lunes, 17 de agosto de 2015

23/08/2015 - 21º domingo Tiempo ordinario (B)

Lecturas y Evangelio del domingo

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21º domingo Tiempo ordinario (B)


Desde el decimoséptimo domingo, la asamblea cristiana está invitada a una larga meditación sobre el «signo del pan». El punto de partida es un equívoco sobre el significado de la multiplicación de los panes y, al mismo tiempo, sobre la persona y la misión de Jesús. El no ha sido enviado para convertirse en rey y, gracias a su poder de hacer milagros, procurar el alimento cotidiano a sus partidarios. El «discurso» en la sinagoga de Cafarnaún va avanzando al ritmo de las sucesivas incomprensiones de los oyentes y de sus intervenciones, cada vez más agresivas. El pan multiplicado es «signo» de contradicción.
La perspectiva eucarística del capítulo 6° del evangelio según san Juan, subyacente desde el principio, aparece de manera cada vez más clara a medida que se va avanzando en la lectura, sobre todo cuando esta se hace en el marco de la liturgia dominical. Jesús proclama que para tener la vida eterna es necesario «comer» verdaderamente su «carne» y «beber» verdaderamente su «sangre». El realismo de los términos empleados aquí está en consonancia con el prólogo de san Juan: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).
Los discípulos, que hasta este momento han permanecido en la sombra y silenciosos, entran de pronto en escena. Al oír estas palabras, pierden sus últimas ilusiones sobre la misión temporal y política de Jesús. ¿De qué sirve seguir sus pasos? Muchos lo abandonan. Jesús no trata de retenerlos suavizando el sentido de sus afirmaciones. Se dirige a los doce: «También vosotros queréis marcharos?».
Esta pregunta plantea la cuestión de la fe, que consiste, lo mismo que el amor, en comprometer la vida entera, no por seguridad en sí mismo, sino porque se confía en el otro. Cada uno de los que celebramos la eucaristía debemos tomar conciencia, con lucidez, de los pensamientos de nuestro corazón, e interrogarnos honradamente sobre nuestra adhesión personal a Jesús, palabra y pan de vida.
Lo mismo hay que decir de la recepción de todos los sacramentos, reafirmación y renovación del compromiso en el seguimiento de Cristo, exigencia de nuevas relaciones con los otros, a imitación de las que unen al Señor con la Iglesia.

PRIMERA LECTURA

Todas las grandes etapas de la historia de la salvación están marcadas por una renovación de la alianza. Al tiempo que Dios reitera y confirma su fidelidad, el pueblo, y cada uno de sus miembros en particular, son invitados a reiterar su compromiso de servir al Señor. La entrada en la tierra prometida al final del éxodo es una de las etapas capitales de esta historia.

Nosotros serviremos al Señor: ¡Es nuestro Dios!

Lectura del libro de Josué 24,1-2a.15-17.18b

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Eufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor».
El pueblo respondió: «Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!».

Palabra de Dios.

SALMO

Profesión de fe y acción de gracias de aquellos a quienes el Señor justifica y conduce por el camino de la salvación.

Salmo 33, 2-3. 16-17. 18-19. 20-21

R
Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R

Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. R

Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R

Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor;
él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará. R

La maldad da muerte al malvado,
y los que odian al justo serán castigados.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R

SEGUNDA LECTURA

Lo que aquí dice san Pablo no supone una sanción de la situación de desigualdad que tenían los esposos en su época. Lo que hace es invitarlos a situarse uno respecto al otro siguiendo ejemplo de Cristo. El, que es «cabeza de la Iglesia», se ha entregado por ella, y su obediencia no tiene nada de servil ni de humillante porque es causa de salvación. Su primacía es la del amor desinteresado: no busca más que el bien de su esposa, unida a él con un amor semejante al suyo. Estos principios elevan la relación de los esposos al nivel del misterio de Dios, es decir de lo que él es y de lo que hace por nosotros. Entendida así. la enseñanza del Apóstol es de máxima actualidad.

Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5,21-32

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
«Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne». Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 6,63c.68c

Aleluya. Aleluya.
Señor Jesús, creemos en ti,
que eres el Santo,
el Santo consagrado por Dios. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Tus palabras, Señor, son espíritu y vida;
tú tienes palabras de vida eterna. Aleluya.

EVANGELIO

«Muchos discípulos» de Jesús encuentran duras sus palabras. Y entonces deciden dejar de ir con él, lo mismo que otros lo abandonarán en el momento decisivo de la Pasión, cuando, incluso, uno de ellos lo traicionará. Se marchan porque no confían totalmente en él y en su palabra, porque no creen que él es la Palabra de Dios hecha carne, que se entrega como alimento para la vida del mundo. La eucaristía es el «misterio de la fe», el «sacramento» de la esperanza que no defrauda.

¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabra de vida eterna.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».
Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

Palabra de Dios.



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