lunes, 21 de marzo de 2016

27-03-2016 - Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (C)


Después de la larga y densa liturgia de la Noche pascual, la eucaristía del día de Pascua se desarrolla en un clima de paz, serenidad y alegría interior. Es momento de meditar la Buena Noticia que ha resonado intensamente durante la noche. Es momento también de releer, a la luz del acontecimiento pascual, el conjunto de la obra llevada a cabo por Jesús de Nazaret, que, «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo», ofrece el perdón de los pecados a los que creen en él. «El testimonio de los profetas es unánime».
Ya que por el bautismo habéis pasado de la muerte a la vida, «buscad los bienes de allá arriba», dice san Pablo, «donde está Cristo sentado a la derecha de Dios». Cuando aparezca, «apareceréis, juntamente con él, en gloria» (Col 3,1-4). Por eso, «celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad» (1Co 55,8).
Por su parte, san Juan narra cómo «el primer día de la semana» María Magdalena, «Simón Pedro y el otro discípulo, a quilen tanto quería Jesús» descubren vacío el sepulcro donde habían puesto el cuerpo de Jesús. María Magdalena piensa que se han llevado el cuerpo del Señor. Simón Pedro se queda perplejo al constatar que, aunque el cuerpo no está en el sepulcro, las vendas y el sudario se han quedado allí, cuidadosamente doblados. «El otro discípulo» creyó inmediatamente.
A través de un relato lleno de contenido, san Juan propone una reflexión sobre la fe. Esta no se impone como una evidencia: nace a partir de «signos» que es necesario descifrar. Algunos captan enseguida su significación. La mayoría, en cambio, requiere más tiempo para hacer esta lectura. Para otros no se trata de «signos», sino de enigmas. En cualquier caso, la fe no es una cumbre en la que uno se instala tranquila y definitivamente al término de un itinerario más o menos rápido y laborioso. Es respuesta de toda una vida, certeza que puede pasar por periodos de vacilación y duda. Es necesario renovarla, vivificarla, profundizar en ella sin cesar, por medio de una relectura ininterrumpida y atenta de las Escrituras, con la ayuda de los otros creyentes.
Que las demoras y vacilaciones de nuestra fe no nos impidan proclamar con fuerza y humildad: «Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!».

PRIMERA LECTURA

Las obras de Jesús son hechos comprobados. Pero para ver en ellas signos reveladores de su verdadera identidad, es necesaria una luz de lo alto transmitida por la Escritura, la predicción de un apóstol, el testimonio de un creyente. No es nadie de carne y hueso quien las revela, sino el Padre que está en el cielo (cf Mt 16,17). Es entonces cuando los hechos se convierten en artículos del credo. La resurrección de Cristo, cumbre del misterio de la fe, inaugura el tiempo de la salvación ofrecido a todos los hombres. Todo el que cree en Cristo recibe ya ahora el perdón de los pecados; pronto, el Señor, vencedor de la muerte, se manifestará como «juez de vivos y muertos». Este es, en toda su amplitud, el objeto de la fe apostólica y de la celebración pascual.

Hemos comido y bebido con él después de su resurrección.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
- «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.»

Palabra de Dios.

SALMO

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Salmo 117, 1-2. 16ab-17. 22-23(R.: 24)

R
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo Ya hecho,
ha sido un milagro patente. R

SEGUNDA LECTURA

Muertos y resucitados con Cristo: esta es la condición de los creyentes tras el bautismo. Este cambio radical, aunque invisible, debe dar una orientación y una dinámica nuevas a su vida en todos los campos, no sólo es el normal.

Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos:
Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

Palabra de Dios.

O bien

El bautismo hace del creyente un «ser pascual», y la eucaristía lo transforma en «pan de la Pascua». «Conviértete en lo que recibes: el cuerpo de Cristo», decía san Agustín al dar la comunión.

Quitad la levadura vieja  para ser una masa nueva.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 6b-8

Hermanos:
¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ázimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.

Palabra de Dios.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles
parte en tu victoria santa.

ALELUYA 1 Co 5, 7b-8a

Aleluya, aleluya.
Ha sido inmolada
nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues,
celebremos la Pascua en el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Aquí tenemos un testimonio concreto del descubrimiento del sepulcro vacío: la colocación de las vendas y el sudario indica que no se han llevado furtivamente el cuerpo de Jesús. La reacción de Pedro y del «otro discípulo», alertados por María Magdalena, es muy significativa. Ambos acuden precipitadamente. Como era natural, el más joven llega antes, pero no quiere entrar en el sepulcro antes que Pedro, que es quien tiene la preeminencia en el grupo de los apóstoles. No obstante, esta condición no le confiere una perspicacia especia para comprender los signos. El otro «vio y creyó» inmediatamente. ¿Se trata de una perspicacia superior del corazón? Sin duda, pero más aún de una mejor y más rápida inteligencia de las Escrituras. Porque es siempre a la luz de estas como se revela el sentido de los signos, rotundos o sutiles, y como la mirada puede abrirse a las cosas de la fe.

Él había de resucitar de entre los muertos.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
-«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. »
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra de Dios.



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