lunes, 29 de mayo de 2017

04-06-2017 - Domingo de Pentecostés (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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Domingo de Pentecostés (A)


Pentecostés, lo mismo que la Epifanía al final de las celebraciones de la manifestación del Hijo de Dios en nuestra carne, clausura la cincuentena durante la cual la Iglesia celebra anualmente la Pascua de Cristo. La encarnación del Hijo de Dios y su resurrección, etapas decisivas de la historia de la salvación que culminará con el retorno del Señor al final de los tiempos, están en estrecha relación.
Anunciado por las antiguas Escrituras, prometido por el Señor en diversas ocasiones, y más explícitamente cuando llegó «la hora de pasar de este mundo al Padre», el envío del Espíritu imprime, en cierto modo, su sello a toda la obra redentora del Hijo de Dios, que «nació de santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos».
La fiesta de Pentecostés celebra el misterio de Dios, que ha rescatado al mundo por medio de su Hijo, y el misterio de la Iglesia, cuerpo de Cristo. Por eso el evangelio de las dos misas está tomado de los últimos encuentros de Jesús con sus discípulos. En el momento de dejar visiblemente la tierra, Jesús habla a los suyos de su nueva situación en el mundo tras su partida. El no los abandona. Va a enviarles al Espíritu, el Defensor, para guiarlos por el camino que conduce a la resurrección junto a él y junto al Padre.
El Espíritu que recibieron los apóstoles se da también a todos los creyentes. San Pablo insiste en su acción en cada uno y en la Iglesia en su conjunto: estructura y unifica el ser del cristiano; da a la comunidad unidad y cohesión gracias a los diferentes carismas, concedidos abundantemente para el bien de todos y el desarrollo armónico del cuerpo entero. Al mismo tiempo, el Apóstol recuerda insistentemente a los creyentes las exigencias de este don maravilloso.
Pentecostés no es, entonces, un acontecimiento del pasado, por decisivo que sea. Celebra a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiesta día tras día en la tierra y que se revelará a plena luz cuando vuelva el Hijo del hombre. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo.

Misa vespertina de la vigilia

De la larga vigilia de Pentecostés, comparable a la de Pascua, la reforma de la Semana santa decretada por Pío XII el 27 de noviembre de 1955 había mantenido sólo la misa. El Misal romano promulgado por Pablo VI el 3 de abril de 1969 ofrece un formulario enriquecido. En la mayoría de las iglesias, el sábado por la tarde se celebra, como de costumbre, la misa del día siguiente. Pero vale la pena leer y meditar los textos propuestos para esta eucaristía de la vigilia de Pentecostés.
Cuatro páginas del Antiguo Testamento. Cada una de ellas recuerda una etapa memorable de la historia de la salvación, cuya confrontación con el acontecimiento que tuvo lugar «al llegar el día de Pentecostés» resulta particularmente sugerente. Juntas revelan cómo, en su novedad, la irrupción del Espíritu, el día de Pentecostés, se inscribe de manera decisiva en la dinámica del plan de Dios. Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió al mundo a su Hijo, muerto y resucitado para la salvación de todos los hombres. Ahora que Cristo ha vuelto a la gloria del Padre, el Espíritu continúa en todas partes su obra hasta el final de los tiempos.
Cuando sueñan con construir un mundo y un futuro sin Dios, los hombres están abocados al fracaso: es Babel (Gn 11,1-9). El Espíritu ha sido enviado para permitir al mundo encontrar de nuevo, por la comunión con Dios, la unidad perdida, y a los hombres de toda la tierra la posibilidad de dialogar y comprenderse a pesar de sus diferencias de lengua, cultura, etc. La manifestación de Dios en el Sinaí y la promulgación de la Ley se narran con un lenguaje y en un escenario tradicionales, que se retoman en el relato de Pentecostés. Con profetas como Ezequiel y Joel se concreta el anuncio de la efusión del Espíritu. Por medio de él, el Dios vivo vuelve a poner en pie a los que yacían como huesos secos, dispersos, sin esperanza de vida, por la superficie de la tierra y en las tumbas (Ez 37,1-14). A los que invocan el nombre del Señor les permite esperar confiados el día del juicio (Jl 3,1-Sa).
El Espíritu, fuente inagotable de agua viva y vivificadora que brota en el corazón del creyente (Jn 7,37-39), es prenda de la adopción divina el día, esperado confiadamente, del nacimiento al nuevo mundo. Este parto se realiza a través de los dolores de la creación entera (Rm 8,22-27).

PRIMERA LECTURA

Con el relato de Babel concluye, en el mismo género literario lleno de imágenes, la reflexión sobre los orígenes de la humanidad, el pecado y sus consecuencias. Los hombres no pueden construir su unidad al margen de su Creador. Dios los congregará a todos, sin distinción de lenguas, razas ni culturas, no en una construcción humana, sino por su Espíritu, que llevará a cabo su unidad en la diversidad.

Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra.

Lectura del libro del Génesis 11,1-9

Toda la tierra hablaba la misma lengua con las mismas palabras. Al emigrar (el hombre) de oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar y se establecieron allí.
Y se dijeron unos a otros: «Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos». Emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de cemento. Y dijeron: «Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos, y para no dispersarnos por la superficie de la tierra».
El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres; y se dijo: «Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Voy a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo».
El Señor los dispersó por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra.

Palabra de Dios.

O bien:

Truenos, relámpagos, nubes, sonido de trompetas: signos todos ellos anunciadores de la manifestación de Dios todopoderoso. Temblor de los testigos, que se reúnen, aunque manteniéndose a una distancia respetuosa. Este es en la Biblia el marco literario tradicional y casi litúrgico de las teofanías. Esta manifestación divina trae a la memoria lo que Dios ha hecho en el pasado; que es promesa y prenda de bienes aún más grandes y maravillosos. La atención debe centrarse en la palabra, en la orden confiada al mensajero elegido por Dios para que la transmitiera al pueblo, al que se exhorta a la obediencia y a la conversión. Todos estos rasgos invitan a comparar la teofanía del Sinaí, «tres meses después de salir de Egipto», con la que tuvo lugar «al llegar el día de Pentecostés», cincuenta días después de la Pascua» (Hch 2,1-Ii).

El Señor descendió al monte Sinaí a la vista del pueblo.

Lectura del libro del Éxodo 19,3-8a.16-20b

En aquellos días, Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los israelitas: “Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mf un reino de sacerdotes y una nación anta”. Estas son las palabras que has de decir a los israelitas».
Moisés convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que el Señor le había mandado. Todo el pueblo, a una, respondió: «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor».
Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios y se detuvieron al pie del monte.
Todo el Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en forma de fuego. Subía humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno.
El Señor bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte, y llamó a Moisés a la cima de la montaña.

Palabra de Dios.

O bien:

Semejante a un cúmulo de huesos secos encerrados en tumbas o diseminados por la llanura: así es el pueblo en el que la muerte ha llevado a cabo su obra destructora. Pero, contra toda esperanza, el soplo creador del Dios vivo va a devolverle la vida y a congregarlo como «multitud innumerable». Esta grandiosa visión del profeta, dirigida en el siglo VI a. C. a los deportados de Babilonia, y que tiene bastante parentesco con la que describe el vidente de Patmos en el capítulo 7 del libro del Apocalipsis, da la medida de lo que el Espíritu del Señor ha hecho congregando a «la muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua».

Huesos secos, infundirá espíritu sobre vosotros, y viviréis.

Lectura de la profecía de Ezequiel 37,1-14

En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí y, con su Espíritu, el Señor me sacó y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran innumerables sobre la superficie del valle y estaban completamente secos.
Me preguntó: «Hijo de Adán, ¿podrán revivir estos huesos?». Yo respondí: «Señor, tú lo sabes». El me dijo: «Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! Así dice el Señor a estos huesos: Yo mismo traeré sobre vosotros espíritu, y viviréis. Pondré sobre vosotros tendones, haré crecer sobre vosotros carne, extenderé sobre vosotros piel, os infundiré espíritu, y viviréis. Y sabréis que yo soy el Señor”».
Y profeticé como me había ordenado y, a la voz de mi oráculo, hubo un estrépito, y los huesos se juntaron hueso con hueso. Me fijé en ellos: tenían encima tendones, la carne había crecido, y la piel los recubría; pero no tenían espíritu. Entonces me dijo: «Conjura al espíritu, conjura, hijo de Adán, y di al espíritu: “Así dice el Señor: De los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».
Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable. Y me dijo: «Hijo de Adán, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados”. Por eso, profetiza y diles: “Así dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago”». Oráculo del Señor.

Palabra de Dios.

O bien:

«¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!» (Nm 11,29). El deseo de Moisés va a realizarse y con creces, mucho más de lo que él podía imaginar. El Espíritu se derramará en abundancia y sin discriminaciones. Entonces comenzarán los últimos tiempos, al término de los cuales vendrá el juicio, día de liberación para los que hayan invocado el nombre del Señor.

Sobre mis siervos y siervas derramará mi Espíritu.

Lectura de la profecía de Joel 3,1-5a

Así dice el Señor: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. También sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu aquel día.
Haré prodigios en cielo y tierra: sangre, fuego, columnas de humo. El sol se entenebrecerá, la luna se pondrá como sangre, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán. Porque en el monte de Sión y en Jerusalén quedará un resto; como lo ha prometido el Señor a los supervivientes que él llamó».

Palabra de Dios.

SALMO

Oración y acción de gracias por el don del Espíritu, que es sabiduría, aliento de vida y fuerza renovadora.

Salmo 103, 1-2a.24.27-28.29b-30 R 30

R
Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas. R

Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo;
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes. R

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R

SEGUNDA LECTURA

Los cristianos viven en estado de tensión: están salvados, pero sólo en esperanza; tienen la promesa de la liberación de las limitaciones de su condición mortal, pero viven todavía en un mundo marcado por el pecado. Se trata de un verdadero parto, doloroso sin duda, pero cuyo feliz desenlace es cierto. El Espíritu está presente. Comparte nuestra impaciencia por ver el fin de los dolores, e inspira la oración que pide a Dios que adelante el día.

El Espíritu intercede con gemidos inefables.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,22-27

Hermanos: Sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.
Pero además el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Palabra de Dios.

ALELUYA

Aleluya. Aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
sacia con torrentes de agua viva
la sed de los que creen en Cristo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO

Son palabras de Jesús cuyo hondo sentido sólo se ha podido comprender después. El, que es la única fuente de la vida, hace que los que creen en él sacien en ella su sed, como anunció a la samaritana que había ido a buscar agua al pozo de Jacob (Jn 4,14).

Manarán ríos de agua viva.

+Lectura del santo evangelio según san Juan 7,37-39

El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva».
Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.

Palabra de Dios.

Misa del día

El Espíritu, anunciado por Jesús al llegar «la hora de pasar de este mundo al Padre», recibido por los apóstoles «al llegar el día de Pentecostés», anima y guía la vida de los cristianos y de la Iglesia. Hace del corazón de cada uno morada del Padre y del Hijo. Promesa y prenda de participación en la resurrección de Cristo, abre a todos los hombres las puertas de la misericordia divina y reúne a los creyentes en una comunidad de pecadores perdonados que pueden llamar a Dios «Padre». Impulsa a la Iglesia a salir de los muros del miedo, para ir, con valentía, a anunciar al mundo entero la paz y la alegría de Dios. Le recuerda constantemente las enseñanzas del Señor; abre el corazón y el espíritu al sentido inagotable de las Escrituras inspiradas, cuya luz permite orientarse en las situaciones más dispares, y hasta inéditas. Fuente inagotable de juventud, el Espíritu renueva incesantemente la vida de los creyentes, de la Iglesia y del mundo. Difunde profusamente sus múltiples carismas para bien y beneficio del cuerpo entero, que crece al ritmo de los «días ordinarios» de la existencia humana.
En la cruz de Cristo han muerto el pecado y el mal. Pero la lucha entre la luz y las tinieblas continúa en la tierra y en el corazón de cada uno de nosotros, donde los «deseos de la carne» y «los deseos del espíritu» no han acabado de enfrentarse. La lucha es sin cuartel, pero combatimos como hombres libres y bien armados, porque el Defensor nos protege de la seducción de los deseos que conducen a la muerte.
La Iglesia, cuerpo de Cristo, respondiendo a su misión, se construye de ese modo en la unidad e, impulsada por el Espíritu, puede anunciar el Evangelio a toda la tierra por la fuerza de su predicación y de su testimonio.
Tal es la amplitud del misterio celebrado en la solemnidad de Pentecostés. Prometido por Dios desde mucho antes, el fuego del Espíritu, que consumió y transformó repentinamente el corazón de los apóstoles, no deja de difundirse, de manera generalmente discreta, a veces espectacular, entre los fieles, a los que convierte en testigos del Evangelio, y en el mundo, para que todos los hombres, sin distinción, puedan participar de la salvación. Pero su acción se percibe a posteriori. Nadie puede presumir anticipadamente de estar animado por el Espíritu.

PRIMERA LECTURA

De la multitud desorganizada que huía de Egipto, la Ley promulgada en el Sinaí logró hacer un pueblo dotado de una constitución. Gracias al Espíritu enviado el día de la fiesta que conmemoraba ese acontecimiento fundante, los hombres del mundo entero pueden beneficiarse de la elección divina y de las maravillas realizadas por Dios. Más aún, desde entonces cada uno puede oír la Buena Noticia en su propio idioma. Pentecostés restaura la unidad rota por Babel.

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:
-« ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

Palabra de Dios.

SALMO

Oración y acción de gracias por el don del Espíritu, que es sabiduría, aliento de vida y fuerza renovadora.

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 (R.: cf. 30)

R.
Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento,
y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
R.

SEGUNDA LECTURA

La efusión universal del Espíritu reúne en la unidad a todos los que confiesan que Jesús es el Señor resucitado. Esta unidad es la de un cuerpo vivo con diferentes miembros, cuyo buen funcionamiento garantiza la cohesión y la armonía entre todos ellos.

Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Palabra de Dios.

SECUENCIA

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Aleluya

Aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO

San Juan evoca aquí sin situarlas en ninguna perspectiva, las diversas fases del misterio pascual de Cristo, cuyo cumplimiento es el envío del Espíritu. «El día primero de la semana» es «el día del Señor», el domingo, en el que la asamblea cristiana se reúne para la celebración semanal de la Pascua. Estamos ante una de las numerosas páginas del cuarto evangelio con connotaciones litúrgicas, discretas pero claras. El Espíritu, al difundirse, permite a todos tener acceso a la salvación alcanzada por medio de la Pascua de Cristo, obtener «el perdón de los pecados».

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Recibid el Espíritu Santo.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Palabra de Dios.



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lunes, 22 de mayo de 2017

28-05-2017 - 7º domingo de Pascua - La Ascensión del Señor (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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7º domingo de Pascua - La Ascensión del Señor (A)


La Ascensión del Señor se celebra el jueves de la VI semana de pascua, en algunas diócesis es transferido al Domingo VII de Pascua.


La Ascensión al cielo, segunda fase de la Pascua de Cristo, es un misterio que concierne directamente a la Iglesia peregrina en la tierra: el evangelio según san Lucas y según san Mateo, así como la carta de san Pablo a los Efesios, lo proclaman abiertamente. La paradoja es sólo aparente.
«¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?», les dicen los ángeles a los apóstoles, que no lograban apartar los ojos de la nube que les había quitado a Jesús de su vista. El Señor vuelve al lugar invisible de donde había bajado al encarnarse en nuestra propia carne. Pero antes de irse al lugar de donde había venido, dice a los Once reunidos en la montaña de Galilea: «Id y haced discípulos de todos los pueblos».
Al concluir la misión de Jesús en la tierra, comienza la misión de la Iglesia. La primera ha durado sólo unos pocos años, encuadrados entre dos acontecimientos: el bautismo de Jesús de Nazaret en las aguas del Jordán y su vuelta al Padre. La segunda durará hasta el retorno glorioso del Señor y la instauración del Reino al final de los tiempos. El día y la hora en que esto sucederá dependen de la libertad soberana del Padre. No hay nada en las Escrituras que pueda alimentar la más mínima especulación al respecto. El mismo Jesús y los apóstoles lo han dicho con toda claridad. Por otra parte, ¿de qué serviría? Hay que vivir el presente, donde tenemos una tarea bien concreta que realizar: trabajar por el advenimiento del reino de Dios que mañana se manifestará. Cualquiera que sea el plazo, el tiempo apremia, porque la vida es corta para hacer frente a la responsabilidad que el Señor nos ha confiado. No cabe permanecer inactivos, con la mirada y la mente en las nubes.
Demos gracias a Dios, que ha exaltado a su Hijo resucitado de entre los muertos, «sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro». «Todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo».
Pidámosle que nos «dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo» de veras. Que «ilumine los ojos de nuestro corazón» y que renueve sin cesar «la esperanza a la que nos llama».

PRIMERA LECTURA

San Lucas ha colocado un relato de la Ascensión del Señor al final de su evangelio y al comienzo del libro de los Hechos, que son en realidad dos partes de una misma obra. La última aparición de Cristo a sus discípulos clausura el periodo en el que Jesús estuvo en la tierra con los suyos, e inaugura una nueva era: la de la Iglesia. Ahora son los discípulos los que tienen la responsabilidad de anunciar la Buena Noticia, siguiendo las instrucciones que Jesús les ha dado, y «movidos por el Espíritu Santo». El Señor ha desaparecido de la vista de sus discípulos. Ha llegado la hora de trabajar en la preparación de su última venida, sin preguntar cuándo ni cómo será su retorno en la gloria.

Lo vieron levantarse.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó:
-«No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»
Ellos lo rodearon preguntándole:
-«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
Jesús contestó:
-«No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»
Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
-«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Palabra de Dios.

SALMO

Alabanza a Cristo, Dios, Señor y Rey.

Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9 (R.: 6)

R.
Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios,
tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. R.

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R.

SEGUNDA LECTURA

Dios ha desplegado en Cristo un poder del que ya podemos beneficiamos. Las palabras se acumulan en la pluma de san Pablo cuando trata de decir lo que representan para Cristo su resurrección y su glorificación a la derecha de Dios, y los innumerables e inconmensurables beneficios que de ellas se derivan para nosotros. La oración del Apóstol se convierte entonces en acción de gracias, en «eucaristía», dirigida al «Dios de nuestro Señor Jesucristo», el Padre que «todo lo ?uso bajo los pies» de su Hijo y «lo dio a la Iglesia, que es su cuerpo, como cabeza, sobre todo».

Lo sentó a su derecha en el cielo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23

Hermanos:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Palabra de Dios.

Aleluya Mt 28, 19. 20

Aleluya. Aleluya.
Cristo elevado a la gloria,
atrae hacia él a todos los hombres,
para hacer de ellos su cuerpo. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
Id y haced discípulos de todos los pueblos
-dice el Señor-;
yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo. Aleluya.

EVANGELIO

Revelación del poder soberano de Cristo «en el cielo y en la tierra»; misión de los discípulos enviados a todos los pueblos prenda de la presencia del Señor entregada a los suyos «hasta el fin del mundo»: todo esto es para san Mateo el misterio de la Ascensión.

Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

+ Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a .-ellos, Jesús les dijo:
-«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Palabra de Dios.



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domingo, 21 de mayo de 2017

28-05-2017 - 7º domingo de Pascua (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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7º domingo de Pascua (A)


Las siguientes lecturas se utilizan en los lugares donde la Ascensión del Señor se celebra el jueves de la semana VI del tiempo pascual.


La celebración de este último domingo del tiempo pascual es bastante especial en muchos sentidos.
Después de comprender que el Señor había vuelto junto al Padre, los apóstoles, algunas mujeres —«entre ellas María, la madre de Jesús»— y otros parientes suyos permanecieron juntos en una casa de Jerusalén. Orando asiduamente, esperaban el don del Espíritu prometido por el Señor. Hoy, nosotros nos preparamos para la renovación de la gracia de Pentecostés, que se celebrará el próximo domingo. Este paralelismo no puede dejar de provocar en nuestra asamblea un aumento del recogimiento y el fervor.
En toda liturgia esta Cristo presente actuando El es el único sumo sacerdote que, por el ministerio de la Iglesia, convoca y preside la asamblea. El es quien ora en medio de nosotros por medio de su Espíritu, que ha derramado en nuestros corazones. El evangelio de este domingo lo muestra en el ejercicio de su función sacerdotal. Cuando llegó la «hora» de ser glorificado, rodeado de sus discípulos y «levantando los ojos al cielo», pronunció una acción de gracias dirigida a su Padre y oró por aquellos que dejaba en el mundo hasta su vuelta. La página del evangelio según san Juan que leemos este domingo nos recuerda que siempre que celebramos la eucaristía lo hacemos con Cristo, sentado a la derecha del Padre.
Cuando hacemos memoria de la Pascua del Señor, muerto y resucitado, comulgamos en su cuerpo, entregado por nosotros, y en el cáliz de su sangre, derramada para el perdón de los pecados. No podemos dejar de pensar que todavía hoy hay en el mundo hermanos y hermanas, comunidades cristianas enteras, víctimas de sufrimientos de todo tipo, de persecuciones violentas o solapadas «por el nombre de Cristo». Oremos para que su valor, y el de todos los justos perseguidos, «den gloria a Dios», y para que nosotros tengamos la fuerza y la gracia de vivir con ese mismo espíritu nuestras pruebas cotidianas. Que el Señor nos inspire palabras y actitudes que ayuden a nuestros prójimos, a nuestros amigos que sufren, en el cuerpo o en el espíritu.

PRIMERA LECTURA

Los Once y algunos discípulos, con «María, la madre de Jesús» y Otras mujeres, esperan, en clima de comunión fraterna y oración en común, la venida del Espíritu prometido: es el primer ejemplo de retiro comunitario.

Se dedicaban a la oración en común.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 12-14

Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Llegados a casa, subieron a la sala, donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Celotes y Judas el de Santiago.
Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Palabra de Dios.

SALMO

Oración confiada de la Iglesia al que no puede defraudar sus esperanzas.

Salmo 26, 1. 4. 7-8a (R.: 13)

R.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
R.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.
R.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro.» R.

SEGUNDA LECTURA

Nosotros confesamos a Cristo muerto y resucitado. Celebramos a los mártires, cuyas pruebas, vividas en comunión con el Señor dan gloria a Dios. Pero nos cuesta pronunciar la acción de gracias cuando tenemos que sufrir personalmente «por el nombre de Cristo». Sin embargo, el acceso a la gloria tiene lugar a través de un itinerario semejante al suyo.

Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 4, 13-16

Queridos hermanos:
Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.
Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.
Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por homicida, ladrón, malhechor o entrometido.
Pero, si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, que dé gloria a Dios por este nombre.

Palabra de Dios.

Aleluya Jn 14, 18

Aleluya. Aleluya.
El Señor, desde el cielo,
pide que se nos conceda el Espíritu,
para gloria del Padre. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
No os dejaré huérfanos -dice el Señor-;
me voy y vuelvo a vuestro lado,
y se alegrará vuestro corazón. Aleluya.

EVANGELIO

La gran oración de Jesús, recogida únicamente en el evangelio según san Juan, tiene todos los elementos de una acción de gracias en el sentido que le aplicamos comúnmente cuando hablamos de «eucaristía». Jesús la pronunció «levantando los ojos al cielo», cuando había «llegado la hora» de pasar de este mundo al Padre. En realidad, abarca el hoy de todos los tiempos. La ofrenda y el recuerdo (anámnesis) de la obra de la salvación realizada conducen a la intercesión. Tiene también la estructura dinámica de la plegaria eucarística: todo viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu; todo torna de nuevo al Padre en el Espíritu, por el Hijo. Finalmente, se articula en torno a la «hora de Jesús», la hora de su muerte, resurrección y glorificación a la derecha del Padre.

Padre, glorifica a tu Hijo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 1b-11a

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
-«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

Palabra de Dios.



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