lunes, 6 de febrero de 2017

12-02-2017 - 6º domingo Tiempo ordinario (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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6º domingo Tiempo ordinario (A)


Durante cuatro domingos más la liturgia sigue inspirada por el «sermón de la montaña». En su evangelio, san Mateo, apoyándose en abundantes citas bíblicas, proclama en todo momento que, desde sus orígenes hasta su muerte y resurrección, tanto en su enseñanza como en su comportamiento, Jesús da cumplimiento a las Escrituras. Para este evangelista, la novedad de la Buena Noticia y de la vida evangélica no se entiende sino dentro de la tradición de Moisés y los profetas. Nada lo muestra mejor que el modo como Jesús hace suyos los tres grandes «mandamientos» del respeto a la vida ajena, la fidelidad conyugal y la verdad de las palabras.
Ante todo, un principio fundamental: el legalismo no tiene en cuenta la intención de Dios, autor de la ley; pervierte el sentido de los mandamientos, haciendo que su cumplimiento resulte inútil de cara al reino de los cielos. El legalismo engendra la casuística, que, cuando no encuentra escapatorias, argumenta sobre las obligaciones para tratar de cumplirlas con el menos esfuerzo posible. De manera consciente o inconsciente, esta actitud hace de Dios un legislador lejano y frío, preocupado únicamente por mantener cierto orden moral de fachada. Sin embargo, Dios dio la ley con una intención totalmente distinta: «Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lv 11,45; 19,2). Y Jesús concluye el largo discurso recogido por san Mateo con idénticos términos: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (5,48). El legalismo, en cambio, al atenerse a la letra descuidando el espíritu, no puede dar más que una justicia legal, externa. Jesús, que «ha venido a dar plenitud» a las Escrituras, propugna la justicia según Dios y abre el cumplimiento de los mandamientos a perspectivas infinitas, hasta la perfección del amor. Proclama que la Ley reclama un compromiso total del ser, una obediencia gestada en lo más profundo de cada uno: en su «corazón».
Esta relación con los mandamientos excluye todo lo que, de cerca o de lejos, pueda parecerse a un ciego servilismo. Efectivamente, Dios considera a su criatura capaz de optar libremente por el porvenir de paz y felicidad que él le propone (Si 15,15-20). Quien medita la ley del Señor y conforma su vida a ella adquiere una sabiduría que no es de este mundo, porque le permite penetrar en los secretos del misterio de Dios (Co 2,6-10).

PRIMERA LECTURA

A causa de los límites de su inteligencia y de su capacidad de discernimiento, a menudo el hombre se encuentra perplejo a la hora de decidir, sintiéndose incapaz de distinguir de manera inmediata y con toda certeza, entre el bien y el mal. Pero la ley de Dios viene en su ayuda. Así, iluminado por la sabiduría divina, el hombre está en condiciones de tomar libremente una buena opción.

No mandó pecar al hombre.

Lectura del libro del Eclesiástico 15, 16-21 (15, 15-20)

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos.

Palabra de Dios.

SALMO

Alegría de poder cumplir los mandamientos de todo corazón y con plena libertad para expresar nuestro amor a Dios.

Salmo 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 (R.: lb)

R.
Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R.

Tú promulgas tus decretos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus consignas. R.

Haz bien a tu siervo: viviré
y cumpliré tus palabras;
ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu voluntad. R.

Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes,
y lo seguiré puntualmente;
enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón. R.

SEGUNDA LECTURA

Sin comparación con la de los hombres, la sabiduría que da el Espíritu abre a la comprensión de los misterios de Dios y permite ver al Señor de la gloria en aquel a quien los hombres crucificaron.

Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10

Hermanos:
Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.
Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede ~sar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.»
Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Palabra de Dios.

Aleluya Cf. Mt 11, 25

Aleluya. Aleluya.
Cristo es el «Amén» perfecto a la voluntad del Padre,
él ha dado plenitud a la Ley. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has revelado los secretos del reino
a la gente sencilla. Aleluya.

EVANGELIO

Jesús, con la soberana autoridad que tiene por su intimidad con el Padre, enseña una lectura y una práctica de los mandamientos acordes con la intención profunda de Dios. «Habéis oído que se dijo... Pero yo os digo...». En las antípodas de cualquier tipo de moralismo, tanto del laxismo como del rigorismo, la moral evangélica brota de un corazón que se convierte sin cesar al Señor.

Se dijo a los antiguos, pero yo os digo.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será procesado.
Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil', tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena del fuego.
Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.
Habéis oído el mandamiento "no cometerás adulterio". Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.
Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno.
Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.
Está mandado: "El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio. "
Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No jurarás en falso" y "Cumplirás tus votos al Señor".
Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir "sí" o "no". Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

Palabra de Dios.



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