lunes, 31 de marzo de 2014

06/04/2014 - 5º domingo de Cuaresma (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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6 de abril de 2014

5º domingo de Cuaresma (A)


Los tres evangelios sinópticos relatan cómo, en la región de Cafarnaún, Jesús devuelve la vida a la hija de un tal Jairo, jefe de la sinagoga (Mt 9,23-27; Mc 5,35-43; Lc 8,49-56). San Lucas habla también del hijo de una viuda de Naín, un pueblo de Galilea, que Jesús devuelve a su madre cuando lo llevaban ya a enterrar (Lc 7, 1-17). Todos estos relatos son muy breves. Jesús, además, se ve movido a realizar estos extraordinarios milagros por circunstancias imprevistas. Se dice explícitamente en el caso del hijo de la viuda de Naín: Jesús se encuentra por el camino con el cortejo fúnebre. En cuanto a la hija de Jairo, vivía todavía, dicen san Marcos y san Lucas, cuando su padre rogó a Jesús que fuera a imponerle las manos. Muy distinto es lo que ocurre en el relato de «l resurrección de Lázaro», que se lee hoy, tomado del evangelio según san Juan, el único que lo recoge.
El relato es largo y detallado: 45 versículos (Jn 11,1-45). Antes de acudir a la tumba Jesús sabía que su amigo había muerto, y es él quien decide ir a «despertarlo». Marta, la hermana del difunto, no pide nada: simplemente lamenta que Jesús no haya venido anteriormente, para curar a su hermano antes de que la muerte lo arrebatase. Viene luego, sobre todo, el diálogo entre Jesús y Marta, la manera casi litúrgica como Jesús, después de dar gracias a Dios elevando los ojos al cielo, llama a Lázaro para que salga de la tumba y pide que le quiten las vendas y que lo «dejen andar». El mismo Jesús dice, finalmente, que esta resurrección es un «signo» para suscitar la fe en él.
Todo esto confiere a esta gran página del evangelio un marcado sabor a catequesis bautismal, dirigida a los que hoy escuchan su proclamación, ya que interpela su fe. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
San Pablo, por su parte, explicita lo que significa e implica la fe en Jesús, que es la resurrección y la vida. El Espíritu de Dios habita en nosotros, que no estamos ya, por consiguiente, bajo el poder de la carne. Aunque estemos sujetos a la muerte, Jesús vivificará nuestros cuerpos mortales. Es la fe en la resurrección individual, personal, que profesamos. ¿De verdad?

PRIMERA LECTURA

Para la tradición bíblica, el destierro de Babilonia (597-538 antes de Cristo) fue, para todo el pueblo, como la muerte de la que no se regresa. A través de la voz de su profeta, el Señor Dios dirige palabras de esperanza a los deportados sin esperanza. Os habéis olvidado de quién soy yo, de mi fidelidad y de mi poder ¿Estáis muertos? Yo haré que mi pueblo vuelva a la vida, lo devolveré a la tierra de sus padres.

Os infundiré mi espíritu, y, viviréis.

Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12-14

Así dice el Señor:
-«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel.
Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor.
Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.»
Oráculo del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO

Gritar a Dios es esperar Confesar el propio pecado es creer en el perdón. En medio de las tinieblas que nos rodean, brillan ya los primeros resplandores de la Pascua.

Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8(R.: 7)

R.
Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo
a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. R.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R.

Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa;
y él redimirá a Israel de todos sus delitos. R.

SEGUNDA LECTURA

El don del Espíritu cambia radicalmente la condición de los creyentes. Estos no escapan a la muerte corporal, pero, por la justificación obtenida, no permanecerán prisioneros de la muerte. Para ellos será, con Cristo y como para él. Pascua de resurrección, entrada en la vida.

El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8-11

Hermanos:
Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Jn 11,25a.26

Cristo, que vives en la gloria del Padre,
por tu Espíritu,
vivificarás nuestros cuerpos mortales.

Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—;
el que cree en mí no morirá para siempre.

EVANGELIO

El evangelio de la resurrección de Lázaro invita a unirse a toda esa serie de personas que intervienen en el relato, a seguir a las dos hermanas en sus idas y venidas, y luego, junto a la tumba, donde yace el muerto desde hace cuatro días. Los equívocos y malentendidos que salpican los diálogos nos mueven a interrogarnos sobre el modo como cada uno entendemos personalmente las palabras y los gestos de Jesús. Este muestra una serenidad impresionante en medio de la agitación general, pero también una profunda humanidad, que le arranca lágrimas ante la muerte de su amigo. Después de este momento de intensa emoción, adopta una actitud sobriamente hierática, que revela su extraordinaria autoridad. Muchos de los que habían acudido a acompañar a las hermanas del difunto, creyeron en Jesús. ¿Y nosotros?

Yo soy, la resurrección y la vida.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo:
-«Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo:
-«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
-«Vamos otra vez a Judea.»
Los discípulos le replican:
-«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? » Jesús contestó:
-«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.» Dicho esto, añadió:
-«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.»
Entonces le dijeron sus discípulos:
-«Señor, si duerme, se salvará.»
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente:
-«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.» Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
-«Vamos también nosotros y muramos con él.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
-«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo:
-«Tu hermano resucitará.»
Marta respondió:
-«Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice:
-«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó:
-«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: -«El Maestro está ahí y te llama.»
Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
-«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: -« ¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron:
-«Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
-«¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron:
-«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús:
-«Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice:
-«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice:
-«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
-«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente:
-«Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -«Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra de Dios.



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lunes, 24 de marzo de 2014

30/03/2014 - 4º domingo de Cuaresma (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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30 de marzo de 2014

4º domingo de Cuaresma (A)


«La curación del ciego de nacimiento» es un milagro cuya significación y alcance catequéticos se hacen inmediatamente patentes, si bien los elementos simbólicos no constituyen el fundamento y la trama del relato. La narración es tan viva, el número de personas que van y vienen y expresan sus sentimientos y opiniones es tal, que el lector se siente arrastrado a seguir la sucesión de intervenciones de los diversos personajes, a introducirse en los diálogos y coloquios, a pronunciarse. Hay, en fin, algunas «palabras reveladoras» capaces de cuestionar nuestra vida y nuestra fe.
Jesús, la Palabra de Dios, es la luz venida al mundo. Ante él, los hombres se dividen. Unos lo acogen y se hacen hijos de Dios, otros lo rechazan y permanecen en las tinieblas de la carne, de la que han nacido. Lo que proclama el prólogo del evangelio (Jn 1,1-14) adquiere aquí un sentido muy concreto. Jesús, que es la luz, da la vista a los ciegos; solo él puede librarlos de la tiniebla en la que están inmersos. El baño del bautismo recibido en la comunidad de los creyentes cura su ceguera espiritual.
Los catecúmenos y los neófitos van aprendiendo poco a poco a conocer y a invocar al Enviado de Dios Padre y al Espíritu Santo, en cuyo nombre han sido introducidos en la luz. Pero la iniciación cristiana ha de prolongarse indefinidamente. La vida de todo cristiano es catecumenal de principio a fin. La Iglesia tiene el grave deber de asegurar a todos los medios de formación permanente adecuados a las necesidades y a las capacidades de cada uno. La liturgia, como comprendió bien el Vaticano II, no es el menor ni el menos eficaz de ellos.
Pero esto no basta. Se aprende a conocer a Cristo, luz del mundo, viviendo como hijo de la luz y guardándose de volver a las actividades de las tinieblas. Quienes están a nuestro alrededor juegan también un papel muy importante: nuestros hermanos creyentes, compartiendo con nosotros su experiencia; los otros, instándonos a dar razón de nuestra fe. Amistosos u hostiles, los requerimientos de estos últimos nos incitan a progresar en el camino de la luz y la verdad, de la humildad y la alegría, de la acción de gracias por los dones recibidos.

PRIMERA LECTURA

Las decisiones de Dios, a menudo desconcertantes, no son, sin embargo, arbitrarias, ya que el Señor ve el corazón y no las apariencias. Fue lo que ocurrió con David, el pequeño de los hijos de Jesé, que cuidaba el rebaño de su padre en los alrededores de Belén. La historia de la salvación dio un giro decisivo. Jesús, el Mesías que cumple la voluntad de Dios, es hijo de David, ungido con el Espíritu no por un profeta, sino por su Padre celestial.

David es ungido rey de Israel.

Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
-«Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Elías y pensó:
-«Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo:
-«No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo:
-«Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé:
-«¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió:
-«Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.» Samuel dijo:
-«Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue. »
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel:
_«Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Palabra de Dios.

SALMO

Acción de gracias de Cristo al Padre, que lo ha salvado de la muerte; acción de gracias de la Iglesia a Cristo, el pastor que la conduce y la alimenta en la mesa de la eucaristía.

Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1)

R.
El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor,
nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R.

SEGUNDA LECTURA

Exhortación dirigida a los que han recibido el bautismo, llamado en Otro tiempo «iluminación». Llegad a ser día tras día y cada vez más, lo que sois: hijos de la luz que, con vuestra conducta, hacéis retroceder las tinieblas con su cortejo de ilusiones y fantasmas.

Levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor.
Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.
Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas.
Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz.
Por eso dice:
«Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Jn 8,12b

Hijo del hombre, Jesucristo,
tú purificas de sus pecados
a quien se reconoce ciego.

Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.

EVANGELIO

Una de las páginas más densas del cuarto evangelio. Dando la vista a un ciego de nacimiento, Jesús se manifiesta como la luz que alumbra a todo hombre, aunque sin imponerse. Porque la fe es una decisión personal y libre, que con frecuencia expone a la contradicción y hasta al rechazo por parte de los más cercanos; fue el caso del mismo Jesús. Por otra parte, no siempre es fácil, a primera vista, reconocer realmente quién es él. Este relato va proponiendo, en clara progresión, los títulos de Jesús: maestro, enviado de Dios, profeta, mesías, hijo del hombre y, finalmente, Señor título que le corresponde con toda propiedad, lo mismo que a Dios, su Padre. Esto no significa que tales títulos correspondan a sendas etapas sucesivas en el camino de la fe y del acceso al bautismo. Con la recepción del sacramento se traspasa ciertamente un umbral importante; pero a partir de él hay que seguir avanzando hacia la luz.

Fue, se lavó, y, volvió con vista.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron:
-«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»
Jesús contestó:
-«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
-«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
-«¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían:
-«El mismo.»
Otros decían:
-«No es él, pero se le parece.»
Él respondía:
-«Soy yo.»
Y le preguntaban:
-«¿Y cómo se te han abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver. »
Le preguntaron:
-«¿Dónde está él?»
Contestó:
-«No sé.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
-«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban:
-«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban:
-«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
-«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Que es un profeta.»
Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
-«¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Sus padres contestaron:
-«Sabernos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse. »
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
-«Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. »
Contestó él:
-« Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo:
-¿«Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?»
Les contestó:
-«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos? »
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
-«Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.»
Replicó él:
-«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»
Le replicaron:
-«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
-«¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó:
-«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo:
-«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo:
-«Creo, Señor.»
Y se postró ante él.
Jesús añadió:
-«Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.»
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
-« ¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: -«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

Palabra de Dios



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lunes, 17 de marzo de 2014

23/03/2014 - 3º domingo de Cuaresma (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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23 de marzo de 2014

3º domingo de Cuaresma (A)


Los domingos tercero, cuarto y quinto de Cuaresma de este ciclo constituyen una unidad llamada «Cuaresma catecumenal». En ella se leen, en efecto, las páginas del evangelio según san Juan en las que se basaban tradicionalmente las últimas catequesis que se hacían a los que iban a recibir en la Vigilia pascual los sacramentos de la iniciación cristiana.
La liturgia de hoy gravita en torno al relato del encuentro de Jesús con una mujer de Samaría. Todo comienza de la manera más simple. Jesús, «cansado del camino», se sienta junto a un pozo, mientras sus discípulos van «al pueblo a comprar comida». Le pide entonces a la mujer que le dé un poco de agua del pozo. Petición insólita por parte de un judío a una samaritana. Eso ya da que pensar. Pero la atención se centra en el diálogo que se entabla a partir de ahí; un diálogo tan absorbente que Jesús parece olvidarse de la sed y la mujer del motivo que la ha llevado hasta allí. Es inagotable la riqueza doctrinal y espiritual de este diálogo y de la continuación del relato. Sin embargo, la liturgia de este domingo se centra más bien en el misterio del agua «que salta hasta la vida eterna».
En la tradición bíblica, como en numerosas tradiciones religiosas, el símbolo del agua desempeña un papel destacado. Sin ella no hay vida en la tierra; todo el mundo lo sabe por experiencia. El pueblo del éxodo aprende que es verdaderamente un don del cielo al ver que, de la roca más dura, Dios hace brotar fuentes de agua pura. Estas manifestaciones del poder y la misericordia divinas reavivan, al mismo tiempo que las fuerzas físicas, la fe vacilante de los nómadas en camino hacia la tierra prometida. El agua se convierte así en símbolo de todos los bienes que pueden esperarse del Señor: del don del Espíritu; en definitiva, de la vida eterna.
Jesús en persona es la fuente de agua viva que apaga toda sed, el templo de los adoradores en espíritu y verdad que busca el Padre, el Mesías, y el Salvador del mundo. Una samaritana de vida agitada, beneficiaria de esta revelación, sigue siendo aún hoy la mensajera de esta Buena Noticia. Levantemos los ojos y contemplemos los campos, «que están ya dorados para la siega». Bebamos de la fuente de la vida.

PRIMERA LECTURA

En el desierto árido del éxodo Dios hace brotar de la peña el agua viva sin la cual el pueblo moriría de sed. Este signo del poder del Señor y de su presencia en medio de los suyos se nos recuerda para ponernos en guardia frente a la falta de fe y confianza en el único que puede apagar nuestra sed.

Danos agua de beber

Lectura del libro del Éxodo 17, 3-7

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:
-«¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»
Clamó Moisés al Señor y dijo:
-«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen. »
Respondió el Señor a Moisés:
-«Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masa y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
-«¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»

Palabra de Dios.

SALMO

Él es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo. La fe se pone a prueba en el desierto, donde parece que el Señor está ausente.

Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9(R.: 8)

R.
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R.

SEGUNDA LECTURA

Justificados ya por la fe, apoyados en la esperanza que da el amor de Dios que bu sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dudo, estamos embarcados, bajo la guía del Señor muerto y resucitado, en un 4xodo definitivo, que va del mundo de la gracia a la gloria de Dios.

El amor ha sido derramado en nosotros con el Espíritu que se nos ha dado.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8

Hermanos:
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.
Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Jn 4,42.15

Tú eres el Mesías que ha de venir.
Muéstranos al Padre,
y conoceremos todas las cosas.

Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo;
dame agua viva; así no tendré más sed.

EVANGELIO

Jesús es de verdad el Salvador del mundo, el Mesías prometido; no tenemos que esperar a otro. A este descubrimiento, que a veces ni siquiera uno mismo espera, y menos los demás, con frecuencia sólo se llega al final de un largo y trabajoso itinerario. El evangelio de la samaritana lo muestra de forma conmovedora. Sería una equivocación leerlo simplemente como un relato edificante de lo que le pasó un día a una mujer a la que nada parecía disponerla al encuentro con el Señor. Por el contrario, hay que meditarlo sin cesar, en todas las edades de la vida y de la fe. Cada uno, tal como es, con sus interrogantes, sus dudas, su pecado, se ve empujado progresivamente a entrar dentro de sí mismo y a desear el agua que salta hasta la vida eterna. Una vez que ha encontrado al Señor, que es el único que puede darla, uno no podrá dejar de ir a compartir con los suyos, abandonando el cántaro ya inútil, el maravilloso descubrimiento, para que también ellos, a su vez, vayan personalmente a encontrarse con el Señor que les aguarda sentado junto al manantial.

Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
-«Dame de beber.»
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
-«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? »
Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó:
-«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»
La mujer le dice:
-«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó:
-«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»
La mujer le dice:
-«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.»
Él le dice:
-«Anda, llama a tu marido y vuelve.»
La mujer le contesta:
-«No tengo marido.»
Jesús le dice:
-«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dice:
-«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»
Jesús le dice:
-«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»
La mujer le dice:
-«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. »
Jesús le dice:
-«Soy yo, el que habla contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?»
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
-«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?»
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían:
-«Maestro, come.»
Él les dijo:
-«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.»
Los discípulos comentaban entre ellos:
-«¿Le habrá traído alguien de comer?»
Jesús les dice:
-«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.»
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
-«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra de Dios.


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