domingo, 21 de mayo de 2017

28-05-2017 - 7º domingo de Pascua (A)

Lecturas y Evangelio del domingo

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7º domingo de Pascua (A)


Las siguientes lecturas se utilizan en los lugares donde la Ascensión del Señor se celebra el jueves de la semana VI del tiempo pascual.


La celebración de este último domingo del tiempo pascual es bastante especial en muchos sentidos.
Después de comprender que el Señor había vuelto junto al Padre, los apóstoles, algunas mujeres —«entre ellas María, la madre de Jesús»— y otros parientes suyos permanecieron juntos en una casa de Jerusalén. Orando asiduamente, esperaban el don del Espíritu prometido por el Señor. Hoy, nosotros nos preparamos para la renovación de la gracia de Pentecostés, que se celebrará el próximo domingo. Este paralelismo no puede dejar de provocar en nuestra asamblea un aumento del recogimiento y el fervor.
En toda liturgia esta Cristo presente actuando El es el único sumo sacerdote que, por el ministerio de la Iglesia, convoca y preside la asamblea. El es quien ora en medio de nosotros por medio de su Espíritu, que ha derramado en nuestros corazones. El evangelio de este domingo lo muestra en el ejercicio de su función sacerdotal. Cuando llegó la «hora» de ser glorificado, rodeado de sus discípulos y «levantando los ojos al cielo», pronunció una acción de gracias dirigida a su Padre y oró por aquellos que dejaba en el mundo hasta su vuelta. La página del evangelio según san Juan que leemos este domingo nos recuerda que siempre que celebramos la eucaristía lo hacemos con Cristo, sentado a la derecha del Padre.
Cuando hacemos memoria de la Pascua del Señor, muerto y resucitado, comulgamos en su cuerpo, entregado por nosotros, y en el cáliz de su sangre, derramada para el perdón de los pecados. No podemos dejar de pensar que todavía hoy hay en el mundo hermanos y hermanas, comunidades cristianas enteras, víctimas de sufrimientos de todo tipo, de persecuciones violentas o solapadas «por el nombre de Cristo». Oremos para que su valor, y el de todos los justos perseguidos, «den gloria a Dios», y para que nosotros tengamos la fuerza y la gracia de vivir con ese mismo espíritu nuestras pruebas cotidianas. Que el Señor nos inspire palabras y actitudes que ayuden a nuestros prójimos, a nuestros amigos que sufren, en el cuerpo o en el espíritu.

PRIMERA LECTURA

Los Once y algunos discípulos, con «María, la madre de Jesús» y Otras mujeres, esperan, en clima de comunión fraterna y oración en común, la venida del Espíritu prometido: es el primer ejemplo de retiro comunitario.

Se dedicaban a la oración en común.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 12-14

Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Llegados a casa, subieron a la sala, donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Celotes y Judas el de Santiago.
Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Palabra de Dios.

SALMO

Oración confiada de la Iglesia al que no puede defraudar sus esperanzas.

Salmo 26, 1. 4. 7-8a (R.: 13)

R.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
R.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.
R.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Buscad mi rostro.» R.

SEGUNDA LECTURA

Nosotros confesamos a Cristo muerto y resucitado. Celebramos a los mártires, cuyas pruebas, vividas en comunión con el Señor dan gloria a Dios. Pero nos cuesta pronunciar la acción de gracias cuando tenemos que sufrir personalmente «por el nombre de Cristo». Sin embargo, el acceso a la gloria tiene lugar a través de un itinerario semejante al suyo.

Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 4, 13-16

Queridos hermanos:
Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.
Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.
Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por homicida, ladrón, malhechor o entrometido.
Pero, si sufre por ser cristiano, que no se avergüence, que dé gloria a Dios por este nombre.

Palabra de Dios.

Aleluya Jn 14, 18

Aleluya. Aleluya.
El Señor, desde el cielo,
pide que se nos conceda el Espíritu,
para gloria del Padre. Aleluya.

Aleluya, aleluya.
No os dejaré huérfanos -dice el Señor-;
me voy y vuelvo a vuestro lado,
y se alegrará vuestro corazón. Aleluya.

EVANGELIO

La gran oración de Jesús, recogida únicamente en el evangelio según san Juan, tiene todos los elementos de una acción de gracias en el sentido que le aplicamos comúnmente cuando hablamos de «eucaristía». Jesús la pronunció «levantando los ojos al cielo», cuando había «llegado la hora» de pasar de este mundo al Padre. En realidad, abarca el hoy de todos los tiempos. La ofrenda y el recuerdo (anámnesis) de la obra de la salvación realizada conducen a la intercesión. Tiene también la estructura dinámica de la plegaria eucarística: todo viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu; todo torna de nuevo al Padre en el Espíritu, por el Hijo. Finalmente, se articula en torno a la «hora de Jesús», la hora de su muerte, resurrección y glorificación a la derecha del Padre.

Padre, glorifica a tu Hijo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 1b-11a

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:
-«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.
He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

Palabra de Dios.



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