lunes, 7 de septiembre de 2015

13/09/2015 - 24º domingo Tiempo ordinario (B)

Lecturas y Evangelio del domingo

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24º domingo Tiempo ordinario (B)


¿Quién es Jesús? Desde el principio, el evangelio según san Marcos orienta hacia esta pregunta. A mitad del camino por el que el evangelista conduce al lector, la pregunta recibe una primera respuesta explícita. Un día, en Cesarea de Felipe, ante las diversas opiniones de los otros, Jesús insta a sus discípulos a pronunciarse: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Pedro hace de portavoz: «Tú eres el Mesías». Es una buena respuesta, con tal que se entienda bien lo que significa e implica este título tradicional, aplicado al enviado de Dios que se esperaba. Porque no se puede usar
sin discernimiento.
El libro de Isaías había trazado los rasgos vigorosos de un «siervo de Dios» inquebrantablemente fiel a su vocación y a su misión, a pesar de las persecuciones y los ultrajes, que no quedaría defraudado porque tenía cerca a Dios, su defensor. ¿Se trataba de una evocación conmovedora de la suerte a la que se expone todo profeta, o del retrato de un enviado de Dios único, excepcional?
Jesús acepta la confesión de fe de Pedro. Pero, «empezó a instruirlos», revelando a sus discípulos que «tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». «No, eso no puede sucederte!», exclama Pedro indignado. Su reacción parece fruto de un sentimiento positivo. Sin embargo le acarrea un duro reproche por parte de Jesús, porque, sin saberlo, está hablando como Satanás cuando, en el desierto, quiso apartar al Hijo del hombre de su misión y de su obediencia al Padre. ¡Qué lección para los discípulos de todos los tiempos! Creer en Cristo es reconocer en él al Hijo de Dios cuando expira en la cruz, como hizo el centurión romano que estaba frente a él en el Calvario (Mc 15,39). Y esta fe exige seguir sus pasos por el camino de la Pasión, el único camino que conduce a la resurrección pascual.
Creer no consiste en hacer declaraciones, de pertenencia a Cristo, sino en actuar, en comportarse como él. El lo dio todo, incluso su propia vida, para obtenemos la salvación, de la que estábamos radicalmente privados. Por tanto, en la comunidad cristiana nadie puede pretender ningún tipo de superioridad.

PRIMERA LECTURA

Todo servidor de Dios, de una manera u otra, vive una experiencia semejante a la del personaje misterioso que Isaías pone como ejemplo: le cuesta permanecer fiel a su vocación y reconoce que Dios mismo es su fuerza. Es también la experiencia de una comunidad inquebrantablemente unida al Señor, Pero el perfecto «siervo de Dios» es Cristo, «obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,7-8).

Ofrecí la espalda a los que me apaleaban.

Lectura del libro de Isaías 50,5-9a

El Señor me abrió el oído;
yo no resistí
ni me eché atrás:
ofrecí la espalda a los que me apaleaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no me tapé el rostro
ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.
Tengo cerca a mi defensor,
¿quién pleiteara contra mí?
Comparezcamos juntos.
¿Quién tiene algo contra mí?
Que se me acerque.
Mirad, el Señor me ayuda,
¿quién me condenará?

Palabra de Dos.

SALMO

Fragilidad, tristeza, angustia, muerte: ¿quién nos librará de ellas sino el Señor de la vida?

Salmo 114,1-2.3-4.5-6.8-9(R: 9)

R
Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco. R

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida». R

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas, me salvó. R

Arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.
Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida. R

SEGUNDA LECTURA

La cuestión de la relación entre la fe y las obras se planteó muy pronto. La carta de Santiago no la resuelve; él responde a los que consideran que la fe sin obras basta para salvarse. San Pablo, por su parte, contesta a los que, al contrario, creen que deben su salvación sólo a sus buenas obras (Rm 1,16—8,39).

La fe, si no tiene obras, está muerta.

Lectura de la carta del apóstol Santiago 2,14-18

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?
Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta. Alguno dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe».

Palabra de Dios.

ALELUYA Ga 6,14

Aleluya. Aleluya.
El que quiera salvar su vida la perderá;
pero el que la pierda por Cristo y por el Evangelio
la salvará. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Dios me libre de gloriarme
si no es en la cruz del Señor,
en la cual el mundo está crucificado para mí,
y yo para el mundo. Aleluya.

EVANGELIO

Por primera vez Jesús anuncia lo que implica verdaderamente su título de Mesías, y las exigencias que esto conlleva también para sus discípulos. Un día Pedro lo entenderá.

Tú eres el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 8,27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas». El les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías». El les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará».

Palabra de Dios.



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