sábado, 3 de enero de 2015

04/01/2015 - 2º domingo de Navidad (B)

Lecturas y Evangelio del domingo

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2º domingo de Navidad (B)


Nacimiento en Belén, anunciado por los ángeles a los pastores de aquella región y por una estrella a los magos de Oriente; circuncisión al octavo día y presentación en el templo; peregrinación a Jerusalén a la edad de doce años; años en Nazaret, en casa de José, el carpintero, y de su esposa: es todo lo que la tradición apostólica ha conservado de los «comienzos» de Jesús, el Cristo. Esta quedó recogida sobriamente y de manera fragmentaria en lo que se conoce como los «evangelios de la infancia», escritos por san Mateo y san Lucas varias décadas después de la pascua.
Son verdaderamente «evangelios», anuncios del misterio de la encarnación del Hijo de Dios, y no simples relatos encaminados a satisfacer la curiosidad o a edificar, y menos aún «cuentos de Navidad» como los que se cuentan a los niños. Interpretados a la luz de las Escrituras, estos hechos aparecen, a los ojos de la fe, como acontecimientos salvíficos especialmente significativos. Antes de manifestarse públicamente, Jesús, el Salvador, vivió durante muchos años en el silencio y la privacidad de un niño, o de un joven, semejante en todo a los demás, humildemente fiel a la ley de su pueblo y a la condición de los vecinos de su ciudad de Galilea. ¡ Y, sin embargo, era «Dios-con-nosotros»!
Dios había dado ya a los suyos numerosas pruebas de cercanía. Se había podido hablar de la Sabiduría como la personificación más pura y sugestiva de su presencia. Pero nadie hubiera podido imaginar que un día el Hijo de Dios en persona había de encarnarse en el vientre de una mujer para habitar entre nosotros. Es el misterio insondable que celebra la liturgia. Por Cristo, con él y en él somos hijos de Dios «para alabanza de su gloria».
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, «para que comprendamos cuál es la esperanza» que nos da la venida de su Hijo a nuestro mundo, «cuál la riqueza de gloria» de la herencia que estamos llamados a compartir con él.

PRIMERA LECTURA

Se trata de un texto cumbre dentro del libro del Sirácida, o Eclesiástico. La Sabiduría, con mayúscula, habla como una persona. Se presenta gloriándose de ser la encarnación de la Ley, cuyos beneficios proclama con insistencia el salmo 118. Accesible a todos, porque ha fijado su morada entre los hombres, la Sabiduría les aporta vida y felicidad.

La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido.

Lectura del libro del Eclesiástico Si 24, 1-2. 8-12

La sabiduría se alaba a sí misma,
se gloria en medio de su pueblo.
Abre la boca en la asamblea del Altísimo
y se gloría delante de sus Potestades.
En medio de su pueblo será ensalzada,
y admirada en la congregación plena de los santos;
recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos
y será bendita entre los benditos.
El Creador del universo me ordenó,
el Creador estableció mi morada:
«Habita en Jacob,
sea Israel tu heredad».
Desde el principio, antes de los siglos, me creó,
y no cesaré jamás.
En la santa morada, en su presencia, ofrecí culto
y en Sión me estableció;
en la ciudad escogida me hizo descansar,
en Jerusalén reside mi poder.
Eché raíces en un pueblo glorioso,
en la porción del Señor, en su heredad,
y resido en la congregación plena de los santos.

Palabra de Dios.

SALMO

Jesús es Sabiduría del Altísimo, Paz del cielo en la tierra, Pan de vida eterna.

Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20

R.
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R.

SEGUNDA LECTURA

Las palabras se agolpan en la pluma de san Pablo para expresar los infinitos e inimaginables beneficios de los que es prenda el misterio de Navidad: participación en la vida que el Hijo comparte con su Padre; promesa de ser asociados a la gloria del Señor; comunión de los fieles en la fe, la esperanza y la oración.

Nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-6. 15-18

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor.
El nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.  

Palabra de Dios.

ALELUYA 1 Tm 3,16

Aleluya, aleluya.
Jesús, hijo de María, bendito tu nombre.
Cristo, Salvador del mundo, gloria a ti. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Gloria a ti, Cristo, proclamado a los paganos.
Gloria a ti, Cristo, creído en el mundo. Aleluya.

EVANGELIO

En esta página con la que se inicia el cuarto evangelio, san Juan expresa, con una fuerza y un realismo incomparables, la paradoja del misterio de la encarnación y el alcance indescriptible de la fe. Dios, el totalmente otro, el incognoscible por naturaleza, se ha manifestado en su Hijo, la Palabra hecha carne. Todos han podido verlo, todos han podido oírlo hablar del Padre con palabras humanas, e incluso tocarlo con sus propias manos. Los que lo «reciben», los que «creen en su nombre», participan de «su plenitud»; «no han nacido de sangre, ni de amor carnal»: «;han nacido de Dios!». Por eso «les da poder para ser hijos de Dios». Pero no todos lo reciben. Y es que entre nosotros ha aceptado los riesgos de la fe.

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 1-18

En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre, enviado por Dios,
que se llamaba Juan:
éste venía como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz,
sino testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino,
y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.
Éstos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Éste es de quien dije:
"El que viene detrás de mí,
pasa delante de mí,
porque existía antes que yo"».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la Ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás:
el Hijo único,
que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer.

Palabra de Dios.



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