lunes, 13 de marzo de 2017

19-03-2017 - 3º domingo de Cuaresma (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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3º domingo de Cuaresma (A)


Los domingos tercero, cuarto y quinto de Cuaresma de este ciclo constituyen una unidad llamada «Cuaresma catecumenal». En ella se leen, en efecto, las páginas del evangelio según san Juan en las que se basaban tradicionalmente las últimas catequesis que se hacían a los que iban a recibir en la Vigilia pascual los sacramentos de la iniciación cristiana.
La liturgia de hoy gravita en torno al relato del encuentro de Jesús con una mujer de Samaría. Todo comienza de la manera más simple. Jesús, «cansado del camino», se sienta junto a un pozo, mientras sus discípulos van «al pueblo a comprar comida». Le pide entonces a la mujer que le dé un poco de agua del pozo. Petición insólita por parte de un judío a una samaritana. Eso ya da que pensar. Pero la atención se centra en el diálogo que se entabla a partir de ahí; un diálogo tan absorbente que Jesús parece olvidarse de la sed y la mujer del motivo que la ha llevado hasta allí. Es inagotable la riqueza doctrinal y espiritual de este diálogo y de la continuación del relato. Sin embargo, la liturgia de este domingo se centra más bien en el misterio del agua «que salta hasta la vida eterna».
En la tradición bíblica, como en numerosas tradiciones religiosas, el símbolo del agua desempeña un papel destacado. Sin ella no hay vida en la tierra; todo el mundo lo sabe por experiencia. El pueblo del éxodo aprende que es verdaderamente un don del cielo al ver que, de la roca más dura, Dios hace brotar fuentes de agua pura. Estas manifestaciones del poder y la misericordia divinas reavivan, al mismo tiempo que las fuerzas físicas, la fe vacilante de los nómadas en camino hacia la tierra prometida. El agua se convierte así en símbolo de todos los bienes que pueden esperarse del Señor: del don del Espíritu; en definitiva, de la vida eterna.
Jesús en persona es la fuente de agua viva que apaga toda sed, el templo de los adoradores en espíritu y verdad que busca el Padre, el Mesías, y el Salvador del mundo. Una samaritana de vida agitada, beneficiaria de esta revelación, sigue siendo aún hoy la mensajera de esta Buena Noticia. Levantemos los ojos y contemplemos los campos, «que están ya dorados para la siega». Bebamos de la fuente de la vida.

PRIMERA LECTURA

En el desierto árido del éxodo Dios hace brotar de la peña el agua viva sin la cual el pueblo moriría de sed. Este signo del poder del Señor y de su presencia en medio de los suyos se nos recuerda para ponernos en guardia frente a la falta de fe y confianza en el único que puede apagar nuestra sed.

Danos agua de beber

Lectura del libro del Éxodo 17, 3-7

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:
-«¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»
Clamó Moisés al Señor y dijo:
-«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen. »
Respondió el Señor a Moisés:
-«Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masa y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
-«¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»

Palabra de Dios.

SALMO

Él es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo. La fe se pone a prueba en el desierto, donde parece que el Señor está ausente.

Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9(R.: 8)

R.
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R.

SEGUNDA LECTURA

Justificados ya por la fe, apoyados en la esperanza que da el amor de Dios que bu sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dudo, estamos embarcados, bajo la guía del Señor muerto y resucitado, en un 4xodo definitivo, que va del mundo de la gracia a la gloria de Dios.

El amor ha sido derramado en nosotros con el Espíritu que se nos ha dado.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8

Hermanos:
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.
Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Palabra de Dios.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Jn 4,42.15

Tú eres el Mesías que ha de venir.
Muéstranos al Padre,
y conoceremos todas las cosas.

Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo;
dame agua viva; así no tendré más sed.

EVANGELIO

Jesús es de verdad el Salvador del mundo, el Mesías prometido; no tenemos que esperar a otro. A este descubrimiento, que a veces ni siquiera uno mismo espera, y menos los demás, con frecuencia sólo se llega al final de un largo y trabajoso itinerario. El evangelio de la samaritana lo muestra de forma conmovedora. Sería una equivocación leerlo simplemente como un relato edificante de lo que le pasó un día a una mujer a la que nada parecía disponerla al encuentro con el Señor. Por el contrario, hay que meditarlo sin cesar, en todas las edades de la vida y de la fe. Cada uno, tal como es, con sus interrogantes, sus dudas, su pecado, se ve empujado progresivamente a entrar dentro de sí mismo y a desear el agua que salta hasta la vida eterna. Una vez que ha encontrado al Señor, que es el único que puede darla, uno no podrá dejar de ir a compartir con los suyos, abandonando el cántaro ya inútil, el maravilloso descubrimiento, para que también ellos, a su vez, vayan personalmente a encontrarse con el Señor que les aguarda sentado junto al manantial.

Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
-«Dame de beber.»
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
-«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? »
Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó:
-«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»
La mujer le dice:
-«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó:
-«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»
La mujer le dice:
-«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.»
Él le dice:
-«Anda, llama a tu marido y vuelve.»
La mujer le contesta:
-«No tengo marido.»
Jesús le dice:
-«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dice:
-«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»
Jesús le dice:
-«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»
La mujer le dice:
-«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. »
Jesús le dice:
-«Soy yo, el que habla contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?»
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
-«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?»
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían:
-«Maestro, come.»
Él les dijo:
-«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.»
Los discípulos comentaban entre ellos:
-«¿Le habrá traído alguien de comer?»
Jesús les dice:
-«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.»
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
-«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra de Dios.


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