lunes, 21 de diciembre de 2015

27/12/2015 - Sagrada Familia: Jesús, María y José (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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Sagrada Familia: Jesús, María y José (C)


Desde el siglo XVII se habían venido constituyendo en diversos países de Occidente «asociaciones de la Sagrada Familia». En 1893, al darles un estatuto común, León XIII les concedió la celebración de una fiesta de la Sagrada Familia, fijada el tercer domingo después de Epifanía. En 1914, Benedicto XV la trasladó al 19 de enero, y más tarde, en 1921, al extenderla a toda la Iglesia de rito latino, la pasó al primer domingo después de la Epifanía. Finalmente, en 1969, el calendario romano publicado por Pablo VI, conforme a los decretos del Vaticano II, le confirió el emplazamiento actual.
Aunque en el origen de su institución influyeran razones pastorales y de espiritualidad familiar, la fiesta de la Sagrada Familia es ante todo una celebración del misterio de la Encarnación, del que destaca un aspecto bien concreto.
El Hijo de Dios ha nacido como los demás, después de haber estado en el seno de una mujer y haberse formado en él como los demás niños. Durante los años de lo que se conoce como su «vida oculta», los más largos de su existencia terrena, Jesús fue creciendo al ritmo de los otros niños y en condiciones similares a las suyas, en una familia que aparentemente en nada se distinguía de las demás. Recibió de sus padres y de su entorno una educación comparable, en todos los aspectos y terrenos, a la del resto de los jóvenes de Nazaret. Con ellos aprendió, a partir de sus primeros balbuceos, las palabras de la lengua en la que más tarde habría de anunciar la Buena Noticia y revelar los secretos del Padre. Como los otros niños, fue aprendiendo progresivamente y por propia experiencia las dificultades y alegrías de la vida cotidiana, de las que dan testimonio de manera especial los ejemplos y comparaciones recogidos en las parábolas. A la escuela de sus padres y observando su entorno, fue ponderando el valor humano y el peso de eternidad de las cosas más simples, aparentemente insignificantes o triviales. Y las fue santificando antes de enseñar que la fidelidad con que se asumen tendrá su recompensa más allá de todo mérito.

PRIMERA LECTURA

«Honrar» al padre y a la madre debería ser algo espontáneo. Sin embargo Dios lo ha convertido en un deber religioso inscrito en el decálogo. La «honra» que se les da remonta hasta Dios, que ha sido quien les ha dado el poder y la responsabilidad de transmitir la vida, de la que él es fuente.


El que teme al Señor honra a sus padres.

Lectura del libro del Eclesiástico Si 3,2-6.12-14

Dios hace al padre más respetable que a los hijos
y afirma la autoridad de la madre sobre la prole.
El que honra a su padre expía sus pecados,
el que respeta a su madre acumula tesoros;
el que honra a su padre se alegrará de sus hijos,
y cuando rece, será escuchado;
el que respeta a su padre tendrá larga vida,
al que honra a su madre el Señor lo escucha.
Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre,
no lo abandones mientras vivas;
aunque chochee, ten indulgencia,
no lo abochornes mientras vivas.
La limosna del padre no se olvidará,
será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Palabra de Dios.

O bien.

Ana es consciente de que su hijo es un don de Dios. Da gracias por ello y consagra a su hijo, tan deseado, al Señor De Dios procede toda paternidad en el cielo y en la tierra.

Cedo Samuel al Señor de por vida, para que sea suyo.

Lectura del primer libro de Samuel 1,20-22.24-28


En aquellos días, Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso de nombre Samuel, diciendo:
- ¡Al Señor se lo pedí!
Pasado un año, su marido Elcaná subió con toda la familia para hacer el sacrificio anual al Señor y cumplir la promesa. Ana se excusó para no subir, diciendo a su marido:
- Cuando destete al niño, entonces lo llevaré para presentárselo al Señor y que se quede allí para siempre.
Cuando Ana hubo destetado a Samuel, subió con él al templo del Señor, de Silo, llevando un novillo de tres años, una fanega de harina y un odre de vino. Cuando mataron el novillo, Ana presentó el niño a Elí, diciendo:
- Señor, por tu vida, yo soy la mujer que estuvo aquí junto a ti, rezando al Señor. Este niño es lo que yo pedía; el Señor me ha concedido mi petición. Por eso se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo.
Después se postraron ante el Señor.

Palabra de Dios.

SALMO

La felicidad sencilla en el seno de la familia, que es santuario de Dios y célula de la Iglesia.

Salmo 127, 1-2. 3. 4-5

R
Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R

Ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R

O bien.

Escuchar las llamadas del Señor, encontrar fuerza en él y darle gracias en esa morada de Dios» que es la familia.

Salmo 83, 2-3. 5-6. 9-10

R
Dichosos los que viven en tu casa, Señor.

¡Qué deseables son tus moradas,
Señor de los ejércitos!
Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo. R

Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichosos los que encuentran en ti su fuerza
al preparar su peregrinación. R

Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;
atiéndeme, Dios de Jacob.
Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,
mira el rostro de tu Ungido. R

SEGUNDA LECTURA

El ideal de la familia cristiana: vivir en unidad y en amor compartido. Como hijos del mismo Padre que os ha perdonado, «haced vosotros lo mismo».

La vida de familia vivida en el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.
Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Palabra de Dios.

O bien.

Nuestro Padre del cielo no sólo nos regala el don maravilloso de la vida, sino que nos hace partícipes de su propia vida. Nos coima de su amor y de su gracia. La fidelidad a sus mandamientos, sobre todo al mandamiento del amor, nos garantiza su presencia. La familia es el lugar privilegiado para descubrir juntos, como Iglesia, la voluntad de Dios y las maravillosas perspectivas que ofrece a cada uno.

El Padre nos llama hijos de Dios, y lo somos.

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3,1-2. 21-24

Queridos hermanos:
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él.
Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es.
Queridos: si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.
Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

Palabra de Dios.

ALELUYA Hch 16,14b

Aleluya, aleluya.
Sabiduría eterna de Dios,
Cristo, que habitas en la casa del Padre,
gloria a ti. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Ábrenos el corazón, Señor,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo. Aleluya.

EVANGELIO

Más que un reproche dirigido secamente a los suyos, las primeras palabras de
Jesús que recoge el evangelio son una revelación: su Padre no es aquel a quien
María da ese nombre; la verdadera morada del Hijo no es la casa de Nazaret.
Es el misterio de la vocación personal, cuyo secreto sólo Dios conoce y que no
se va descubriendo sino poco o poco.

Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los maestros.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,41-52

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.
A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
- Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.
Él les contestó:
- ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.
Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Palabra de Dios.



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