lunes, 4 de abril de 2016

10-04-2016 - 3º domingo de Pascua (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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3º domingo de Pascua (C)


Tiempo de Pascua.

En el tercer domingo de Pascua de este ciclo C se lee el relato de la aparición del Resucitado a la orilla del lago en el que los discípulos han estado faenando toda la noche sin pescar nada. Para el cuarto domingo la liturgia ha reservado la última parte del discurso de Jesús sobre el buen Pastor. Vienen luego dos pasajes del diálogo que Jesús tuvo con los suyos cuando llegó «la hora de pasar de este mundo al Padre». Será el amor fraterno, el «mandamiento nuevo», la señal por la que se conocerán sus discípulos (quinto domingo). Les promete permanecer con ellos junto al Padre, y enviarles al Defensor que les enseñará y les hará recordar todo lo que él les ha dicho (sexto domingo). Se lee luego (séptimo domingo) el final de la gran oración en la que Jesús pide a su Padre que guarde a los discípulos en la unidad que él tiene con el Padre y el Espíritu Santo. Por otro lado, el Tiempo pascual de este ciclo presenta una particularidad: la lectura de cinco pasajes del libro del Apocalipsis, el único escrito del Nuevo Testamento que pertenece a este género literario. Cada una de las visiones recogidas pone ante los ojos de los cristianos, reunidos para la celebración de la eucaristía, la meta de su itinerario pascual: la Jerusalén del cielo, donde todos los cristianos son esperados y participarán de la gloria de Cristo resucitado.

3º domingo de Pascua.

Tiempo pascual, tiempo de Iglesia, y viceversa: esto es lo que proclama, ilustra y celebra la liturgia de este tercer domingo de Pascua. En el cielo, la muchedumbre incontable de los ángeles y los vivientes que están alrededor del trono cantan sin cesar la gloria de Dios y del Cordero degollado, el Señor resucitado. La visión de san Juan da testimonio de lo que enseña la fe, y muestra cómo el «amén» de las asambleas cristianas de aquí abajo hace eco al de todas las criaturas del cielo: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
La manifestación plena de esta victoria de la vida sobre la muerte es todavía objeto de esperanza, pero de una esperanza que no puede defraudar y que los cristianos quisiéramos compartir con todos. El tiempo pascual de la Iglesia es, pues, el tiempo del testimonio y la predicación, de los que nada ni nadie puede apartarnos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Lejos de desanimar, los ultrajes y humillaciones sufridos por el nombre de Jesús dan seguridad a los que se conforman a la voluntad y el designio de Dios. La fuerza del Espíritu les da una audacia de la que ellos son los primeros sorprendidos.
El tiempo pascual de la Iglesia es el de la misión, siempre laboriosa, a menudo ingrata. Puede suceder que uno esté bregando durante toda su vida, de noche, sin ver los resultados. Pero no por ello hay que creer que se trabaja en vano. El Señor espera en la otra orilla a que los «pescadores de hombres» hayan terminado su trabajo. A su regreso se encontrarán con que el Resucitado les ha preparado la comida de la que la eucaristía es sacramento, anticipo y prenda. Y descubrirán asombrados el extraordinario resultado de sus esfuerzos perseverantes, aparentemente inútiles, y que lo habrían sido realmente si se hubieran fiado únicamente de su propia habilidad.
Aún no ha llegado el momento de ajustar cuentas, de hacer balance de resultados. Sólo importa una cosa: trabajar sin descanso y sin desánimo, cada uno según su propia vocación, en el mar de este mundo. Hoy, como entonces a Pedro, el Señor se dirige al discípulo que participa en el banquete eucarístico, diciéndole: «,Me amas? Sígueme, y déjate llevar incluso a donde no quisieras ir».

PRIMERA LECTURA

Condenado a muerte por los hombres, Jesús ha sido resucitado por Dios; ejecutado como malhechor, aporta a todos la salvación y el perdón de los pecados: esta es la fe que la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, no cesa de proclamar con la asistencia del Espíritu Santo. Las amenazas y las persecuciones no podrán reducirla al silencio.

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 5,27b-32. 40b-41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo:
- ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.
Pedro y los apóstoles replicaron:
- Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Palabra de Dios.

SALMO

Júbilo de la mañana de Pascua: Cristo ha surgido vivo del abismo. Nada ni nadie puede impedir que se proclame esta Baena Noticia.

Salmo 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b

R
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado,
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, Dios mío, a ti grité y tú me sanaste;
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida.
Al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana el júbilo. R

Escucha, Señor, y ten piedad de mí,
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R

SEGUNDA LECTURA

Para dar cuenta de su visión, el autor del libro del Apocalipsis no tenía más remedio que recurrir a imágenes, lo mismo que los profetas y los místicos. Como Daniel (Dn 7,10-12), contempla, maravillado, una grandiosa liturgia celeste. Pero el centro es Jesús, el «Cordero degollado»; recibe el mismo homenaje y la misma adoración que Dios, que «se sienta en el trono». Un «amén» solemne, cuyo eco se repite sin fin, da a esta apoteosis de Cristo, glorificado a la derecha de Dios, una resonancia cósmica.

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza.

Lectura del libro del Apocalipsis 5,11-14

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente:
- Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.
Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían:
- Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
Y los cuatro vivientes respondían: «Amén».
Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

Palabra de Dios.

ALELUYA

Aleluya. Aleluya.
¡Es el Señor! A él gloria y alabanza
en la tierra como en el cielo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Ha resucitado Cristo, que creó todas las cosas
y se compadeció del género humano. Aleluya.

EVANGELIO

La «tercera» aparición del Resucitado recogida en el apéndice, o epílogo, del evangelio según san Juan se diferencia de todas las demás: no son testigos los once, sino sólo cinco de ellos y «dos discípulos» anónimos; y no surgen dudas a la hora de identificar al Señor. ¿ Cómo no ver aquí una evocación de la Iglesia pascual? Ella brega en el mar de este mundo, con frecuencia sin resultados aparentes. El Señor, por su parte, ve dónde hay que echar las redes; si los discípulos siguen sus indicaciones, se sorprenderán por la extraordinaria fecundidad de sus esfuerzos. La comida de pan y pescado, presidida por el Señor, hace pensar en la eucaristía. El primado de Pedro, en fin, se funda en su entrega, en la Iglesia, al servicio del amor hasta el martirio.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 21,1-19

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
- Me voy a pescar.
Ellos contestan:
- Vamos también nosotros contigo.
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
- Muchachos, ¿tenéis pescado?
Ellos contestaron:
- No.
Él les dice:
- Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
- Es el Señor.
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
- Traed de los peces que acabáis de coger.
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
- Vamos, almorzad.
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
- Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Él le contestó:
- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
- Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunta:
- Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Él le contesta:
- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Él le dice:
- Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:
- Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si le quería y le contestó:
- Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
- Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió:
- Sígueme.

Palabra de Dios.



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