lunes, 18 de mayo de 2015

24/05/2015 - Domingo de Pentecostés (B)

Lecturas y Evangelio del domingo

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Domingo de Pentecostés (B)


Pentecostés, lo mismo que la Epifanía al final de las celebraciones de la manifestación del Hijo de Dios en nuestra carne, clausura la cincuentena durante la cual la Iglesia celebra anualmente la Pascua de Cristo. La encarnación del Hijo de Dios y su resurrección, etapas decisivas de la historia de la salvación que culminará con el retorno del Señor al final de los tiempos, están en estrecha relación.
Anunciado por las antiguas Escrituras, prometido por el Señor en diversas ocasiones, y más explícitamente cuando llegó «la hora de pasar de este mundo al Padre», el envío del Espíritu imprime, en cierto modo, su sello a toda la obra redentora del Hijo de Dios, que «nació de santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos».
La fiesta de Pentecostés celebra el misterio de Dios, que ha rescatado al mundo por medio de su Hijo, y el misterio de la Iglesia, cuerpo de Cristo. Por eso el evangelio de las dos misas está tomado de los últimos encuentros de Jesús con sus discípulos. En el momento de dejar visiblemente la tierra, Jesús habla a los suyos de su nueva situación en el mundo tras su partida. El no los abandona. Va a enviarles al Espíritu, el Defensor, para guiarlos por el camino que conduce a la resurrección junto a él y junto al Padre.
El Espíritu que recibieron los apóstoles se da también a todos los creyentes. San Pablo insiste en su acción en cada uno y en la Iglesia en su conjunto: estructura y unifica el ser del cristiano; da a la comunidad unidad y cohesión gracias a los diferentes carismas, concedidos abundantemente para el bien de todos y el desarrollo armónico del cuerpo entero. Al mismo tiempo, el Apóstol recuerda insistentemente a los creyentes las exigencias de este don maravilloso.
Pentecostés no es, entonces, un acontecimiento del pasado, por decisivo que sea. Celebra a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiesta día tras día en la tierra y que se revelará a plena luz cuando vuelva el Hijo del hombre. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo.

Misa del día.

El Espíritu, anunciado por Jesús al llegar «la hora de pasar de este mundo al Padre», recibido por los apóstoles «al llegar el día de Pentecostés», anima y guía la vida de los cristianos y de la Iglesia. Hace del corazón de cada uno morada del Padre y del Hijo. Promesa y prenda de participación en la resurrección de Cristo, abre a todos los hombres las puertas de la misericordia divina y reúne a los creyentes en una comunidad de pecadores perdonados que pueden llamar a Dios «Padre». Impulsa a la Iglesia a salir de los muros del miedo, para ir, con valentía, a anunciar al mundo entero la paz y la alegría de Dios. Le recuerda constantemente las enseñanzas del Señor; abre el corazón y el espíritu al sentido inagotable de las Escrituras inspiradas, cuya luz permite orientarse en las situaciones más dispares, y hasta inéditas. Fuente inagotable de juventud, el Espíritu renueva incesantemente la vida de los creyentes, de la Iglesia y del mundo. Difunde profusamente sus múltiples carismas para bien y beneficio del cuerpo entero, que crece al ritmo de los «días ordinarios» de la existencia humana.
En la cruz de Cristo han muerto el pecado y el mal. Pero la lucha entre la luz y las tinieblas continúa en la tierra y en el corazón de cada uno de nosotros, donde los «deseos de la carne» y «los deseos del espíritu» no han acabado de enfrentarse. La lucha es sin cuartel, pero combatimos como hombres libres y bien armados, porque el Defensor nos protege de la seducción de los deseos que conducen a la muerte.
La Iglesia, cuerpo de Cristo, respondiendo a su misión, se construye de ese modo en la unidad e, impulsada por el Espíritu, puede anunciar el Evangelio a toda la tierra por la fuerza de su predicación y de su testimonio.
Tal es la amplitud del misterio celebrado en la solemnidad de Pentecostés. Prometido por Dios desde mucho antes, el fuego del Espíritu, que consumió y transformó repentinamente el corazón de los apóstoles, no deja de difundirse, de manera generalmente discreta, a veces espectacular, entre los fieles, a los que convierte en testigos del Evangelio, y en el mundo, para que todos los hombres, sin distinción, puedan participar de la salvación. Pero su acción se percibe a posteriori. Nadie puede presumir anticipadamente de estar animado por el Espíritu.

PRIMERA LECTURA

De la multitud desorganizada que huía de Egipto, la Ley promulgada en el Sinaí logró hacer un pueblo dotado de una constitución. Gracias al Espíritu enviado el día de la fiesta que conmemoraba ese acontecimiento fundante, los hombres del mundo entero pueden beneficiarse de la elección divina y de las maravillas realizadas por Dios. Mós aún, desde entonces cada uno puede oír la Buena Noticia en su propio idioma. Pentecostés restaura la unidad Tota POT Babel.

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
-« ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

Palabra de Dios.

SALMO

Oración y acción de gracias por el don del Espíritu, que es sabiduría, aliento de vida y fuerza renovadora.

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 (R.: cf. 30)

R
Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R

Les retiras el aliento,
y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R

SEGUNDA LECTURA

La efusión universal del Espíritu reúne en la unidad a todos los que confiesan que Jesús es el Señor resucitado. Esta unidad es la de un cuerpo vivo con diferentes miembros, cuyo buen funcionamiento garantiza la cohesión y la armonía entre todos ellos.

Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Palabra de Dios.

O bien:

Según el vocabulario de san Pablo, la «carne» designa los «deseos malos, negativos» que hay que combatir para no verse arrastrado al pecado, en oposición al «espíritu», que conduce a las buenas obras, a la santidad. «Hay entre ellos un antagonismo». Superar las emboscadas y tentaciones que acechan al hombre en el camino de la vida equivale a morir cada día un poco más a los deseos de la «carne» pecadora, crucificada con Cristo, para marchar con él, tras el Espíritu.

El fruto del Espíritu.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 5, 16-25

Hermanos:
Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley.
Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que así obran no heredarán el reino de Dios.
En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra esto no va la ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.

Palabra de Dios.

SECUENCIA

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

ALELUYA

Aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO

San Juan evoca aquí sin situarlas en ninguna perspectiva, las diversas fases del misterio pascual de Cristo, cuyo cumplimiento es el envío del Espíritu. «El día primero de la semana» es «el día del Señor», el domingo, en el que la asamblea cristiana se reúne para la celebración semanal de la Pascua. Estamos ante una de las numerosas páginas del cuarto evangelio con connotaciones litúrgicas, discretas pero claras. El Espíritu, al difundirse, permite a todos tener acceso a la salvación alcanzada por medio de la Pascua de Cristo, obtener «el perdón de los pecados».

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Recibid el Espíritu Santo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Palabra de Dios.

O bien:

Al celebrar la eucaristía del día de Pentecostés, la Iglesia hace «memoria» de la misión del Espíritu Santo, revelada por Jesús precisamente cuando llegó «la hora de pasar de este mundo al Padre». Testigo de Cristo glorificado junto al Padre, el «Defensor» concede a los discípulos la posibilidad de comprender cada vez mejor las enseñanzas del Señor transmitidas por los apóstoles y guardadas fielmente en la Iglesia.

El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 26-27; 16, 12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará».

Palabra de Dios.



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