poner en práctica, cuya difusión encomienda a hombres que, sin vacilar, lo dejan todo para seguirlo. La Buena Noticia, proclamada inicialmente en las aldeas de una provincia donde se codean creyentes y paganos, y anunciada después al mundo entero, sigue resonando hoy entre nosotros.
Ya no hay que buscar la salvación en la sabiduría humana. Por otro lado, atarse a quien sea, aunque se trate del predicador al que se debe el descubrimiento del evangelio, origina fatalmente partidismos que siempre resultan perjudiciales para la armonía de la comunidad eclesial y, cuando se exacerban, engendran los cismas. Lo mismo ocurre cuando un grupo de cristianos se arroga la exclusividad de la pertenencia a Cristo; esto equivale a dividir a quien murió precisamente para reunir a los hijos de Dios dispersos. No hay más que un bautismo, una fe, un Dios y Padre de todos.
Desde la profecía de Isaías hasta el relato evangélico del comienzo de la predicación de Jesús, pasando por la exhortación de san Pablo a la unidad, todo en la liturgia de este domingo se orienta hacia el presente. La luz anunciada en otro tiempo ha brillado ya, dando a todos la posibilidad de salir de las tinieblas. La Buena Noticia abre a todos el camino de la conversión a Dios y de la salvación, que se funda en Cristo muerto en la cruz y no en ninguna ilusoria confianza humana. Al contrario de la sabiduría humana, accesible sólo a unos pocos, el mensaje evangélico se propone a todos, empezando por los pequeños y sencillos. El Señor Jesús es el centro en tomo al cual ha que congregarse, como hacemos en la liturgia.

PRIMERA LECTURA

Al pueblo que había caído bajo el yugo de la dominación extranjera, Isaías, varios siglos antes de Jesucristo, le anuncia la maravillosa restauración de su independencia nacional. San Mateo se acuerda de este oráculo cuando Jesús empieza en Galilea su predicación sobre la llegada del reino de los cielos.

En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande.

Lectura del libro de Isaías 8, 23b-9, 3

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.
Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.
Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Palabra de Dios.

SALMO

Profesión de fe y oración. El Señor es la luz que brilla en las tinieblas, la esperanza de los que caminan hacia la casa del Padre.

Salmo 26, 1. 4. 13-14 (R.: 1a)

R.
El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R.

SEGUNDA LECTURA

Los cismas, los clanes que se enfrentan apelando a tal o cual apóstol, e incluso reivindicando una pertenencia exclusiva al Señor suponen la división del mismo Cristo. La adhesión sectaria a un predicador del evangelio, por muy prestigioso que sea, y por mucho que se le deba, es «hacer ineficaz la cruz de Cristo», única causa de la salvación, fundamento y exigencia de unidad de todos los creyentes.

Poneos de acuerdo y no andéis divididos.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir.
Hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo. »
¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo?
Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Palabra de Dios.

Aleluya Mt 4, 23

Aleluya, aleluya.
Gloria a Cristo,
que cura todas las enfermedades
y llama discípulos
que anuncien la llegada del reino.. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Jesús proclamaba el Evangelio del reino,
curando las dolencias del pueblo. Aleluya.

EVANGELIO

Desde la presentación inicial de la predicación de Jesús, el evangelio según san Mateo insiste en algunos puntos característicos: la predicación de Jesús da cumplimiento a las Escrituras; es Buena Noticia; las curaciones de enfermos son signos de la llegada del reino de los cielos; la urgencia de la conversión, el evangelio, enseñanza que hay que poner en práctica; cuando el Señor llama, hay que dejarlo todo «inmediatamente» para seguirlo. Finalmente, una perspectiva universalista y eclesial del evangelio: Jesús empieza su ministerio en Galilea, desde donde, después de su resurrección, enviará a los apóstoles al mundo entero con la misión de bautizar a todos los que crean en él.

Se estableció en Cafarnaún. Así se cumplió lo que había dicho Isaías.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.»
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
-«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo:
-«Venid y siguidme, y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes. con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Palabra de Dios.



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lunes, 13 de enero de 2014

19/01/2014 - 2º domingo Tiempo ordinario (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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19 de enero de 2014

2º domingo Tiempo ordinario (A)


EL TIEMPO ORDINARIO

Al tiempo más largo de la liturgia se le da el nombre de «ordinario». Esta denominación puede mover a confusión, ya que en el lenguaje comente se califica así todo aquello que no ofrece un interés particular. Pero en su sentido originario, «ordinario» significa «normal», «habitual», «según el orden de las cosas», lo que no implica ninguna connotación peyorativa. Se habla del «tiempo ordinario» del año litúrgico en este sentido originario.
Durante este periodo la liturgia celebra «de manera habitual» el misterio de la salvación, que se va desplegando día tras día, «según el orden normal de las cosas». Los domingos son, «como es debido», de acuerdo con la tradición, celebración semanal de la Pascua del Señor. El acento recae en la indefectible fidelidad del amor del Padre revelado por su Hijo, en la acción discreta pero perseverante y eficaz del Espíritu, que conduce la creación entera hacia el día en que el retorno glorioso de Cristo inaugure los tiempos nuevos.
Para los cristianos y para la Iglesia, el tiempo ordinario es el tiempo de la fidelidad perseverante a la llamada de Dios, el de la larga marcha, paso a paso, día tras día, en el seguimiento de Cristo. A lo largo de este éxodo, y a medida que pasan los años de su vida, cada cual puede ir descubriendo los horizontes siempre nuevos hacia los que la liturgia, sobre todo en las asambleas dominicales, quiere llamar la atención. Creyentes y comunidades cristianas se ven así estimulados a avanzar constantemente, siguiendo su propio ritmo, con confianza y decisión. A medida que pasa el tiempo se va comprendiendo cada vez mejor el valor de una vida cristiana animada por un dinamismo regular. Es el tiempo de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la oración constante, «con minúsculas», podría decirse. Con la gracia cotidiana, «ordinaria», de Dios, nos hacemos, progresivamente y en todas las edades, adultos en Cristo, miembros más vigorosos de su cuerpo en continuo crecimiento. La verdad es que esta larga sucesión de semanas y domingos es cualquier cosa menos un periodo trivial e insignificante.
La liturgia del tiempo ordinario presenta además una característica sumamente valiosa. En los otros periodos del año litúrgico, que celebran un aspecto particular del misterio, los textos de la Escritura están entresacados de toda la Biblia. Durante el tiempo ordinario, en cambio, se van leyendo sucesivamente, en su orden y de manera casi íntegra, el evangelio según san Mateo (ciclo A), según san Marcos (ciclo B) y según san Lucas (ciclo C). La primera lectura es un texto del Antiguo Testamento elegido en función del evangelio del día. Esta aproximación muestra la continuidad de la revelación divina, así como el desarrollo progresivo de su acción de cara a la salvación de la humanidad. Pero al mismo tiempo pone de manifiesto cómo la venida de Jesús, mediante su enseñanza, sus obras, su muerte y su resurrección, da cumplimiento a las Escrituras y lo lleva todo a su perfección última. Las promesas anteriores adquieren en él pleno sentido. La lectura semanal de una página de lo que se llama el Antiguo —mejor sería decir «Primer»— Testamento recuerda a los cristianos que para entender al Señor y su evangelio hay que remitirse incesantemente a las palabras de Moisés y los profetas (Lc 24,27) y rememorar las «maravillas» realizadas por Dios a lo largo de los siglos.
La liturgia dominical propone, además, la lectura de los pasajes más significativos de las cartas de san Pablo y de Santiago y la carta a los Hebreos. Así las comunidades cristianas están invitadas a acercarse regularmente a una «Mesa de la Palabra» abundante y variada para alimentarse y satisfacer sus necesidades «ordinarias».
Si el tiempo de Adviento, Navidad y Epifanía, la Cuaresma y la Cincuentena pascual se denominan «tiempos fuertes», no significa en absoluto una descalificación del Tiempo ordinario, como si se tratara de un tiempo para cierta relajación. Al contrario: los demás tiempos toman en él su impulso y dinamismo. En el mantillo del Tiempo ordinario va germinando y creciendo silenciosamente la buena semilla. Es el tiempo de la paciencia de Dios, de la vigilancia activa y cotidiana del hombre para que la semilla generosamente arrojada en tierra no se ahogue por los afanes de este mundo (Mt 13,18-23). Las parábolas de la higuera (Lc 13,6-9), el grano de mostaza (Mt 13,31- 32), la semilla que crece por sí sola (Mc 4,26-29) expresan el inestimable valor, la gracia abundante de este largo periodo del año litúrgico, propicio para la maduración de los frutos del Espíritu.
En definitiva, el Tiempo ordinario, bien entendido, está más en armonía con la vida corriente de cada creyente, de las comunidades cristianas, de la Iglesia y del mundo en marcha hacia el encuentro con el Señor, que ha venido, viene y vendrá. Culmina el trigésimo cuarto domingo, con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo.

CICLO A

El primero de los tres ciclos dominicales del tiempo ordinario se caracteriza por el predominio del evangelio según san Mateo, el único que se utiliza desde el tercer domingo hasta el trigésimo cuarto. Durante este periodo se leen casi una tercera parte de los versículos que tratan del ministerio público de Jesús, desde el encarcelamiento de Juan Bautista hasta el discurso sobre el juicio cuando vuelva el Hijo del hombre (4,4—25,46). A medida que se va proclamando la Buena Noticia se van precisando sus exigencias para los cristianos y para las comunidades eclesiales. Por eso este evangelio ha gozado de una gran preponderancia en el uso litúrgico. San Mateo insiste de manera muy especial en el hecho de que la misión del Señor se sitúa dentro de la trama de la historia de la salvación y en continuidad con la revelación anterior, como testimonian las numerosas referencias al Primer Testamento. Se complace en presentar a Jesús como el Maestro y el Señor, con una autoridad sin igual, cuyas enseñanzas han de ponerse en práctica: creer es actuar según la voluntad del Padre que el Hijo nos ha revelado. Por otro lado, desde el segundo hasta el trigésimo cuarto domingo se van leyendo sucesivamente ocho pasajes de la primera carta de san Pablo a los Corintios, dieciséis de la carta a los Romanos, cuatro de la carta a los Filipenses y cinco de la primera carta a los Tesalonicenses.

SEGUNDO DOMINGO TIEMPO ORDINARIA (A)

«La verdad es que no lo conocía, hasta que un día tal palabra suya, tal acto, me reveló de pronto su auténtica y profunda personalidad, su misterio». Es una constatación que se da con bastante frecuencia en relación con personas a las que hemos tratado durante muchos años, a veces incluso desde la infancia. Esta experiencia común la hicieron también, y con mucha mayor razón, los que trataron de cerca a Jesús, empezando por María, su madre (Le 2,50). Por eso no ha de sorprendernos que Juan Bautista diga insistentemente refiriéndose a Jesús: «Yo no lo conocía». Seguramente había oído a sus padres hablar de él con admiración. Seguramente presentía que el hijo de María no era un cualquiera, quizá, incluso, que Dios tenía planes especiales para este primo suyo nacido unos meses después que él. Pero fue necesaria una manifestación divina, la teofanía del bautismo, para que el Precursor viera en Jesús al Hijo de Dios, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esta revelación inicial no impidió que el Precursor tuviera más adelante dudas y vacilaciones (Mt 11,2-3), pero tuvo tanta importancia que el evangelista quiso que los cristianos guardaran memoria de ella. Efectivamente, creyentes han de remitirse constantemente a ella, pensando en su propio bautismo, sin sorprenderse de tener que pasar por momentos de duda o perplejidad. Tanto para el creyente como para la Iglesia, el verdadero rostro de Jesús se va desvelando poco a poco, a lo largo de un itinerario de fe recorrido lenta y laboriosamente. Esto acontece con todos, incluso con aquellos que han tenido la gracia de una iluminación fulgurante.
A lo largo de siglos de espera, el Espfritu ha permitido a esos grandes videntes llamados profetas esbozar los rasgos del Siervo que Dios había de enviar «para que su salvación alcanzara hasta el confín de la tierra». Releídos hoy, estos oráculos adquieren toda su densidad e iluminan con una luz que viene del fondo de los tiempos los rasgos del Señor, de quien Juan Bautista dio testimonio. Nosotros sabemos que, «por Cristo Jesús», Dios santifica a «todos los que invocan el nombre de Jesucristo», y que «la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo están con nosotros».
Pero nadie puede pretender «conocer» plenamente al Señor antes de que llegue la anhelada visión cara a cara (iCo 13,12). Por firme que sea, la profesión de fe ha de seguir siendo humilde.

PRIMERA LECTURA

El Leccionario presenta aquí los versículos del oráculo-poema conocido como el «Tercer canto del Siervo» (Is 49,1-6), que habla de la misión de un personaje misterioso. La tradición cristiana vio muy pronto en él un esbozo de los rasgos del Señor Jesús.

Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación.

Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6

El Señor me dijo:
«Tú -eres- mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-:
«Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Palabra de Dios.

SALMO

Siguiendo las huellas de Cristo, nos atrevemos a decir.’ «Aquí estamos, Señor para hacer tu voluntad. ¡Venga a nosotros tu reino!».

Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 (R.: 8a y 9a)

R.
Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R.

Como está escrito en mi libro:
«Para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R.

SEGUNDA LECTURA

Nunca es indiferente la manera como san Pablo empieza una carta. Al deseo de paz judío (shalom), él añade el de la gracia (charis). Tomada del uso griego, esta palabra evoca en el lenguaje cristiano el don por excelencia ofrecido en Jesucristo a todos sin excepción: la salvación.

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de¡ Señor Jesús sean con vosotros

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,1-3

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.
La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 1,14.12b

Aleluya. Aleluya.
Cristo, Hijo de Dios,
sobre ti ha bajado el Espíritu,
Señor Cordero de Dios,
que quitas el pecado del mundo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.
A cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios. Aleluya.

EVANGELIO

Juan Bautista proclama que «no conocía» verdaderamente a Jesús, su primo, hasta el día en que contempló «al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él». Dice la verdad, porque, sin el testimonio del Espíritu, nadie puede reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Asimismo, sin el testimonio de las Escrituras, ¿quién se atrevería a decir sin vacilar: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»?

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo; al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.»
Y Juan dio testimonio diciendo:
-«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
"Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. "
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra de Dios.



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lunes, 6 de enero de 2014

12/01/2014 - El Bautismo del Señor (A)

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12 de enero de 2014

El Bautismo del Señor (A)


A finales del siglo VIII se instauró en algunos lugares una octava de Navidad; ese día se leía el evangelio del bautismo. En el siglo XVIII se celebraba en Francia una fiesta del Bautismo del Señor. Por otro lado, la Epifanía de las Iglesias orientales celebra, no la adoración de los magos, sino la teofanía que tuvo lugar a orillas del Jordán, en el momento de ser bautizado. En el Calendario romano la celebración del Bautismo del Señor no se introdujo hasta 1960, fijándose su fecha actual en 1969. El Leccionario preveía entonces un evangelio propio para cada ciclo litúrgico, aunque manteniendo siempre las mismas primeras lecturas. En su segunda edición (1981) cada ciclo se ha dotado de textos bíblicos propios.
A pesar de su diversidad, e incluso de sus vacilaciones, el conjunto de las tradiciones litúrgicas han mantenido la gran importancia del acontecimiento que tuvo lugar a orillas del Jordán, adonde acudió Jesús para que Juan lo bautizara. Esta convergencia no tiene nada de sorprendente a la vista de lo que dicen los evangelios. San Mateo recoge el bautismo de Jesús en un relato detallado. San Marcos y san Lucas se conforman con mencionarlo. San Juan, por último, lo evoca con ocasión de la llamada de los primeros discípulos. Pero todos, cada uno a su modo, afirman que en este momento Jesús es testigo de una manifestación divina que lo designa como «Hijo amado» enviado del Padre. Esta teofanía es el «comienzo del Evangelio», porque es entonces cuando Jesús es investido solemnemente en su misión por el Padre y el Espíritu Santo, y se le confiere lo que podríamos llamar su «ordenación mesiánica». ELes el que los profetas, especialmente Isaías, anunciaban como el siervo a quien Dios ha hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones, el «soberano de naciones», el «pastor que apacienta el rebaño» y reúne a las ovejas dispersas. Quien cree en él se convierte en «hijo de Dios», porque en él «ha apareci4o la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres». En consecuencia, no se puede separar el bautismo de Jesús del bautismo que reciben sus discípulos.

PRIMERA LECTURA

Este «primer canto del siervo» presenta a un enviado de Dios excepcional. Manso y humilde de corazón, infinitamente misericordioso con todos, con una fuerza de ánimo invencible, luz de las naciones y alianza de Dios con su pueblo, Mesías pacífico, «implantará el derecho en la tierra». Este oráculo hace que la mirada de los cristianos se vuelva hacia Cristo, el ungido del Señor, el Hijo amado del Padre.

Mirad a mi siervo, a quien prefiero.

Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7

Así dice el Señor:
- Mirad a mi siervo, a quien sostengo;
mi elegido, a quien prefiero.
Sobre él he puesto mi espíritu,
para que traiga el derecho a las naciones.
No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
el pábilo vacilante no lo apagará.
Promoverá fielmente el derecho,
no vacilará ni se quebrará,
hasta implantar el derecho en la tierra,
y sus leyes que esperan las islas.
Yo, el Señor,
te he llamado con justicia,
te he cogido de la mano,
te he formado,
y te he hecho alianza de un pueblo,
luz de las naciones.
Para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la prisión,
y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

Palabra de Dios.

SALMO

A orillas del Jordán, Dios manifestó en Jesús, su siervo, el poder de su amor, reveló la gloria de su verdad, desplegó la fuerza de su Espíritu.

Salmo 28, 1a y 2. 3ac-4. y 9b-10 (R.: 11b)

R.
El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. R.

El Dios de la gloria ha tronado.
En su templo un grito unánime: «¡Gloria!»
El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno. R.

SEGUNDA LECTURA

Principales etapas del ministerio mesiánico de Jesús, evocadas en densa síntesis con ocasión del primer anuncio del «Señor de todos» a un pagano, al que Pedro administra el bautismo.

Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34-38

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
-«Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Palabra de Dios.

ALELUYA Lc 3,16

Aleluya, aleluya.
Palabra eterna del Padre,
Mesías de Dios con nosotros,
Templo del Espíritu Santo,
Jesucristo, gloria a ti. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
«Viene el que puede más que yo —dijo Juan—;
él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Aleluya.

EVANGELIO

Jesús ha sido bautizado en medio de la muchedumbre congregada por la predicación de Juan. Solo en la oración, como con tanta frecuencia a lo largo de su ministerio, ve al Espíritu descender sobre él y oye una voz del cielo que confirma su misión de Hijo eterno, enviado para que los hombres renazcan del agua y del Espíritu.

Jesús fue bautizado y mientras oraba, se abrieron los cielos.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 3,15-16. 21-22

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Él tomó la palabra y dijo a todos:
- Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:
- Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.

Palabra de Dios.

O bien.

El Hijo amado del Padre no tenía por qué someterse a un rito de purificación. No obstante, Jesús insiste. Juan debe bautizarlo: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Haciéndose solidario con los pecadores, Jesús les muestra y les abre el camino de la voluntad de Dios.

Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Entonces Juan se lo permitió.
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Palabra de Dios.



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