lunes, 19 de septiembre de 2016

25-09-2016 - 26º domingo Tiempo ordinario (C)

Lecturas y Evangelio del domingo

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26º domingo Tiempo ordinario (C)


Un oráculo más de Amós sobre los perjuicios de las riquezas. Esta vez no se trata de personas ávidas y codiciosas, sino de ricos que viven de acuerdo con su condición, sin hacer daño a nadie; de personas honradas, en definitiva. Pero ponen su confianza en las riquezas. Disfrutan de ellas sin preocuparse de lo que ocurre a su alrededor, de la crisis política y social que anuncia desastres inminentes. Su despreocupación es también olvido de Dios. Sus banquetes «en el monte de Samaria» son como un desafío a quien mora en Sión. «Acostados en lechos de marfil, arrellanados en divanes», se atiborran de alimentos que habrían podido ofrecerse en el altar del Templo, con los «perfumes exquisitos» con que se ungen. La desgracia caerá primero sobre esta «orgía de disolutos», que no son conscientes del peligro en que se encuentran. Al escuchar este oráculo, hay que estar atentos a no señalar a los demás con dedo denunciador y vengador. Más bien, cada uno debe interrogarse sobre qué parte de escándalo puede estar aportando con su existencia, qué sentido tiene la vida que lleva, y finalmente, y sobre todo, en qué o en quién se apoya: ¿en Dios o en su fortuna?
San Lucas, después de la parábola del administrador infiel pero previsor, ha introducido la del hombre rico y el pobre Lázaro. En la línea de la tradición bíblica, según la cual nadie es realmente propietario de lo que posee, el evangelista hace del desprendimiento de los bienes terrenos una exigencia indispensable en la vida de los discípulos de Cristo. El libro de los Hechos de los apóstoles pone de manifiesto cómo en la comunidad cristiana ideal no hay pobres, porque los ricos comparten sus bienes con los indigentes.
La parábola, que sólo él recoge, presenta a dos hombres, uno rico y otro pobre, aunque sin calificarlos de «malo» al primero y «bueno» al segundo. El rico no ha hecho nada malo; no ha visto al mendigo «echado en su portal, cubierto de llagas», sin que nadie le diera siquiera las migajas que tiraban de su mesa, ricamente servida. Y esto es precisamente lo grave. Al morir, el rico se encuentra con las manos vacías. El mendigo, en cambio, es recibido por Dios, su auxilio. Todos debemos «practicar la justicia y la piedad», guardando «el mandamiento sin mancha ni reproche», el mandamiento del Señor: el amor a los demás, especialmente a los pobres.

PRIMERA LECTURA

«La orgía de los disolutos» es responsable de un doble pecado: el goce egoísta del momento presente y la injuria contra los pobres al hacer alarde de opulencia. La fiesta será breve y el despertar brutal. La mención de los «carneros del rebaño» y de las «terneras del establo», reservados para los sacrificios del Templo, así como de los cantos realizados «como David», sugiere el carácter sacrílego de sus banquetes.

Los que lleváis una vida disoluta iréis al destierro.

Lectura del libro del profeta Amós 6,1a. 4-7

Esto dice el Señor todopoderoso:
- ¡Ay de los que se fían de Sión! ¡Ay de los que confían en el monte de Samaria!
Os acostáis en lechos de marfil, tumbados sobre las camas, coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales, bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes, y no os doléis de los desastres de José.
Por eso irán al destierro, a la cabeza de los cautivos.
Se acabó la orgía de los disolutos.

Palabra de Dios.

SALMO

Dios, defensor de los pobres, que venga tu reino de justicia.

Salmo 145, 7. 8-9a. 9bc-10

R
Alaba, alma mía, al Señor.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. R

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda,
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. R

SEGUNDA LECTURA

La fe se encuentra aquí asociada al amor a la esperanza y a la «delicadeza», virtudes fuertes, características del cristiano. «Practicar la justicia y la piedad» alude a las relaciones con los otros y con Dios.

Guarda el mandamiento hasta la venida del Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 6,11-16

Hermano, siervo de Dios:
Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos. Y ahora, en presencia de Dios que da la vida al universo y de Cristo Jesús que dio testimonio ante Poncio Pilato: te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.
A él honor e imperio eterno. Amén.

Palabra de Dios.

ALELUYA 2 Co 8,9

Aleluya. Aleluya.
El pobre está a nuestra puerta:
abrámosle el corazón,
hagámosle sitio en nuestra mesa. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre,
para enriqueceros con su pobreza. Aleluya.

EVANGELIO

«Un hombre rico»: no hace nada malo; viste y vive como un rico. «Un mendigo»: ahí está, vestido de harapos, hambriento, enfermo, como un pobre, simplemente, no pide nada. La riqueza impide al primero ver al segundo, que está a su puerta. Cuando muere el mendigo, con razón llamado Lázaro —«Dios ha socorrido»—, lo llevan a la morada de los justos. El rico, por su parte, al morir, se encuentra solo. Lázaro, del que hubiera debido hacerse amigo, ya no puede hacer nada ni por él ni por los suyos. Hay «Alguien» que ha resucitado de entre los muertos, «según las Escrituras»: un signo para los que «escuchan a Moisés y a los profetas»; para los demás, algo sin fuerza convincente.

Recibiste tus bienes, y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 16,19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
- Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.
Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.
Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.
Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó:
- Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.
Pero Abrahán le contestó:
- Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.
Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.
El rico insistió:
- Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.
Abrahán le dice:
- Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.
El rico contestó:
- No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.
Abrahán le dijo:
- Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Palabra de Dios.



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