lunes, 26 de octubre de 2015

01/11/2015 - 31º domingo Tiempo ordinario (B)

Lecturas y Evangelio del domingo

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31º domingo Tiempo ordinario (B)


A los niños les encanta escuchar una y otra vez, con una capacidad de asombro siempre renovado, historias que han oído ya muchas veces. Con ese mismo ánimo hay que escuchar hoy, de nuevo, el relato del diálogo entre Jesús y un escriba. Que muestra, ante todo, que no todos los escribas tenían prejuicios e intenciones torcidas cuando interrogaban a Jesús. Además, y en primer lugar, se trata aquí de una cuestión fundamental, ya que se refiere al mandamiento que «es el primero de todos».
A veces se plantea esta cuestión dentro de una perspectiva casuística, es decir, tratando de establecer una jerarquía entre los deberes, con la intención más o menos explícita de encontrar un modo de salir adelante con el menor esfuerzo posible. Pero el escriba, sin duda, y Jesús, evidentemente, se sitúan en un punto de vista totalmente distinto. El «primer mandamiento» se determina no por estar encabezando una lista, sino por su prioridad absoluta. Es la fuente y la meta de todas las demás prescripciones. Se impone siempre, en todo lugar y en toda circunstancia. No admite excusas ni excepciones. Respecto de él, nunca se ha hecho bastante. Más que de un mandamiento en el sentido corriente del término, se trata de un principio ineludible que exige de cada uno responsabilidad y discernimiento, pues en todo momento es necesario decidir lo que el amor a Dios y al prójimo obliga a hacer o a evitar. En concreto, todo lo que, de algún modo, perjudica a los otros es incompatible con el amor que se debe a Dios. Más allá de cualquier otra consideración, lo que está en juego es la relación con Dios, como proclama la profesión de fe que precede e introduce el enunciado del «primer mandamiento»: «Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es solamente uno». Esta es la razón de que el criterio último y cierto del amor a Dios sea el amor al prójimo. «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20).
El «temor de Dios», del que habla a menudo la Escritura, es, ante todo, religión del corazón, que es donde deben inscribirse los mandamientos, y no sometimiento legal a las leyes de un código moral. Estas podrían recompensamos o castigarnos de manera proporcionada. Pero de lo que se trata es de la salvación, adquirida por Cristo, «nuestro sumo sacerdote, santo, inocente, sin mancha», que amó a los suyos «hasta el extremo» (Jn 13,1).

PRIMERA LECTURA

El «temor de Dios», reverenda afectuosa que se traduce en adoración, se confunde con la religión en espíritu y en verdad. Quien lo posee, cumple los mandamientos. Promulgados en el marco de una alianza, de un pacto de amistad, crean entre las partes vínculos recíprocos libremente aceptados. A los que entran en esta relación privilegiada y son fieles a ella, Dios les promete lo mejor, que aquí se describe como una larga vida en una tierra feroz 

Escucha, Israel: Amarás al Señor con todo el corazón.

Lectura del libro del Deuteronomio 6, 2-6

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel”. Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria».

Palabra de Dios.

SALMO

En todas las encrucijadas de la vida, «el primer mandamiento» muestra la dirección que hay que seguir para hacer la voluntad de Dios.

Salmo 17, 2-3a. 3bc-4 47 y 51ab

R
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido. R

SEGUNDA LECTURA

El sacerdocio de Cristo «permanece para siempre», porque el que lo ejerce vive para siempre junto a Dios. Además, su «sacrificio», al ser perfecto, no necesita repetirse: es y será en todas partes y para siempre fluente de salvación para los que celebran su memorial.

Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.

Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28

Hermanos: Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la muerte les impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor.
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. El no necesita ofrecer sacrificios cada día —como ls sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo—, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.

Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 14, 23

Aleluya. Aleluya.
El Señor nuestro Dios es el único Señor
No hay mandamiento mayor
que amarlo con todo el corazón
y amar al prójimo como a uno mismo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
El que me ama guardará mi palabra
—dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. Aleluya.

EVANGELIO

Amar con un mismo amor a Dios, «el único Señor», y al prójimo: en esto consiste el primer mandamiento. De todo el que lo entiende y obra en consecuencia puede decirse que «no está lejos del reino de Dios».

No estás lejos del reino de Dios.

+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó: «Muy bien. Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra de Dios.



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