lunes, 26 de mayo de 2014

01/06/2014 - 7º domingo de Pascua - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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1 de junio de 2014

7º domingo de Pascua - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A)


La Ascensión del Señor se celebra el jueves de la VI semana de pascua, en algunas diócesis es transferido al Domingo VII de Pascua.


La Ascensión al cielo, segunda fase de la Pascua de Cristo, es un misterio que concierne directamente a la Iglesia peregrina en la tierra: el evangelio según san Lucas y según san Mateo, así como la carta de san Pablo a los Efesios, lo proclaman abiertamente. La paradoja es sólo aparente.
«¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?», les dicen los ángeles a los apóstoles, que no lograban apartar los ojos de la nube que les había quitado a Jesús de su vista. El Señor vuelve al lugar invisible de donde había bajado al encarnarse en nuestra propia carne. Pero antes de irse al lugar de donde había venido, dice a los Once reunidos en la montaña de Galilea: «Id y haced discípulos de todos los pueblos».
Al concluir la misión de Jesús en la tierra, comienza la misión de la Iglesia. La primera ha durado sólo unos pocos años, encuadrados entre dos acontecimientos: el bautismo de Jesús de Nazaret en las aguas del Jordán y su vuelta al Padre. La segunda durará hasta el retorno glorioso del Señor y la instauración del Reino al final de los tiempos. El día y la hora en que esto sucederá dependen de la libertad soberana del Padre. No hay nada en las Escrituras que pueda alimentar la más mínima especulación al respecto. El mismo Jesús y los apóstoles lo han dicho con toda claridad. Por otra parte, ¿de qué serviría? Hay que vivir el presente, donde tenemos una tarea bien concreta que realizar: trabajar por el advenimiento del reino de Dios que mañana se manifestará. Cualquiera que sea el plazo, el tiempo apremia, porque la vida es corta para hacer frente a la responsabilidad que el Señor nos ha confiado. No cabe permanecer inactivos, con la mirada y la mente en las nubes.
Demos gracias a Dios, que ha exaltado a su Hijo resucitado de entre los muertos, «sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro». «Todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo».
Pidámosle que nos «dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo» de veras. Que «ilumine los ojos de nuestro corazón» y que renueve sin cesar «la esperanza a la que nos llama».

PRIMERA LECTURA

San Lucas ha colocado un relato de la Ascensión del Señor al final de su evangelio y al comienzo del libro de los Hechos, que son en realidad dos partes de una misma obra. La última aparición de Cristo a sus discípulos clausura el periodo en el que Jesús estuvo en la tierra con los suyos, e inaugura una nueva era: la de la Iglesia. Ahora son los discípulos los que tienen la responsabilidad de anunciar la Buena Noticia, siguiendo las instrucciones que Jesús les ha dado, y «movidos por el Espíritu Santo». El Señor ha desaparecido de la vista de sus discípulos. Ha llegado la hora de trabajar en la preparación de su última venida, sin preguntar cuándo ni cómo será su retorno en la gloria.

Lo vieron levantarse.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó:
-«No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»
Ellos lo rodearon preguntándole:
-«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
Jesús contestó:
-«No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»
Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
-«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Palabra de Dios.

SALMO

Alabanza a Cristo, Dios, Señor y Rey.

Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9 (R.: 6)

R.
Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios,
tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. R.

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R.

SEGUNDA LECTURA

Dios ha desplegado en Cristo un poder del que ya podemos beneficiamos. Las palabras se acumulan en la pluma de san Pablo cuando trata de decir lo que representan para Cristo su resurrección y su glorificación a la derecha de Dios, y los innumerables e inconmensurables beneficios que de ellas se derivan para nosotros. La oración del Apóstol se convierte entonces en acción de gracias, en «eucaristía», dirigida al «Dios de nuestro Señor Jesucristo», el Padre que «todo lo ?uso bajo los pies» de su Hijo y «lo dio a la Iglesia, que es su cuerpo, como cabeza, sobre todo».

Lo sentó a su derecha en el cielo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Palabra de Dios.

Aleluya Mt 28, 19. 20

Aleluya. Aleluya.
Cristo elevado a la gloria,
atrae hacia él a todos los hombres,
para hacer de ellos su cuerpo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Id y haced discípulos de todos los pueblos
-dice el Señor-;
yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo. Aleluya.

EVANGELIO

Revelación del poder soberano de Cristo «en el cielo y en la tierra»; misión de los discípulos enviados a todos los pueblos prenda de la presencia del Señor entregada a los suyos «hasta el fin del mundo»: todo esto es para san Mateo el misterio de la Ascensión.

Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

+ Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a .-ellos, Jesús les dijo:
-«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Palabra de Dios.



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domingo, 25 de mayo de 2014

01/06/2014 - 7º domingo de Pascua (A

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1 de junio de 2014

7º domingo de Pascua (A)


Las siguientes lecturas se utilizan en los lugares donde la Ascensión del Señor se celebra el jueves de la semana VI del tiempo pascual.


La celebración de este último domingo del tiempo pascual es bastante especial en muchos sentidos.
Después de comprender que el Señor había vuelto junto al Padre, los apóstoles, algunas mujeres —«entre ellas María, la madre de Jesús»— y otros parientes suyos permanecieron juntos en una casa de Jerusalén. Orando asiduamente, esperaban el don del Espíritu prometido por el Señor. Hoy, nosotros nos preparamos para la renovación de la gracia de Pentecostés, que se celebrará el próximo domingo. Este paralelismo no puede dejar de provocar en nuestra asamblea un aumento del recogimiento y el fervor.
En toda liturgia esta Cristo presente actuando El es el único sumo sacerdote que, por el ministerio de la Iglesia, convoca y preside la asamblea. El es quien ora en medio de nosotros por medio de su Espíritu, que ha derramado en nuestros corazones. El evangelio de este domingo lo muestra en el ejercicio de su función sacerdotal. Cuando llegó la «hora» de ser glorificado, rodeado de sus discípulos y «levantando los ojos al cielo», pronunció una acción de gracias dirigida a su Padre y oró por aquellos que dejaba en el mundo hasta su vuelta. La página del evangelio según san Juan que leemos este domingo nos recuerda que siempre que celebramos la eucaristía lo hacemos con Cristo, sentado a la derecha del Padre.
Cuando hacemos memoria de la Pascua del Señor, muerto y resucitado, comulgamos en su cuerpo, entregado por nosotros, y en el cáliz de su sangre, derramada para el perdón de los pecados. No podemos dejar de pensar que todavía hoy hay en el mundo hermanos y hermanas, comunidades cristianas enteras, víctimas de sufrimientos de todo tipo, de persecuciones violentas o solapadas «por el nombre de Cristo». Oremos para que su valor, y el de todos los justos perseguidos, «den gloria a Dios», y para que nosotros tengamos la fuerza y la gracia de vivir con ese mismo espíritu nuestras pruebas cotidianas. Que el Señor nos inspire palabras y actitudes que ayuden a nuestros prójimos, a nuestros amigos que sufren, en el cuerpo o en el espíritu.

PRIMERA LECTURA

Los Once y algunos discípulos, con «María, la madre de Jesús» y Otras mujeres, esperan, en clima de comunión fraterna y oración en común, la venida del Espíritu prometido: es el primer ejemplo de retiro comunitario.

Se dedicaban a la oración en común.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 12-14

Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Llegados a casa, subieron a la sala, donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Celotes y Judas el de Santiago.
Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Palabra de Dios.

SALMO

Oración confiada de la Iglesia al que no puede defraudar sus esperanzas.

Salmo 26, 1. 4. 7-8a (R.: 13)

R.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
R.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.
R.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro.» R.

SEGUNDA LECTURA

Nosotros confesamos a Cristo muerto y resucitado. Celebramos a los mártires, cuyas pruebas, vividas en comunión con el Señor dan gloria a Dios. Pero nos cuesta pronunciar la acción de gracias cuando tenemos que sufrir personalmente «por el nombre de Cristo». Sin embargo, el acceso a la gloria tiene lugar a través de un itinerario semejante al suyo.

Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 4, 13-16

Queridos hermanos:
Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.
Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.
Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por homicida, ladrón, malhechor o entrometido.
Pero, si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, que dé gloria a Dios por este nombre.

Palabra de Dios.

Aleluya Jn 14, 18

Aleluya. Aleluya.
El Señor, desde el cielo,
pide que se nos conceda el Espíritu,
para gloria del Padre. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
No os dejaré huérfanos -dice el Señor-;
me voy y vuelvo a vuestro lado,
y se alegrará vuestro corazón. Aleluya.

EVANGELIO

La gran oración de Jesús, recogida únicamente en el evangelio según san Juan, tiene todos los elementos de una acción de gracias en el sentido que le aplicamos comúnmente cuando hablamos de «eucaristía». Jesús la pronunció «levantando los ojos al cielo», cuando había «llegado la hora» de pasar de este mundo al Padre. En realidad, abarca el hoy de todos los tiempos. La ofrenda y el recuerdo (anámnesis) de la obra de la salvación realizada conducen a la intercesión. Tiene también la estructura dinámica de la plegaria eucarística: todo viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu; todo torna de nuevo al Padre en el Espíritu, por el Hijo. Finalmente, se articula en torno a la «hora de Jesús», la hora de su muerte, resurrección y glorificación a la derecha del Padre.

Padre, glorifica a tu Hijo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 1b-11a

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
-«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

Palabra de Dios.



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lunes, 19 de mayo de 2014

25/05/2014 - 6º domingo de Pascua (A)

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Lecturas y Evangelio del domingo

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25 de mayo de 2014

6º domingo de Pascua (A)


Aunque ya de manera invisible, Jesús está en medio de los suyos, con una presencia cuya condición humana no limita su proyección y que está prolongada por «otro defensor», «el Espíritu de la verdad». Es una relación fuerte como el amor divino, que el Señor resucitado ofrece a quienes, por la fe, lo reconocen como el Viviente que da la Vida. En consecuencia, la fidelidad a los mandamientos no tiene nada de servil: expresa y autentifica la profunda vinculación de los discípulos con su Señor, modelo de obediencia a quien lo ha enviado, que acoge como hijos suyos a los discípulos de su Hijo amado. Así es la religión cristiana: está tan lejos del moralismo como del formalismo, de la adhesión puramente intelectual o sentimental como de todo conformismo exterior, de la evasión del mundo como de la religiosidad vaga sin contenido objetivo.
Los mandamientos de Dios no son ni leyes en el sentido jurídico del término ni normas de buena conducta. Indican el «camino recto» revelado por Cristo. Entrar en este camino y avanzar por él significa seguramente exponerse a calumnias y sufrimientos de los que tampoco se libró el Santo entregado a la muerte para conducir a Dios a los culpables y a los pecadores.
Hay que estar «siempre prontos para dar razón de nuestra esperanza», pero «con mansedumbre y respeto». Este testimonio humilde tendrá más fuerza que muchos discursos y que una apología agresiva. Lo que san Pedro escribe en su primera carta sigue teniendo gran actualidad, sobre todo hoy, cuando nada escapa a la tentación de una publicidad abrumadora y hábil, a los mensajes propagandísticos que anestesian la capacidad de reflexión sosegada.
Las persecuciones pueden convertirse incluso en ocasiones de progreso para la evangelización. Fueron las que obligaron a los hermanos de la primitiva comunidad de Jerusalén a dispersarse, lo que los llevó a difundir el evangelio fuera de Judea.
La palabra de Dios y la liturgia centran sus contenidos convergentes en lo que sucede aquí y ahora. Pero, al mismo tiempo, nos hacen dirigir la mirada hacia lo que hay que hacer para que el mensaje pascual se difunda más allá de nuestros horizontes conocidos.

PRIMERA LECTURA

La persecución ha provocado la dispersión de una parte de la comunidad cristiana de Jerusalén (Hch 1, 1-4). Felipe, uno de los siete nombrados para el servicio de las mesas (Hch 6, 17), se refugia en Samaría, donde predica el evangelio realizando signos similares a los de Jesús. El Bautismo de samaritanos mueve a los apóstoles Pedro y Juan a salir también ellos de Judea. Un ejemplo de atención a los «signos de los tiempos» que conviene meditar.

Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 8, 5-8. 14-17

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.
Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

SALMO

El evangelio sigue siendo acogido hoy con alegría fuera de nuestras fronteras: ¡Aleluya!

Salmo 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20 (R.: 1)

R.
Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!» R.

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. R.

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente. R.

Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. R.

SEGUNDA LECTURA

En pocas líneas, tenemos aquí un código de conducta cristiana en medio de las contradicciones del mundo: audacia humilde y respetuosa con todos en la profesión de fe; constancia en la realización del bien, cueste lo que cueste; en toda circunstancia, comportamiento como el de Cristo, el inocente que murió «por los culpables, para conducirnos a Dios».

Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18

Queridos hermanos:
Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo; que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal.
Porque también Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.

Palabra de Dios.

o bien:

Nosotros confesamos a Cristo muerto y resucitado. Celebramos a los mártires, cuyas pruebas, vividas en comunión con el Señor, dan gloria a Dios. Pero nos cuesta pronunciar la acción de gracias cuando tenemos que sufrir personalmente «por el nombre de Cristo». Sin embargo, el acceso a la gloria tiene lugar a través de un itinerario semejante al suyo.

Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 4, 13-16.

Queridos hermanos:
Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.
Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.
Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por homicida, ladrón, malhechor o entrometido.
Pero, si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, que dé gloria a Dios por este nombre.

Palabra de Dios.

Aleluya Jn 14, 23

Aleluya. Aleluya 
Cristo es el inocente
que ha muerto por los culpables,
para conducirnos a Dios. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
El que me ama guardara mi palabra -dice el Señor-,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. Aleluya.

EVANGELIO

Breve variación sobre algunos de los temas predilectos de san Juan: La fidelidad a los mandamientos, criterio decisivo de adhesión a Cristo, intercesor nuestro y prenda del envío del Espíritu consolador; la fidelidad cristiana, comunión en la vida del Padre y del Hijo en la unidad del Espíritu Santo.

Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él. »

Palabra de Dios.

o bien:

La gran oración de Jesús, recogida únicamente en el evangelio según san Juan, tiene todos los elementos de una acción de gracias en el sentido que le aplicamos comúnmente cuando hablamos de «eucaristía». Jesús la pronunció «levantando los ojos al cielo», cuando había «llegado la hora» de pasar de este mundo al Padre. En realidad, abarca el hoy de todos los tiempos. La ofrenda y el recuerdo (anamnesis) de la obra de la salvación realizada conducen a la intersección. Tiene también la estructura dinámica de la plegaria eucarística: todo viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu; todo torna de nuevo al Padre en el Espíritu, por el Hijo. Finalmente, se articula en torno a la «hora de Jesús», la hora de su muerte, resurrección y glorificación a la derecha del Padre.

Padre, glorifica a tu Hijo..

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 1-11a.

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
-«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

Palabra de Dios.




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lunes, 12 de mayo de 2014

18/05/2014 - 5º domingo de Pascua (A)

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18 de mayo de 2014

5º domingo de Pascua (A)


Las «cosas de la fe» no son puras abstracciones, sino realidades invisibles. Dado que escapan a la experiencia sensible, para hablar de ellas hay que recurrir al lenguaje de las imágenes, a las analogías que las evocan, aunque no agotan su misterio. Tratar de imaginárselas sin tener en cuenta su trascendencia no puede sino conducir a desviaciones.
Jesús, de vuelta a «la casa de su Padre», nos prepara en ella «una estancia». Volverá a recogernos «para que donde está él, estemos también nosotros». Como Tomás, quisiéramos saber más. La respuesta de Jesús disipa las ilusiones, los espejismos de la imaginación. Jesús mismo, personalmente, es el camino, al igual que es la verdad y la vida. El lleva al Padre, lo da a conocer y hace posible participar de su vida. Se trata de estar con él y en él. Nuestros caminos terrenales pueden hacerse poco seguros, impracticables. Jesús, el camino, permanece siempre accesible y, en la oscuridad de la fe, nos conduce infaliblemente a nuestro destino.
«Sí, pero nosotros nunca hemos visto al Padre», insiste Felipe. La respuesta de Jesús nos conduce de nuevo a la realidad. En él, que es el único que lo conoce de veras, se ha revelado el Dios invisible que nosotros, por nuestra parte, debemos dar a conocer a los demás haciendo obras semejantes a las del Señor.
Por otro lado, la realidad íntima de la Iglesia, a la vez visible e invisible, humana y divina, no puede encerrarse en una única definición. Asimilarla a otras formas de agrupación humana de las que tenemos experiencia es fuente de equívocos, a menudo muy graves. También aquí es necesario recurrir a imágenes, como la del «templo del Espíritu» entre otras un templo construido sobre el Señor, que es su «piedra angular». Los cristianos son «piedras vivas».
Los diversos ministerios que se ejercen en las comunidades cristianas han de entenderse y situarse en la perspectiva de esta construcción Como ocurrió ya en tiempos apostólicos puede ser necesario instituir nuevos ministerios para responder a las necesidades que, con el paso del tiempo, se van presentando en los diversos lugares. Por eso, cada vez más, y no sólo a causa de la disminución del número de sacerdotes, actualmente se confían responsabilidades pastorales a los laicos, hombres y mujeres.

PRIMERA LECTURA

En la Iglesia de Jerusalén hay creyentes de diversas lenguas y, sobre todo, de diferentes culturas: hebrea y griega. Al crecer en número, los «griegos» consideran que no se les tiene suficientemente en consideración, que se los discrimina incluso a la hora de socorrer a las viudas. Para respetar las diferencias salvaguardando la comunión, los Doce proponen nombrar a siete «griegos» corresponsables  en el servicio de las mesas. Esta primera iniciativa, tomada para responder a necesidades de organización material, tendrá consecuencias imprevisibles en aquel momento. La seguirán otras muchas. Los siete serán pronto asociados a los apóstoles en el anuncio del evangelio. Para responder a las necesidades de las Iglesias y de la misión, se irán instituyendo progresivamente nuevos y diversos ministerios.

Eligieron a siete hombres llenos de espíritu.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 1-7

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas.
Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:
-«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.»
La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.
La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el y número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Palabra de Dios.

SALMO

Acción de gracias por la fecundidad de la Palabra y por la unidad y la comunión en la diversidad.

Salmo 32, 1-2. 4-5. 18-19 (R.: 22)

R.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.
R.

Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.
R.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
R.

SEGUNDA LECTURA

Fundada en Cristo, «piedra angular», la comunidad de los que han respondido a la llamada de Dios constituye un conjunto vivo, el «templo del Espíritu». Todos aquellos a los que la fe ha integrado en esta construcción son corresponsables de su desarrollo armonioso. Han de participar en la misión y celebrar en su vida un culto agradable a Dios.

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 4-9

Queridos hermanos:
Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.
Dice la Escritura:
«Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.»
Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino.
Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Palabra de Dios.

Aleluya Jn 14, 6

Aleluya. Aleluya.
Has ido a prepararnos sitio,
Jesús, Hijo de Dios.
Volverás y nos llevarás contigo
para que donde estás tú
estemos también nosotros. Aleluya.

Aleluya, aleluya,
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida
-dice el Señor-;
nadie va al Padre, sino por mí. Aleluya.

EVANGELIO

«El Señor ha resucitado, ha subido al cielo, está sentado a la derecha del Padre, y volverá para llevarnos a la casa del Padre». Los términos que expresan el sentido de la Pascua de Cristo y el dinamismo que anima a los creyentes evocan realidades de otro orden, transcendentes, imposibles, por tanto, de imaginar. Las preguntas algo ingenuas de Tomás, en los que muchos pueden reconocerse, son ocasión para aclarar unos cuantos puntos fundamentales. Jesús en persona es el camino, y la verdad, y la vida. Conocerlo a él es conocer al Padre, que es uno con él. Creer lleva a hacer las mismas obras que acreditan al Hijo. Verdaderamente, la fe pascual no tiene nada que ver con los sueños que llevan a evadirse de la realidad. Esta orienta decididamente hacia el presente, y compromete la responsabilidad de los creyentes en el mundo y en la Iglesia «ya desde ahora».

Yo soy el camino, y la verdad, y, la vida.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice:
-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde:
-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice:
-«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Jesús le replica:
-«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

Palabra de Dios.



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